La ONU obnubilada
La Organización de las Naciones Unidas surgió al término de la Segunda Guerra Mundial, para evitar por la vía diplomática el que volviese a haber guerras en el mundo, lo cual suponía que todos los países miembros acatarían sus resoluciones, cumplirían sus compromisos y colaborarían en pro de un mundo más justo y más pacífico.
En verdad, nada de eso ha sucedido, en parte porque desde su establecimiento quedó bajo el dominio de las cuatro potencias vencedoras de Alemania, a las cuales se incorporó posteriormente China, todas con poder de veto, es decir, de bloquear cualquier resolución que pueda afectar los intereses de alguna de estas potencias. Es decir, la estructura de origen surge como una oligarquía, donde la democracia es solamente una aspiración lejana.
Por lo mismo, cualquier resolución que afecte a los aliados de una de las potencias oligarcas es de inmediato vetada, y de esta suerte el camino de la guerra ha seguido abierto hasta el presente, pero no solo eso, también el de la prepotencia, del avasallamiento, de la permanente ley del más fuerte que hace añicos cualquier versión ideal de lo que debe ser el mundo y las relaciones entre los países.
Ya a fines del siglo XIX, y a lo largo del siglo XX, desde la antigua Sociedad de las Naciones, en su momento impulsada por los zares rusos, quedaba claro que la humanidad vivía, y seguiría viviendo siempre supeditada al inesperado surgimiento de algún nuevo dictador, de algún gobernante megalómano o de un monarca soberbio, a pesar de dichos organismos mundiales, habitualmente no otra cosa que organizaciones rimbombantes que acababan secundando la voz del más poderoso.
Hasta el momento actual, mientras los gobernantes se mantienen con un perfil político correcto, el mundo prospera, pero cuando en su lugar aparece un demente, basta que sepa con qué potencia aliarse para que pueda hacer lo que le dé la gana, así se trate de cometer genocidios, magnicidios, crímenes de guerra, invasiones, usurpaciones o lo que quiera. En otras palabras, hasta un dictador de tercera clase, en un país de cuarta, puede triunfar si es aliado de Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Rusia o China, incluso si es aliado de un gobierno de segunda que es aliado de un gobierno de primera que es aliado de una de las superpotencias señaladas; tanto más será el daño y la tragedia si el gobernador demente está justo al frente de alguna de estas superpotencias, todo el tiempo seguro de que sus aliados o sometidos apoyarán sus decisiones.
Ni duda cabe de que la ONU requiere de una cirugía mayor, de un cambio estructural que rompa la oligarquía que la domina, aun de un cambio de país sede, y de un soporte económico que la haga realmente autónoma, y no una permanente beneficiaria de una determinada potencia, que, en contraparte, exige en gratitud el sometimiento a todas sus acciones y decisiones, también cuando estas violan el derecho internacional y aplastan la democracia.
¿Y quién le va a poner el cascabel al gato? Es utópico pensar en un acuerdo entre las superpotencias, al menos tres o cuatro sobre cinco que las lleve a renunciar a su derecho de veto y proceder a hacer cambios tan urgentes en beneficio de la humanidad. Podrían acaso surgir nuevos actores entre las nuevas potencias capaces de liderar estas reformas, por ejemplo, las potencias del sudeste asiático, pero, ¿hasta qué punto el éxito de su novel surgimiento es ajeno al apoyo de la oligarquía mundial?