- El próximo Tadeo
Con Código Rojo propiamente dicho o sin él, los (si no sufridos, sí, al menos, resignados) habitantes de estas “tierras de Dios y de María Santísima”, como acostumbraban decir nuestros ancestros, han aprendido a dormir con un ojo abierto… Saben que el Diablo anda suelto. Saben que lo que le pasó a Tadeo, el niño de ocho meses que murió calcinado a raíz de que el fallido atentado de hace una semana contra el ex fiscal Luis Carlos Nájera derivó en el incendio de un autobús urbano pletórico de potenciales víctimas inocentes, puede pasarle a cualquiera. Que cualquiera de nosotros puede ser el próximo Tadeo.
-II-
La realidad actual de México encaja bastante bien en el diagnóstico del Centro Católico Multimedial (CCM) difundido este fin de semana, del que esta sería una síntesis:
* 90 candidatos a puestos de elección popular para las próximas elecciones han sido asesinados, y otros tantos han abandonado la contienda bajo amenazas o por miedo legítimo.
* “El poder y la fuerza del Estado parecen empequeñecidos (…) ante las venganzas de los cárteles”.
* “En importantes núcleos de la sociedad y en grandes poblaciones, el crimen organizado actúa en plena impunidad”.
* En Tamaulipas y Guerrero, “empresas que daban empleo a miles de personas han tenido que cerrar por no tener garantizada la seguridad”.
* “Campesinos no tienen mejores posibilidades de vida que el cultivo de drogas”. Etc.
-III-
Más allá del inventario -necesariamente incompleto pero ciertamente verídico- de calamidades, hay dos elementos a considerar: por qué hemos llegado hasta ese punto, y qué fundadas esperanzas pueden alimentarse de que el organismo social recupere la salud, y de que esta pesadilla -que ya dura demasiado- finalice…
En el primero, la tibieza de las autoridades, pero principalmente la colusión de miembros de las mismas con organizaciones criminales, han sido los principales elementos facilitadores del auge -creciente, según todas las evidencias- de las actividades delincuenciales que al parecer han hecho metástasis en la sociedad.
En el segundo, la proximidad de las elecciones aportaría la ilusión de que vienen tiempos mejores. Ahí cabría tanto el buen deseo de algún candidato, de que la pacificación del país podría conseguirse al cabo de seis años de brega metódica y cotidiana, como la promesa de alguno más, de que su sola virtud, por contagio, hará el milagro de extirpar y sanear todo lo corrupto que hay en este país.
La historia, por desgracia, se empecina en restregarnos en el rostro la experiencia de que, salvo contadas y honrosas excepciones, las elecciones están sobrevaloradas… porque, como sentenció algún pesimista, al fin del cuento “sólo sirven para cambiar el nombre de los tiranos”.