La manita de gato mundialista
En muchas familias mexicanas existe una escena ya conocida: suena el timbre invisible de la visita anunciada y, de pronto, la casa despierta en estado de emergencia. Se levantan los tiraderos, se esconden zapatos, se sacude la mesa, se acomoda el viejo cojín, se barren las huellas del diario vivir y alguien dice, con resignada sabiduría doméstica: “Hay que darle una manita de gato” a nuestra casa.
No se trata de remodelarla, sino de volverla presentable. No se cambia la instalación eléctrica ni se reparan las paredes; solo se ordena lo visible, se ilumina la sala, se perfuma el ambiente. Hay en ello una psicología muy mexicana: no queremos que el visitante vea el desorden íntimo, la fatiga acumulada, la verdad sin maquillaje. La visita nos obliga a mirarnos desde afuera.
Algo parecido está ocurriendo con Guadalajara frente al Mundial de Futbol. La ciudad, como una casa grande, ha comenzado a recibir su propia manita de gato: arreglos, obras, remozamientos, limpieza visual, mejoras en puntos estratégicos, ajustes de movilidad y embellecimiento de zonas por donde circularán turistas, prensa, delegaciones y aficionados. Y hay que decirlo: ha sido muy bueno. A veces necesitamos que llegue una visita importante para recordar que la sala estaba descuidada.
El Mundial funciona como espejo externo. Nos pone frente a una pregunta incómoda: ¿por qué arreglamos con tanta prisa lo que debimos cuidar con constancia? La psicología pública se parece mucho a la doméstica. Mientras vivimos solos en nuestro desorden, lo toleramos. Cuando llega alguien de afuera, aparece el pudor urbano. Entonces la banqueta rota ya da vergüenza, la fachada despintada incomoda, el bache parece más grande, el centro histórico exige dignidad.
El riesgo está en confundir presentación con transformación. Una ciudad no se vuelve funcional sólo porque sus corredores turísticos luzcan mejor. Guadalajara no es únicamente la ruta del aeropuerto al estadio, ni la postal que verá el visitante. También es la colonia olvidada, la calle con sombra, el crucero peligroso, el transporte insuficiente, la banqueta que expulsa al peatón, la periferia que no sale en la foto.
Por eso esta “manita de gato” mundialista debe celebrarse, pero también aprovecharse como lección. Si somos capaces de arreglar la ciudad para los visitantes, también deberíamos ser capaces de cuidarla para quienes la habitamos todos los días. El extranjero se irá después del partido; nosotros seguiremos aquí, caminando sobre la misma piel urbana. La fiesta deportiva puede pasar como cometa luminoso, pero sus beneficios deberían quedarse también como lámparas encendidas en la vida cotidiana para todos los tapatíos, sin exclusiones.
Ojalá el Mundial no sea sólo un maquillaje para la ocasión, sino el inicio de una nueva conciencia: la de una ciudad que aprende a recibir bien a los de afuera, pero sobre todo que busca que juntos vivamos mejor la vida diaria.