Guadalajara, segunda postal
En el siglo XXI, Guadalajara es una ciudad que supera su territorio municipal. Lograr que los diversos alcaldes involucrados en la gerencia de la ciudad se pongan de acuerdo ha sido un reto a veces logrado, a veces frustrado. Incluso, en ocasiones se ponen de acuerdo en lo que no debían y disienten en lo que deberían coincidir.
Por lo pronto, podemos considerar que los promotores turísticos de la ciudad, sean de la esfera privada o de la pública, defraudan frecuentemente a nuestros visitantes, contra su voluntad, pues los visitantes vienen a ver una hermosa ciudad con espléndidas plazas públicas que enmarcan y destacan los notables edificios que la ciudad ha construido, y lo que encuentran son unas pavorosas carpas que se ponen justamente en dichas espléndidas plazas públicas, distorsionando el paisaje urbano que los turistas deseaban apreciar.
Es mágico salir del Teatro Degollado y mirar la plaza que a sus pies se extiende, dando a la catedral el espacio que requiere para expresar su ecléctica belleza, observando a la izquierda la fachada norte del Palacio de Gobierno y, a la derecha, la fachada sur del Museo Regional, y al centro, las tradicionales pilas lanzando al viento ese borbotón de agua que luego cae sobre sus fuentes, esparciendo su rumor y su brisa. Es trágico que, en su lugar, lo que ven es la carponona que, con ocasión de tal o cual festival, se planta justo en medio de la plaza, estropeando y distorsionando el paisaje urbano que les había vendido la publicidad turística, o que la misma gente había contemplado en revistas o videos y deseaba ver en vivo. ¿Y qué pasa? Pues que lo sentimos, pero es que tenemos tal evento, pero regrese cuando no sea temporada vacacional y podrá verlo todo en su prístina hermosura porque, además, los amantes de poner carpas en cuanta plaza exista lo hacen justamente en las temporadas de mayor afluencia turística.
En esto sí que se han puesto de acuerdo los municipios de Guadalajara y de Zapopan, pues también allá, luego de gastarse una fortuna en ampliar y remodelar una y otra vez la explanada de la basílica, en cuanto se avecina una temporada turística, de inmediato ponen su carpa enorme, estorbosa y, desde luego, ruidosa, para que a los visitantes no les quede más remedio que renunciar a tomar sus fotos, pues no vinieron a captar carpas tenamastonas; ellos buscaban las vistas que habían observado en la publicidad de “Visite Zapopan”, mismas que una y otra vez se empeñan en entorpecer los funcionarios públicos, en una especie de autosabotaje que se vive al interior de las administraciones.
De momento, en Guadalajara, plazas muy importantes del Centro Histórico se hallan en reparación; no sabemos cuánto se han gastado en estas obras ni si eran prioritarias; el hecho es que ahí están, remozadas. ¿Para luego cubrirlas con carpas y tenderetes, y que les queden mejor? ¿Pues qué, las plazas no son para el solaz de la ciudadanía? ¿No sería el momento de procurarse otros espacios, que los hay, para que allí pongan cuantos templetes, toldos o tiendas se requieran? ¿Qué, no merecen respeto los pocos, pero magníficos edificios de nuestro Centro Histórico? ¿Tanto empeño por los espectáculos al aire libre, para que luego los sofoquen debajo de esas pavorosas lonas?