El maquinista o la verdad maquinada
Decía el viejo ranchero: “Cuando la mentira sea más idiota que la verdad, mejor dígame la verdad”. Y sí, yo espero que la versión de que el tren del Istmo se descarriló porque iba a 65 kilómetros por hora en lugar de 50, y que no hay ningún sistema de control de velocidad en los trenes, sea una enorme y cínica mentira, porque si esa es la verdad, si no somos capaces de hacer un tren que gire a 65 kilómetros, si los cálculos de los radios de giro están tan ajustados que quince kilómetros más provocan un descarrilamiento, dejemos de hacer trenes, porque o no van a servir de nada o vamos a vivir de tragedia en tragedia.
Acusar al maquinista y al despachador, quienes —dice la Fiscalía General de la República— no tenían licencia para operar el tren, es tan absurdo como acusar de asesinato a la bala y a la pistola y no a quien la disparó. Porque sí, evidentemente lo que mata es la bala y esta sale disparada de la pistola; de eso no hay duda, pero detrás de ellas está el verdadero responsable.
Valgan algunas preguntas necias a la fiscal Ernestina Godoy (y son necias porque ya sabemos que no las van a responder, pero el periodismo es así, esencialmente necio).
¿Quién contrató a un maquinista y a un despachador que no están capacitados? El responsable de la operación es la Secretaría de Marina, a través de un organismo público descentralizado llamado Corredor Interoceánico del Istmo de Tehuantepec (CIIT), hoy bajo el mando del vicealmirante Raymundo Pedro Morales Ángeles. Suponemos que el vicealmirante sí está capacitado para operar trenes y que todo su equipo también lo está (cuál puede ser la diferencia entre una fragata y un tren). Uno de ellos decidió poner la vida de los pasajeros en manos de personas no aptas para operar el tren. ¿No tienen ni tantita responsabilidad?, ¿cómo opera en estos casos la famosa cadena de mando?
¿Dónde está el proyecto ejecutivo? Podemos apostar doble contra sencillo a que no existe un proyecto ejecutivo del tren del Istmo, que se hizo, como todas las obras del obradorismo, sobre la marcha, tomando decisiones tramo por tramo, curva por curva, bajo la supervisión altruista del hijo del presidente, que por cierto tampoco era perito en la materia, es decir, tampoco tenía “licencia”. ¿No existe responsabilidad, aunque sea administrativa, de quienes tomaron las decisiones?
Dice la fiscal que las investigaciones continuarán, pero por lo pronto están muy felices con la verdad maquinada: dos chivos expiatorios que probablemente tengan algo que ver en lo ocurrido, pero que ni de lejos son los responsables de la tragedia.
Sí, como dicen, quieren saber qué fue lo que pasó para evitar accidentes futuros, mejor díganos la verdad y, si vamos a seguir haciendo trenes, no ahorremos en el diseño técnico y mucho menos pongamos su operación en manos de personas que no están capacitadas.
diego.petersen@informador.com.mx