Ideas

El arte de robarse un partido

En el beisbol solemos recordar los bambinazos que deciden un encuentro, el ponche con casa llena o la joya de pitcheo que inmortaliza a un lanzador. Sin embargo, existe otra forma de ganar partidos, mucho menos espectacular para el aficionado ocasional, pero profundamente admirada por quienes entienden la esencia de este deporte: el arte de correr las bases. Muchas veces un campeonato comienza con apenas noventa pies.

Durante décadas, el robo de base fue una de las armas más temidas del beisbol. No bastaba la velocidad. Había que estudiar al pitcher, descifrar sus movimientos, leer al receptor y elegir el instante exacto para salir. Rickey Henderson llevó ese arte a la perfección; Lou Brock y Maury Wills marcaron una época; Ichiro Suzuki convirtió la inteligencia en velocidad pura y, en los años recientes, Billy Hamilton -tan admirado por la afición jalisciense durante su paso por Charros-, Shohei Ohtani, Bobby Witt Jr., Elly De La Cruz, José Altuve, Aaron Judge y Trea Turner han demostrado que el corrido de bases sigue siendo un recurso capaz de cambiar el rumbo de un partido.

Pero correr las bases va mucho más allá del robo. También implica ejecutar con precisión un corrido y bateo, realizar un toque de sacrificio o un squeeze play en el momento oportuno, romper una doble matanza, avanzar de primera a tercera con una lectura perfecta del batazo o convertir un sencillo en doble gracias a la inteligencia más que a la velocidad. Las Grandes Ligas recuperaron recientemente ese beisbol dinámico con ajustes reglamentarios, y la historia dejó una imagen inolvidable cuando Randy Arozarena protagonizó con Tampa Bay una dramática carrera frente a los Dodgers en la Serie Mundial de 2020, recordándonos que el valor, el instinto y la decisión siguen siendo parte esencial del juego.

Como sucede en toda gran disciplina deportiva, también existen los grandes “evitadores” de robos. Detrás del plato, receptores legendarios como Iván “Pudge” Rodríguez, Yadier Molina, Jorge Posada, Salvador Pérez y el mexicano Alejandro Kirk hicieron de su brazo y rapidez de manos un muro casi infranqueable. Y desde los jardines, Roberto Clemente, Bo Jackson, Ichiro Suzuki, Vladimir Guerrero padre, Mookie Betts y Aaron Judge demostraron que una asistencia perfecta puede impedir una carrera y valer tanto como un bambinazo.

México también ha sido tierra de corredores inteligentes. Beto Ávila entendía como pocos el valor de conquistar cada noventa pies. Benjamín Gil, Ramiro Peña, Luis Arredondo, Agustín Murillo, Amadeo Zazueta, Manny Rodríguez y Jared Serna,  demostraron que la velocidad sólo produce resultados cuando va acompañada de lectura, oportunidad y determinación. Porque los grandes managers no buscan únicamente al pelotero más rápido; buscan al que mejor interpreta el juego.

Los campeonatos rara vez se construyen únicamente con bambinazos. También se edifican con un lanzamiento bloqueado por el catcher, una asistencia precisa desde los jardines, una base robada en el momento oportuno o un corredor que conquista esos noventa pies cuando nadie lo esperaba. El poder emociona. La velocidad entusiasma. Pero casi siempre es la inteligencia la que termina inclinando la balanza.

Porque hay bambinazos que cambian un inning. Y hay noventa pies que terminan cambiando la historia de un campeonato.

Temas

Sigue navegando