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“Algo hay que hacer con México”; anuncios y acciones, amenazas y oportunidades

La mayor parte de las acciones anunciadas por Estados Unidos en materia geopolítica se han cumplido, total o parcialmente. Ello confirma que no estamos ante una secuencia de ocurrencias ni frente a fuegos retóricos para consumo interno, sino ante una estrategia deliberada, diseñada para ejecutarse con rigor por un gobierno decidido a alterar el orden internacional vigente. El punto de partida es claro: la recuperación explícita del ejercicio directo del poder económico y militar, por encima de unas instituciones multilaterales percibidas como erosionadas o insuficientes. Cuando el entorno se vuelve incierto, el Estado vuelve a ocupar el centro.

El marco que articula estos anuncios es la nueva Estrategia de Seguridad Nacional publicada por la Casa Blanca. No es un documento declarativo; es un instrumento operativo. Redefine el papel de Estados Unidos en el mundo y, con ello, el lugar de México en la región. Su lenguaje es contundente; sus implicaciones, profundas. Para bien o para mal, el texto coloca a México en el centro de una arquitectura de poder que se reordena con una velocidad inusual.

Estados Unidos identifica cuatro vectores críticos para su seguridad: contener la migración masiva; enfrentar a los cárteles mediante instrumentos que incluyen capacidades militares; reorganizar las cadenas de suministro para reducir la dependencia de China; y limitar la presencia tecnológica y económica de potencias extrahemisféricas. Ningún país está tan alineado —y tan expuesto— a estos ejes como México. La geografía, la integración productiva y la interdependencia social convierten a la relación bilateral en un asunto estructural, no coyuntural.

Las declaraciones del presidente Donald Trump sobre posibles acciones terrestres contra los cárteles deben leerse a la luz de estos cuatro vectores, considerados de manera conjunta. México es el espacio estratégico donde confluyen y donde, pese a la percepción pública, ya existe un avance significativo. La migración se ha contenido de forma notable mediante coordinación binacional. El despliegue de capacidades en ambos lados de la frontera ha tenido efectos que van más allá del control migratorio. La reorganización industrial para reducir la dependencia regional de China comenzó hace años y hoy se acelera, tanto por decisiones de política pública en Canadá, Estados Unidos y México, como por estrategias empresariales que asumen el fin de una era en el comercio internacional con Asia. Algo similar ocurre con la restricción de tecnologías sensibles de origen asiático. El cuarto vector —el combate a los cárteles— marca el punto de inflexión: el mensaje de Washington es inequívoco, la cooperación vigente no es suficiente.

Este giro estratégico no se limita a México. Lo ocurrido recientemente en Venezuela, con el endurecimiento simultáneo de la presión diplomática, financiera y judicial, confirma que Estados Unidos ha decidido elevar el costo de sostener regímenes considerados hostiles o funcionales a potencias extrahemisféricas. Las señales que comienzan a observarse en Cuba —revisión de sanciones, mayor escrutinio financiero y un endurecimiento del discurso— apuntan en la misma dirección. El objetivo es un hemisferio sometido a una lógica de seguridad más estricta, menos tolerante con zonas grises y con un margen reducido para equilibrios ambiguos.

En ese contexto, resulta evidente que la colaboración con México está en marcha. El desafío consiste en profundizarla para que sus resultados sean visibles y útiles tanto para la narrativa del gobierno estadounidense como para la nuestra. Los avances que conduzcan al desmantelamiento real de las organizaciones criminales serían positivos para Estados Unidos, pero sobre todo para México. El crimen organizado ha erosionado la capacidad institucional del Estado mexicano, particularmente a nivel subnacional. La cuestión central no es si el problema existe, sino si hay voluntad política y capacidad operativa suficientes para revertir una tendencia que ha debilitado territorios, instituciones y comunidades, y para controlar eficazmente un fenómeno cuyo consumo se ha convertido en un problema grave a ambos lados de la frontera.

Es poco probable que veamos acciones militares unilaterales de Estados Unidos en territorio mexicano. Lo que sí parece cada vez más plausible es una intensificación sustantiva del intercambio de inteligencia, de capacidades técnicas y de asesoramiento operativo en los meses por venir. Esa será, probablemente, la parte más visible de una relación renovada que, en paralelo, abre oportunidades relevantes si somos capaces de leer correctamente el momento histórico. Estados Unidos busca aliados bajo sus condiciones; México aspira a serlo bajo las propias. El reto es acordar esas condiciones en torno a los cuatro vectores —migración, economía, desacoplamiento industrial de China y narcotráfico—, reconociendo que hay avances en todos ellos y que el combate al crimen organizado es el más complejo, pero también el más urgente y manejable si existe una acción verdaderamente conjunta.

Quizá el planteamiento estratégico más útil sea adoptar una posición proactiva: poner sobre la mesa una agenda clara de coordinación en los cuatro frentes y llegar con propuestas para construir, más que con una lógica meramente defensiva. En un hemisferio donde la tolerancia a la ambigüedad se reduce —como lo muestran Venezuela y, cada vez más, Cuba—, la indefinición se convierte en un riesgo estratégico. La oportunidad existe y exige claridad y firmeza para redefinir las acciones conjuntas con decisión y generar resultados positivos para México.

luisernestosalomon@gmail.com

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