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El Camioncito de Zapopan: Cuando el Poder sí ayuda

Hay pequeños detalles que contienen, como semillas, toda una filosofía del poder. No el poder que se monta sobre pedestales de mármol, ni el que firma decretos con solemnidad de pontífice, sino aquel otro poder —más raro, más luminoso— que un buen día sale a la calle, mira a los ojos al ciudadano y le pregunta, sinceramente: ¿qué necesitas?

En el norte de Zapopan, donde los fraccionamientos de Valle de los Molinos, Mirador del Bosque y Albaterra conviven entre colinas y distancias que el asfalto no siempre reconcilia, existía una carencia silenciosa: el autobús dejó de llegar. Para quien tiene automóvil, ese detalle es apenas una nota al margen. Para la abuela que va al médico, para la madre que lleva dos niños de la mano hacia la escuela, para el trabajador sin otra opción que sus propios pies, esa ausencia era una herida cotidiana.

Y entonces ocurrió algo poco común. El Ayuntamiento de Zapopan escuchó.

No prometió. No convocó una conferencia de prensa con aplausos, bombos y platillos. Simplemente desplegó un servicio: unas camionetas limpias, nuevas, dignas —bautizadas con el nombre sencillo y entrañable de Camioncito de Zapopan— que recorren la zona de manera gratuita, cada hora y media, durante casi dieciocho horas al día, llevando consigo hasta dieciséis pasajeros que de otro modo quedarían varados en la geografía del abandono.

Ese hecho constituye un pequeño milagro administrativo en un país donde la burocracia suele ser el arte de complicar lo que debería ser simple.

Lo que me interesa reflexionar no es solamente el camioncito —aunque en sí mismo merece toda nuestra gratitud—, sino la conciencia de quien lo hizo posible. Existe en ciertos funcionarios, no en todos, una cualidad que podría llamarse sensibilidad cívica: esa capacidad de ver al ciudadano no como un número en el padrón electoral, ni como un contribuyente que debe cumplir, sino como un ser humano concreto, con piernas cansadas, con prisa legítima, con dignidad que merece ser atendida.

Esa sensibilidad no se enseña en ninguna escuela de administración pública. Nace de algo más profundo: de haber caminado alguna vez bajo el sol esperando un transporte que nunca llega. De recordar que el Gobierno no es un fin en sí mismo, sino un instrumento al servicio de la vida real de la gente.

Los griegos llamaban eudaimonía al florecimiento humano: la condición en que cada persona puede desplegar su potencial. El camioncito de Zapopan, en su modesta y admirable escala, contribuye a eso. Lleva personas hacia donde necesitan ir. Y en ese acto aparentemente sencillo late una verdad política que los grandes discursos suelen olvidar:

Gobernar bien es, ante todo, saber escuchar y atreverse a responder con tino.

Reconozcamos, entonces, cuando las cosas se hacen bien. No como excepción asombrosa, sino como señal de lo que es posible cuando el poder recupera su vocación original: servir.

dellamary@gmail.com
 

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