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Pandemia: dónde ponemos el miedo

El miedo es la reacción de los seres vivos ante la amenaza; es parte esencial del instinto de sobrevivencia. El papel del miedo es limitar el riesgo, evitar que hagamos más burradas de las habituales y no nos expongamos de más de lo recomendable. El valiente tiene algo de impudente, y el miedoso de sabio. Siempre pensamos que los miedos son cosas más o menos compartidas en una cultura, sin embargo, cuando se presenta la amenaza nos damos cuenta de que en realidad las formas de enfrentar el miedo son sumamente disímbolas incluso entre los más cercanos, que eso que creemos que es compartido no lo es tanto. Todos tenemos miedos culturales y otros específicos producto de nuestra propia historia.

En estos meses de confinamiento hemos visto de todo en materia de miedos, desde quien dice “no creer” en la epidemia y se siente moralmente superior porque él es un valiente que se da incluso el lujo de negar la realidad (insisto en que los valientes no suelen ser los más inteligentes en una sociedad), hasta los que de tanto limpiar con cloro lo que pisan, tocan o miran terminan intoxicados en un hospital. En medio estamos la mayoría, el común de los mortales que inconscientemente reflejamos nuestros miedos. Quien considera que el mal viene siempre del otro, ese otro amenazante, y evita que entren en contacto con su espacio vital y quien considera que el virus es una especie de castigo divino, venganza de la madre tierra o complot chino, en este caso literalmente.

Todo miedo tiene un componente irracional, pues es en gran medida resultado de una mala lectura de la realidad. 

Todo miedo tiene un componente irracional, pues es en gran medida resultado de una mala lectura de la realidad. Casi tres siglos de pensamiento científico nos deberían haber ayudado a poner el miedo donde realmente está el riesgo y a evitar el pensamiento mágico. Pero eso no es y nunca fue realmente así: llegamos a la postmodernidad sin habernos instalado cabalmente en la modernidad. Hoy se pone en duda el pensamiento científico con argumentos complotistas o lecturas alternativas, el miedo se desplaza hacia lo más irracional y lo depositamos ahí donde está nuestra ceguera. El problema es que el miedo al otro lo que genera son formas diversas de discriminación que en la pandemia se han agudizado.

Revisar nuestros miedos hará que entendamos más nuestra propia irracionalidad, pero sobre todo evitará que ofendamos o discriminemos por simple y llana ignorancia, en el mejor de los casos, o por profundos y terribles prejuicios, en el peor de ellos.

diego.petersen@informador.com.mx

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