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La fábula del campeón y el árbitro

La primera vez que el campeón llegó a una final iba ganando 3 a 1. Sintió que el triunfo estaba en la bolsa y comenzó a jugar con indolencia. Insultó al entrenador del equipo contrario, se burló del contrincante. El público que le había aplaudido sus grandes jugadas del primer tiempo perdió el ánimo. En los últimos minutos se dejó empatar y terminó perdiendo el partido en una jugada polémica. Mientras el campeón gritaba y alegaba la falta, el gol definitivo cayó y el árbitro lo dio por bueno. Estaba tan enojado que llamó a la porra a invadir la cancha, se autoproclamó ganador enfrente de sus seguidores, quienes trataron de impedir la premiación del contrario. Las medallas las entregaron en el vestidor y con dificultad recibieron la copa. No hubo festejos. La jugada del gol final se sigue discutiendo como una de las grandes injusticias del futbol.

En el siguiente campeonato volvió a llegar a la final. Esta vez el contrincante era más fuerte, venía enrachado. El campeón hizo un gran juego, pero no le alcanzó. Alegó el favoritismo del árbitro para con el equipo contrario, no sólo en la final, sino durante toda la temporada. Llevó el caso a las más altas autoridades y las convenció de que se requería mucho más que un par de jueces de línea, que había que vigilar todo el campo, todo el tiempo, rastrear minuto a minuto los chanchullos de los equipos que con trampas lo habían derrotado. Así nació el VAR.

La siguiente final era la suya. Bien preparado, concentrado y con un campeón defensor que se había caído a media temporada, el campeón volvió a llegar a la final. No la dejó ir; ganó por goliza. No hubo necesidad de recurrir al VAR, pues el marcador fue contundente. Festejó como los grandes: el equipo chico, el que tenía menos dinero, el más populachero de la liga había conquistado el campeonato. Viene una gran transformación en el futbol, dijo el campeón, se acabó la era de los llamados equipos grandes.

Arrancó bien, dando unos juegazos y achicopalando a los contrincantes cuyas estrellas se opacaron. La soberbia hizo que intentara lo que nadie había hecho, y los goles en contra comenzaron a caer...

Arrancó bien, dando unos juegazos y achicopalando a los contrincantes cuyas estrellas se opacaron. La soberbia hizo que intentara lo que nadie había hecho, y los goles en contra comenzaron a caer. A media temporada la diferencia con el segundo y tercer lugar se redujo. Comenzaron los problemas en el vestidor. El campeón no deja de arengar a los suyos, pero cada día le escuchan menos. Son los árbitros, tronó, en un esfuerzo por recuperar la autoestima. El VAR es muy caro y no sirve para nada. La comisión de arbitraje, la que designa a los árbitros, representa intereses oscuros de los dueños de los equipos; no son de fiar. El campeón se organiza a sí mismo un partido homenaje fuera de la liga para que la gente le aplauda, que la tribuna recuerde quién es el campeón. Los árbitros le dicen que prender el VAR y mandar un equipo de árbitros cuesta mucho. Careros, dice. Le recuerdan que fue él y nadie más quien propuso la existencia del VAR. Árbitros rateros, contesta.

Una gran idea lo ilumina. ¿Y si proponemos que los árbitros salgan de una cascarita entre el público? Total, tenemos la porra más grande. El campeón es un genio, corea la porra oficial.

diego.petersen@informador.com.mx

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