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Un año con el bicho

Hace un año, en Wuhan, China, comenzó a hablarse de un virus altamente letal por su capacidad y velocidad de trasmisión. Se identificó como el SARS-CoV-2 y se bautizó como COVID-19. No teníamos idea en aquellos momentos del tamaño del desastre que provocaría en todo el mundo. Veíamos a China batallar contra un coronavirus que creíamos que era producto de las condiciones insalubres de sus mercados. Nos pensábamos inmunes en Occidente, como si no tuviéramos ya muchas experiencias previas. En realidad, lo que teníamos era una ceguera por miedo.

En aquel momento no sabíamos ni teníamos manera de saber que el bicho haría estragos en todo el mundo, que nos esperaba el año más largo de la historia, una crisis de los sistemas de salud sin distingo de países y la peor caída de la economía mundial desde que se mide. Tampoco sabíamos que un virus aparentemente inofensivo sacaría a la luz las debilidades de los sistemas de bienestar, las mezquindades de los gobernantes egocéntricos, las actitudes xenófobas de los pueblos, los pies de barro de un sistema económico que quedó roto. 

El bicho redujo los abrazos y los besos a su mínima expresión, nos encerró en casa, nos hizo desconfiar del otro, sacó a pasear a nuestros miedos

Pero también es cierto que el virus no enseño un montón de cosas. Nos hizo vernos de frente con la falta de productividad de las empresas, acelerar procesos de teletrabajo y teleeducación que, aunque la tecnología estaba ahí al alcance de casi todos, nos negábamos a aceptar. El bicho nos mostró las debilidades de la globalización, pues primero facilitó la propagación de la enfermedad y luego cortó las cadenas de suministro, pero también nos acercó a lo local, nos hizo voltear a ver al barrio como comunidad primigenia y a los productores locales como los verdaderos aliados. Develó un mundo tan desigual en el que para muchos la opción de cuidarse en casa fue siempre una quimera.

La pandemia sacó lo mejor de muchos y lo peor de unos cuantos. Desnudó gobernantes y revolcó gobiernos. Cambió el rumbo de elecciones que parecían decididas. Creó semidioses a los que llevó al cielo para luego dejarlos hacer desde las alturas de la vanidad. Levantó la mano de héroes anónimos, médicos, enfermeras, camilleros, conductores de ambulancias, y se cebó en los canallas que quisieron hacer negocio o lucrar políticamente con la tragedia ajena. 

El bicho redujo los abrazos y los besos a su mínima expresión, nos encerró en casa, nos hizo desconfiar del otro, sacó a pasear a nuestros miedos. Desmontó el mito de la modernidad y la supremacía de la razón y la ciencia sobre el pensamiento mágico. Nos desnudó frente a nosotros mismos y nos hizo vernos tal como somos, aunque no nos guste.

Infeliz cumpleaños, bicho. Te deseamos corta vida.

diego.petersen@informador.com.mx

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