Sábado, 27 de Junio 2026

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Detrás de la careta se piensa el béisbol

Por: Salvador Cosío Gaona

Detrás de la careta se piensa el béisbol

Detrás de la careta se piensa el béisbol

Hay jugadas que nunca abandonan la memoria de un aficionado. Yo conservo una desde 1971.

Charros de Jalisco disputaba el séptimo juego de la Serie Final frente a los Saraperos de Saltillo. Lo que estaba en juego era mucho más que un campeonato. Los Charros habían protagonizado una de las remontadas más extraordinarias del béisbol mexicano, levantándose de un 0-3 para ganar cuatro juegos consecutivos y conquistar el título. El equipo llegaba, además, disminuido por las lesiones y con serios problemas en su cuerpo de pitcheo. El receptor titular, el joven Clemente Rosas, atravesaba quizá el mejor momento de su carrera, pero también había quedado fuera por lesión. Entonces apareció un veterano que ya no ocupaba regularmente la receptoría y que igualmente venía de padecer problemas físicos. Jaime “El Flaco de Oro” Corella volvió a colocarse la careta. Para muchos especialistas, el mejor receptor que ha dado la historia de la Liga Mexicana de Beisbol. Nunca llegó a las Grandes Ligas, una de esas paradojas que a veces reserva este deporte, pero construyó una carrera extraordinaria que terminó llevándolo al Salón de la Fama del Beisbol Profesional de México. Fue un defensor excepcional, líder defensivo de la Liga Mexicana durante siete temporadas consecutivas, ganador de dos Guantes de Plata y dueño de una técnica que rayaba en la perfección. Recibía siempre con las piernas abiertas, el guante al frente y una serenidad admirable. Cuando un corredor intentaba el robo de base, muchas veces ni siquiera necesitaba incorporarse por completo: desde su posición de recepción soltaba auténticos riflazos que generalmente terminaban decretando el out. Era un receptor con recursos físicos extraordinarios, pero sobre todo con una inteligencia privilegiada para conducir a sus lanzadores, estudiar a los bateadores rivales y llevar, desde detrás del plato, el control absoluto del juego. Detrás de la careta era, sencillamente, un maestro. En aquellos años las reglas eran muy distintas. No existían las protecciones que hoy salvaguardan al receptor. El corredor podía lanzarse prácticamente como una locomotora sobre el catcher intentando desprenderle la pelota. Así ocurrió en una jugada decisiva. Llegó el tiro desde los jardines al plato al mismo tiempo que el corredor. Corella recibió la pelota, soportó el impacto brutal, jamás la soltó y el ampáyer decretó el out. Charros conservó la ventaja y terminó conquistando uno de los campeonatos más memorables de su historia. Han pasado más de cinco décadas y sigo convencido de que aquella jugada cambió el rumbo del partido y, probablemente, del campeonato. Aquella tarde entendí, quizá sin saberlo todavía, que un título también podía ganarse detrás del plato.

Más de medio siglo después, el béisbol volvió a recordarme exactamente la misma lección. Hace apenas unos días, Shohei Ohtani sostuvo un intercambio evidente con el joven receptor Dalton Rushing. El japonés insistió en solicitar la revisión electrónica de un par de lanzamientos que el catcher inicialmente no pretendía desafiar. Ohtani tenía razón. Más adelante surgió también un problema de comunicación mediante el PitchCom que terminó costando una carrera. No fue una discusión. Fue la demostración de que, incluso en el béisbol más moderno y tecnificado, la sincronía entre pitcher y receptor continúa siendo uno de los pilares sobre los que descansa un equipo ganador. Aun el mejor pelotero del planeta necesita confiar plenamente en quien se encuentra detrás de la careta. Mientras el público suele concentrarse en el cuadrangular del bateador o en la velocidad del lanzador, detrás del plato trabaja probablemente el pelotero que más decisiones toma durante un partido. El receptor estudia a cada bateador, conoce las fortalezas y limitaciones de sus pitchers, propone la secuencia de lanzamientos, administra el ritmo del encuentro, ordena la defensiva, interpreta el momento psicológico de cada inning y, en la actualidad, además debe dominar herramientas tecnológicas como el PitchCom y decidir, en cuestión de segundos, cuándo vale la pena desafiar una marcación mediante el sistema automatizado de revisión de bolas y strikes. Es el único jugador que observa permanentemente el diamante completo. El pitcher mira al bateador; el receptor mira el juego entero. Por ello no resulta extraño que tantos grandes managers hayan sido antes grandes catchers. Aprendieron a pensar el béisbol desde la posición que más exige inteligencia táctica, liderazgo, memoria, capacidad de comunicación y toma de decisiones.

Durante décadas bastaba con que un receptor fuera un extraordinario defensivo. Su responsabilidad consistía en recibir bien la pelota, bloquear lanzamientos complicados, impedir el robo de bases, conducir al pitcheo, ordenar la defensiva y convertirse prácticamente en una extensión del manager sobre el terreno. Si además bateaba con solvencia, era considerado un verdadero lujo. El béisbol moderno cambió radicalmente esa realidad. Hoy las organizaciones ya no buscan únicamente receptores inteligentes; buscan peloteros completos. Al catcher moderno se le exige pensar el juego, conducir al cuerpo de lanzadores y, además, producir ofensivamente, embasarse, conectar extrabases y convertirse en una pieza importante dentro del line up. Quizá ninguna otra posición haya evolucionado tanto como la receptoría. La historia de las Grandes Ligas está llena de hombres que engrandecieron esa posición. Yogi Berra, Roy Campanella, Johnny Bench, Carlton Fisk, Gary Carter, Mike Piazza, Mike Scioscia, Iván “Pudge” Rodríguez, Jorge Posada, Jason Varitek, Joe Mauer, Buster Posey, Yadier Molina, Salvador Pérez y Will Smith representan distintas generaciones de una misma escuela: la de los receptores que hicieron mucho más que recibir lanzamientos. Todos fueron líderes. Todos condujeron cuerpos de pitcheo. Todos entendieron el juego desde una perspectiva privilegiada. Muchos de ellos fueron el auténtico cerebro de equipos campeones.

México también posee una tradición que merece mucho mayor reconocimiento. Francisco “Paquín” Estrada, Jaime Corella, Benjamín “Cananea” Reyes —antes de convertirse en uno de los más grandes managers que ha tenido nuestro país—, Rod Barajas, Humberto Cota, Miguel Ojeda, Gerónimo Gil, Gabriel Gutiérrez y, más recientemente, Alejandro Kirk, Seby Zavala, César Salazar y Brandon Valenzuela representan una escuela que vuelve a mirar hacia el futuro con optimismo. Gabriel Gutiérrez ha sido uno de los grandes conductores de pitcheo del béisbol mexicano contemporáneo. Alejandro Kirk ya abrió la puerta demostrando que un receptor mexicano puede consolidarse entre la élite de las Grandes Ligas. Brandon Valenzuela encabeza una generación llamada a demostrar que México puede convertirse también en una fábrica de grandes catchers. Ojalá detrás de ellos lleguen muchos más. Porque históricamente nuestro país ha producido una extraordinaria cantidad de lanzadores. Fernando Valenzuela, Teodoro Higuera, Aurelio López, Joakim Soria, Sergio Romo, Roberto Osuna, Andrés Muñoz y una larga lista así lo acreditan. Sin embargo, la producción de receptores de élite ha sido considerablemente menor. Tal vez porque ninguna posición exige una combinación tan compleja de cualidades: fortaleza física, inteligencia táctica, liderazgo, memoria, capacidad de comunicación, resistencia al desgaste, fortaleza mental y, ahora también, productividad ofensiva. El catcher dejó de ser solamente el guardián del plato para convertirse en uno de los peloteros más completos del diamante.

Quizá la receptoría continúe siendo, hasta cierto punto, la posición más injustamente subvalorada del béisbol. El pitcher recibe los reflectores cuando domina un encuentro. El bateador se lleva las ovaciones cuando conecta el cuadrangular decisivo. El manager aparece levantando el trofeo. Pero detrás de todos ellos suele existir un hombre que estudió al rival, condujo al lanzador, organizó la defensa y tomó centenares de decisiones silenciosas que hicieron posible la victoria. Siempre se dice que el pitcher gana los juegos. Es verdad… pero sólo hasta cierto punto. Porque detrás de casi todos los grandes lanzadores suele existir un gran receptor. México ya ha demostrado que sabe formar pitchers extraordinarios; ahora Alejandro Kirk y Brandon Valenzuela representan la esperanza de consolidar una nueva escuela mexicana de catchers que honre el legado de Paquín Estrada, Jaime Corella, Gabriel Gutiérrez y tantos otros guardianes del plato. El día en que nuestro país produzca con la misma regularidad grandes receptores y grandes lanzadores, el béisbol mexicano habrá dado uno de los pasos más trascendentes de su historia.

Detrás de la careta no sólo se recibe la pelota. Detrás de la careta se piensa el juego. Y quienes mejor piensan el juego suelen terminar construyendo los campeonatos.

@salvadorcosio1
Bambinazos61@gmail.com

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