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De “Hoppers” a “Scarlet”: Cambiando el mundo, juntos

El otro día hice “programa doble” de películas animadas. Por la mañana fui a ver “Hoppers: Operación Castor”, la más reciente película de Pixar. En la noche me lancé a la función de prensa de “Scarlet”, el nuevo opus del gran Mamoru Hosoda. Fue un día de buenas pelis. Cada cual con su estética, con su lenguaje, con su búsqueda, reflexionan sobre el bien común, sobre lo que compartimos, sobre lo que vale la pena proteger, sobre las luchas que son de todos. 

Sus protagonistas afrontan un reto particular: deben volar por encima de sus agendas personales, ya que el mundo requiere de ellas mucho más que satisfacer su deseo. ¿Cómo me ensancho para aportar, para contribuir a lo más grande? Las dos transitan así el turbio mar de sus objetivos individuales para emerger de cara a lo que realmente es necesario para lograr un mundo mejor.

“Hoppers” cuenta la historia de Mabel, una joven de 19 años marcada por un duelo y que siente un amor inconmensurable por los animales.

Activista consagrada, la chica iniciará una cruzada cuando el alcalde del pueblo decida que destruirá una reserva natural para construir una carretera. Para poder salvar al embalse y su fauna, Mabel transferirá su consciencia a un castor artificial para infiltrarse en el mundo de los animales e iniciar (por accidente) una revolución. En efecto, “Hoppers” es una suerte de aventura al estilo “Avatar” en clave de comedia familiar; Mabel, por su parte, es la Jake Sully de la lucha ambientalista.

Pixar ha facturado una película divertidísima y de gran calidad visual (eso ya es parte de su sello) que reflexiona sobre los activismos y sobre el destino aciago que sufren las luchas individuales (la batalla perdida de pelear solo), en contraposición con las luchas organizadas, los esfuerzos colectivos, la diferencia que podemos marcar cuando peleamos juntos. En el arranque, la lucha de Mabel por el medio ambiente es una lucha noble y justa, pero también egoísta.

Lo hace sola y bajo sus propios términos. De cierto modo, comparte ánimos con el villano de la historia, porque lo que quieren es para su propia satisfacción. Pero Mabel se da cuenta de que la auténtica diferencia no la marca el individuo, sino lo colectivo. El mundo cambiará cuando lo cambiemos juntos.

El relato explora también otros temas, como el progreso: entre más edificios construyamos, más carreteras pavimentemos y más estacionamientos despleguemos, más habremos avanzado como sociedad. ¿Y si la idea de “progreso” necesita ser repensada, reimaginada? ¿Y si el siguiente paso es “preservar” en vez de “destruir”? En ese sentido, “Hoppers” se suma al acervo de películas que tratan sobre la batalla entre el mundo natural y el mundo humano, una guerra que nuestra especie ha alimentado con efectos devastadores para nuestro planeta, nuestra calidad de vida, nuestro vínculo con el suelo que habitamos, nuestros ecosistemas, nuestra fauna y nuestra flora.

Por su lado, “Scarlet” es la historia de una princesa danesa consumida por una venganza. Tras atestiguar la sangrienta muerte de su padre por una traición de su tío (muy “tragedia shakesperiana” este asunto), la chica urde un plan de venganza, pero fracasa y muere. Al descubrirse atrapada en un lugar conocido como el “Mundo Acrónico”, donde coexisten todos los tiempos, seguirá intentando perpetrar su venganza de manera obsesiva.

“Scarlet” es una fantasía bangsiana (es decir, ambientada después de la muerte) que se nos presenta cincelada por el legado del anime japonés y la cosmovisión de un icono: Mamoru Hosoda. La pieza gira en torno a los venenos de la venganza. ¿La venganza es una neblina que convierte la búsqueda de la justicia en un espacio brumoso, en una silueta perdida en una densidad impenetrable? Al igual que Mabel, “Scarlet” busca revertir una injusticia evidente. Empero, la batalla de esta princesa no llegará a buen puerto sino hasta que descubra el misterioso significado de la última palabra de su padre.

En este largometraje que pasó por la Biennale di Venezia se recorren los vericuetos del perdón, del legado y (al igual que en Hoppers) de lo colectivo. El traidor de la historia no queda conforme con matar al rey; también intenta alcanzar la “vida eterna” y reclamarla sólo para él. En la cinta encontramos a un hombre poderoso tratando de apropiarse de algo (en este caso, lo “eterno”, la idea de eternidad, la idea de trascendencia) que nos pertenece a todos para que sea sólo de él. 

Desde la fantasía, Hosoda refleja uno de los principales males de nuestro tiempo: la privatización de lo público, el hurto en despoblado de las cosas que son propiedad de la humanidad para que pasen a ser de quien tiene poder, la descarnada voracidad de quien dice que todo es suyo, que el aire es suyo, que el agua es suya, que el amor es suyo y se ejerce sólo a su manera, aunque esas cosas están aquí para ser de todos.

Curiosamente, “Scarlet” es una cinta para adultos que resulta ingenua e idealista. Su final lo confirma. En la era en la que un cine cínico y cruel gana popularidad, Hosoda apuesta mejor por la inocencia y el candor. Su relato (al principio sangriento, descarnado, lleno de desgracia y muerte) empuja hacia un final utópico, prácticamente iluso, pero con un propósito claro: apostar por el amor y la bondad después del dolor y la tragedia. Su declaración es: un mejor futuro es posible, pero nunca se logrará si una persona intenta lograrlo sola. Tenemos que ser todos.

En fin, ahí quedan dos sólidas opciones de cine animado que ya están en cartelera y que, cada cual a su manera, nos nutren y entretienen.

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