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El segundo piso de la transformación y los vicios ocultos de la cimentación

Construir el segundo piso de la transformación, como pomposamente dice el eslogan de Gobierno de Claudia Sheinbaum, está costando mucho más trabajo de lo que se imaginaban. No solo porque “los obreros de la transformación” ahora se creen todos arquitectos, desde Marx Arriaga hasta Andrés Manuel (alias no me digan Andy) López Beltrán, pasando por senadores, gobernadores y diputados. Todos creen ser más importantes de lo que son. Nadie quiere pegar ladrillos, todos quieren ser ellos quienes dibujan y deciden sobre los espacios, porque todos se creen los intérpretes y herederos del alarife.

El problema es más grave que solo una cuestión de egos revueltos, el desayuno favorito de la clase política. El segundo piso de la IV Transformación tiene un problema de fondo y es que los cimientos y el primer piso se hicieron al aventón, al leal saber y entender del alarife mayor, Andrés Manuel López Obrador, que sabía menos de lo que creíamos y, peor aún, menos de lo que él mismo creía saber.

En los 18 meses de Gobierno, la presidenta ha pasado la mayor parte del tiempo corrigiendo los errores del primer piso. Reparar y mantener las obras insignia -Tren Maya, Aeropuerto Felipe Ángeles y Mexicana de Aviación- ha sido mucho más caro y complejo de lo prometido. Dos Bocas, una de las tres refinerías más caras del mundo (costó más de 20 mil millones de dólares, 135 % arriba de lo proyectado) y es, con mucho, la más costosa si se calcula en costo por barril, por lo que su amortización será mucho más larga de lo estimado. Para colmo, la Reforma Judicial puso una columna en medio de la sala que bloquea el paso al cuarto de las inversiones y, por tanto, al crecimiento económico.

Lo más complicado, sin embargo, son los vicios ocultos en la cimentación del edificio, esto es, los pactos políticos y los acuerdos que sostienen la transformación. Cada vez que la presidenta Sheinbaum intenta mover algo en la estructura política se topa con los intereses pactados por el Gobierno anterior. No se puede llamar a engaño: ella es parte y beneficiaria principal de los cimientos políticos del proyecto obradorista y, al mismo tiempo, su rehén. El fracaso de la reforma electoral (más allá de si estábamos de acuerdo o no con el contenido e incluso que podamos celebrar que no se hayan aprobado algunas aberraciones democráticas como la pretendida captura de la revocación de mandato) es un signo inequívoco de que la presidenta no tiene el control político del movimiento.

El subsuelo de la transformación ha dado signos de ser bastante inestable. Para que la presidenta pueda echar muros y techar el segundo piso tendrá primero que apuntalar el edificio y depurar con quién sí y con quién no cuenta para levantar su proyecto, no el de López Obrador.

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