Ideas

Las taras de los intelectuales (I)

Es común que, en público o en privado, un interlocutor se moleste o aun irrite al escuchar una idea u opinión contraria. Ésta es a veces tomada incluso como una ofensa personal: “Me diste la contra, ¡me estás atacando!”

Lo preocupante es que dicha intolerancia ocurra entre profesores e intelectuales: esas criaturas de mentalidad falible y dialógica, dispuestas al intercambio cortés de ideas felices y a persuadir y dejarse persuadir mediante la fuerza del mejor argumento. Si tales criaturas no pueden dialogar entre ellas, ¿qué esperar de los gobernantes y legisladores, de las élites empresariales y de los ciudadanos?

La intolerancia exhibe la inmadurez intelectual de un grupo o individuo. Pero la discrepancia de creencias, algo natural entre individuos mínimamente libres, no debería ser motivo de hostilidad moral. La pluralidad, sostiene Hannah Arendt (la mayor Selbstdenkerin o pensadora independiente alemana del siglo XX), es la nota distintiva de la condición humana. Por ende, no es razonable enojarme si mi interlocutor piensa de otra manera; sí es razonable, en cambio, asumir la divergencia de opiniones como algo dado y ejercitarnos en el arte de la tolerancia y la conversación abierta.

Que mi vecino crea en veinte dioses o en ninguno, sentenció Thomas Jefferson, no me afecta; pues el pluralismo es uno de los pilares de las sociedades modernas. Podemos disentir en opiniones morales, intelectuales o incluso religiosas —algo, hasta cierto punto, saludable y liberador, ya que socava el monismo absoluto, esa asfixiante camisa de fuerza—, y, no obstante, respetarnos, reconocer nuestra humanidad común y aun entablar una amistad. Ése es el sentido hondo de la tolerancia: no respeto tus creencias, pues no las comparto; pero te respeto a ti como persona. Porque la idea de que “todas las creencias y opiniones son respetables” es un disparate relativista que lleva a la decadencia de la cultura y a la confusión moral.

Donde resulta especialmente deplorable la incapacidad para el diálogo es en las escuelas y universidades. Pues una mente científica es aquella que, afanosa y tenaz, busca la falsación de sus propias teorías e hipótesis. El científico —y el académico, en general— es capaz de recibir con apertura y buena fe la crítica y retroalimentación inteligente de colegas, lo que requiere humildad intelectual, una virtud a un tiempo moral y cognitiva.

En 1902, Gottlob Frege hizo gala de la magnanimidad del científico al reconocer que “la paradoja de Russell” socavaba los cimientos de su teoría de la aritmética. El lógico alemán (uno de los más destacados de la historia) estaba, naturalmente, devastado; sin embargo, al validar el descubrimiento de su joven colega británico, hizo patente su genuino espíritu científico. Frege pudo haber buscado tercamente hipótesis ad hoc para intentar salvar una teoría que, según Bertrand Russell —o, más precisamente, según el tribunal de la razón—, hacía agua. No lo hizo. En resumen, quien no esté dispuesto a ser superado, carece de vocación para la ciencia.

En México, las raíces de la intolerancia y el antipluralismo yacen en la arraigada cultura cívica parroquial, autoritaria y jerárquica, la cual nunca fue desbancada, ni siquiera durante los años de la transición política y el periodo de la democracia germinal. Construimos instituciones, leyes y procesos democrático-liberales —hazaña histórica digna de celebrarse—, pero no pudimos enraizar entre las élites y clases medias una cultura cívica de la conversación y el diálogo, o al menos no con la robustez suficiente para consolidar nuestra democracia. Las consecuencias están a la vista.

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