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“La historia del sonido”: Amar sin decir “te amo”

La música es tinta impalpable con la que podemos dibujar o escribir la experiencia humana. La música es historia, nuestras historias. Ni se vive, ni se ama, ni se muere sin música, porque -incluso cuando no suena- palpita en nosotros. El francés Pascal Quignard escribió que “la música atrae a los cuerpos”. La frase describe perfectamente el concepto de la película sobre la que hoy escribiré: “La historia del sonido”.

En una de las primeras escenas de este flamante largometraje del cineasta sudafricano Oliver Hermanus (“Vivir”, 2022) vemos a Lionel (Paul Mescal) girarse en un bar tras escuchar a un hombre que no conoce -David (Josh O’Connor)- cantar una vieja canción folk que le recuerda su infancia. Y, entonces, la música lo captura, lo somete: él no lo sabe, pero el sonido lo emplazará por un camino como el que ya he descrito: de vida, de amor, de muerte. La música, como el cine, hace nuestros mundos más grandes, traza destinos.

Lionel conoce a David cuando ambos son estudiantes en un conservatorio de música. Son las canciones muertas, las canciones olvidadas del folk de montaña estadounidense, las que los conectan, las que traspasan el silencio -lo que callan sobre ellos mismos- y forjan un lazo. Corren los años de la Primera Guerra Mundial y, tras el conflicto, ambos realizarán un viaje por un inhóspito territorio para grabar y rescatar el cancionero perdido de la música folclórica norteamericana. Esos sonidos arroparán su relación y los marcarán de forma irreversible.

Ya antes he escrito sobre la idea del “amor de cine”: ese amor que se siente más grande e inabarcable que cualquier otro, que parece fantasía de tan tremendo. Ese amor que la ficción convierte en verdad y que, por sus características, también sabemos que coloca a los protagonistas -los enamorados- en un peligro proporcional al tamaño de su romance. Y si el romance es prohibido, si es imposible o impensable, todo se magnifica. El peligro es de pérdida, vacío y muerte. (Si no, ¿cuál es el chiste?). Son esos los amores que no se gritan; se ven en las miradas de los personajes, en la kinésica, la proxémica y el paralenguaje de quienes han caído ante el hechizo. Es la clase de seducción que se escucha en el canto de aquellas sirenas que armonizaron (o callaron) para traspasar a Ulises (que, en este caso, son las voces que dan vida al cancionero folk estadounidense de principios del siglo XX).

Con un reparto magnético y de galanura atontadora, un trabajo de cámara sobrecogedor a cargo del cinefotógrafo Alexander Dynan (“El contador de cartas”, 2021) y el envolvente y transportador diseño de producción de Deborah Jensen (quien será directora de arte de la nueva película de Spielberg), “La historia del sonido” es un deleite para los ojos. Belleza total, “preciosismo” del bueno, del que está puesto al servicio del relato. Pero también es un goce brutal para los oídos. La partitura original de Oliver Coates (Pillion, 2025) es hipnótica y el cancionero folk es irresistiblemente seductor.

Empero, “La historia del sonido” tiene sus bemoles. Quizá el más notorio tenga que ver con el relato: el espectador verá una pieza casi con carácter de díptico, de amor bello y de amor triste, donde la primera mitad -la parte bella- funciona mejor que la segunda. Ocurre que uno termina por darse cuenta de que está ante un romance de fórmula que intenta ocultar sus clichés con sus virtudes formales y su envoltorio sonoro. El guion expone una trama de amor à la “Brokeback Mountain” en la que no hay mucho que sorprenda y a la que le sobra lo predecible.

Ante tal contrariedad, Hermanus decide -si no hay nada nuevo bajo el sol en términos argumentales- que la forma y el contexto serán los recursos para darle identidad a su historia: ahí está la música en el epicentro, además de una narrativa parsimoniosa, lánguida y sensual. Pero, sobre todo, un intento por convertir el sonido en encuadre, por filmar la película arrastrando los planos, justo como el viejo folk arrastra sus notas, versos y emociones. Me he quedado con la sensación de que, de cierto modo, La historia del sonido es folk filmado, un intento por darnos una experiencia visual que arremeda lo sonoro.

Cuando la música nos toca, dejamos de ser seres que sienten y nos transformamos: de pronto nosotros mismos somos el sentimiento puro y total. La música supera la semántica del lenguaje. Lionel y David están callados en medio del bosque, nada dicen, no articulan su lazo con la palabra “amor”, pero lo entendemos todo, pues se han convertido en sentimiento, en música. Al igual que todos, ellos son (nosotros somos) tinta sobre el pentagrama. Sentimos, pues, que nosotros componemos la música, pero ella es quien nos compone.

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