Economía mundial, guerra y energía en 2026
El más reciente informe sobre la economía mundial presentado por la OCDE alerta que si bien la economía mundial no ha entrado todavía en una fase de crisis o parálisis, su estabilidad depende de equilibrios cada vez más precarios. La organización sostiene que, antes de la escalada reciente en Medio Oriente, el crecimiento global había mostrado una resiliencia notable. Sin embargo, ese cuadro se ha modificado de manera abrupta por el encarecimiento de la energía, la volatilidad financiera y la incertidumbre geopolítica. La OCDE ahora prevé que el crecimiento mundial se reduzca a un promedio global de apenas a 2.9% en 2026.
Lo decisivo del documento es el diagnóstico estructural que deja entrever: la economía global contemporánea aparece como un sistema crecientemente expuesto a choques geopolíticos que se transmiten casi de inmediato a los precios, al crédito, al comercio y a las expectativas del crecimiento y las posibilidades de un desarrollo auténticamente sostenible. Lo que se debe subrayar es que los problemas que enfrentamos no se limitan al sector energético, sino que se trata de una perturbación sistémica que alcanza cadenas logísticas, insumos agrícolas, transporte y manufactura.
Ese punto debe leerse en un marco internacional todavía más complejo. La invasión rusa contra Ucrania continúa y sigue siendo un factor de inestabilidad militar, energética y comercial en Europa. Reuters reportó esta semana ataques masivos con drones rusos sobre territorio ucraniano y advirtió que la presión sobre la infraestructura energética y las defensas aéreas de Ucrania persiste.
A ello se suma la expansión del conflicto entre Estados Unidos e Israel contra Irán, que ya desbordó la lógica de un enfrentamiento puntual. La guerra, iniciada a fines de febrero, ha implicado ataques cruzados, militarización adicional de la región, afectaciones a rutas estratégicas y el ingreso al conflicto de nuevos actores, como los hutíes de Yemen. En este contexto, el cierre efectivo del estrecho de Ormuz ha contribuido al fuerte aumento de los precios del petróleo y ha reactivado temores sobre una escalada regional prolongada. De este modo, el orden económico mundial enfrenta simultáneamente dos escenarios bélicos de alta intensidad con capacidad de alterar mercados críticos.
El punto central ante todo ello es que es que la “resiliencia” de la que habla la OCDE apenas alcanza para describir la capacidad apenas provisional del capitalismo contemporáneo para absorber choques sin resolver sus contradicciones de fondo. De esta forma, nuevos procesos de acelerado y sostenido crecimiento en diferentes sectores económicos, impulsados por la inteligencia artificial -que el informe identifica como uno de los renovados motores de la actividad económica en el mundo-, convive con una vulnerabilidad extrema frente al todavía predominio de la energía fósil en la mayoría de los procesos industriales, con mercados financieros sobrevalorados y con una geopolítica crecientemente militarizada. Es un crecimiento que innova en la frontera digital, pero sigue dependiendo de corredores marítimos, combustibles y dispositivos de seguridad propios de lógicas del imperialismo capitalista del siglo XX.
Frente a lo anterior, la OCDE ubica a México entre las economías donde se prevé un crecimiento moderado (apenas de un de 1.3% del PIB en 2026 y 1.7% en 2027). Esto significa que la economía mexicana no está a salvo de una crisis: puede beneficiarse en el corto plazo de las ventajas que le da el T-MEC, pero sigue expuesta al encarecimiento energético, a la volatilidad cambiaría y a la desaceleración del entorno global. Así, el mensaje que se puede asumir es que el principal riesgo para el país no es sólo una tasa de crecimiento casi nula, sino la continuidad de un contexto global articulado alrededor de la guerra.
El llamado de la OCDE a fortalecer la resiliencia de las economías nacionales, en ese contexto, no puede entenderse únicamente como capacidad de ajuste macroeconómico, sino que debe pensarse en clave de reducción de dependencias estratégicas, transición energética, fortalecimiento de instituciones y contención del ánimo bélico, en aras de impulsar un curso de desarrollo sostenible, orientado sin regateos a la garantía de la dignidad humana, en todas partes.