La educación, otra vez, a las campañas
Existe la idea de que quien controla el modelo educativo controla las conciencias. Yo tengo mis dudas, no de que la educación forme ideológicamente, sino del tamaño de esta influencia. Así como las madres no son culpables de todos nuestros traumas (sólo de los más importantes), la educación formal no es responsable de los malos ciudadanos de este país. Tampoco es cierto que con nuevos programas educativos cambiará la historia. Con todos los matices que se quiera, el control del contenido educativo es el campo de batalla ideológico por excelencia. Nada moviliza a las clases medias conservadoras como la injerencia del Estado en la educación y nada se valora tanto desde lo popular como la educación gratuita.
Tiene razón el Gobierno de López Obrador: el modelo educativo no puede ser único en un país tan diverso y menos aún diseñado desde un escritorio en la Ciudad de México como sucedió con la reforma educativa de Peña Nieto. El problema es que este Gobierno convirtió también la educación en una cruzada y la gran batalla ideológica de la autodenominada Cuarta Transformación está en los libros de texto. Es poco lo que se conoce de estos nuevos libros, salvo que, como muchas cosas en esta administración, la ineficiencia y el descontón son la marca de la casa: se hicieron en lo oscurito, sin discutirlos con la comunidad educativa y la producción va tarde y mal. Como es costumbre, de lo que se trata es que se discuta sobre hechos consumados y nadie meta mano, que todo pase “sin tocar ni una coma” (una frase, por cierto, que debería de pasar a los libros de texto como el ejemplo de la antidemocracia).
Uno de estos hechos consumados es que se cambia el modelo educativo. No sé, lo confieso, si para bien o para mal, pues no soy experto en educación ni conozco el nuevo modelo. Lo que tengo claro es que algo anda mal cuando se habla de un nuevo modelo de horizontalidad y quiere imponerse desde arriba. Porque, aunque los funcionarios de la Secretaría de Educación se sientan los representantes y salvadores del pueblo, ellos son autoridad.
Justo porque la gran batalla ideológica se libra en la educación, actitudes de oscurantismo y gandallismo como las de los funcionarios de la SEP provocan la exacerbación de los ánimos. La discusión no debe estar en cuántas horas le deben dedicar los niños a las matemáticas ni en si el conocimiento de las culturas ancestrales es más o menos válido que el método científico, sino en cuáles son las competencias que las mujeres y hombres necesitan para vivir mejor, en un país mejor en los años cincuenta, pero del siglo XXI.
Otra vez, como en el siglo pasado, durante las campañas vamos a discutir, inútil y agriamente, el contenido de los libros de texto y no el modelo de educación que necesitamos.
diego.petersen@informador.com.mx