Capitán Garfio: el encanto del villano
Carlos Hernández transforma cuerpo y técnica para dar vida al icónico antagonista en una ambiciosa versión de “Peter Pan” que reinventa el ballet en Guadalajara
En el escenario, el antagonista no siempre se construye desde la oscuridad o la amenaza, sino desde la presencia escénica y la capacidad de transformar el cuerpo en un lenguaje narrativo. Para el bailarín tapatío Carlos Hernández, asumir el papel del Capitán Garfio en la nueva producción de “Peter Pan” representa una experiencia que lo ha obligado a replantear su relación con el movimiento, con el personaje y con la propia idea de interpretación dentro del ballet contemporáneo.
La puesta en escena, estrenada el pasado 10 de abril en el Teatro Degollado, continúa hoy (13:00 y 18:00 horas) y los días 17 (20:00 horas), 18 y 19 de abril (13:00 y 18:00 horas).
Presentada por primera vez en Guadalajara, la versión del coreógrafo Septime Webre, en sinergia con el Ballet de Jalisco, integra elementos visuales y narrativos de las raíces culturales de México.
Tradicionalmente ambientada en Londres, la historia se traslada aquí a un universo que dialoga con la península de Yucatán y el Caribe, donde la arquitectura colonial, la flora y fauna regional, y la iconografía pirata se fusionan con el lenguaje del ballet.
Para el Ballet de Jalisco, el montaje representa uno de los proyectos más ambiciosos de los últimos años, no solo por su escala escénica, sino por la complejidad técnica que implica su realización. Más de 85 artistas participan en escena, acompañados por una infraestructura escenográfica que incluye sistemas de vuelo, multimedia, videomapping y un diseño de vestuario que transforma la estética tradicional del relato en una experiencia visual contemporánea. En paralelo, la producción incorpora a decenas de niñas, niños y jóvenes provenientes de escuelas de danza de distintas ciudades del país, en un esquema que busca fortalecer la formación artística.
Dentro de ese contexto, la construcción del personaje de Capitán Garfio se ha convertido en uno de los ejes interpretativos del montaje. En entrevista con EL INFORMADOR, Hernández explicó que el proceso comenzó con una transformación física inmediata: abandonar el uso habitual de las zapatillas y adaptarse a un calzado distinto, más pesado y rígido, que modifica el equilibrio y la postura corporal. A ello se sumó el uso permanente del garfio y de un vestuario voluminoso que condiciona cada desplazamiento sobre el escenario.
“Personalmente me toca interpretar a Capitán Garfio, que es un personaje de carácter, el antagónico. A mí me tocó dejar las zapatillas y todo el tiempo traigo unos zapatos de carácter, unos taconcitos, lo cual personalmente me sacó de una zona de confort, porque me acostumbré a interpretar ciertos personajes y ahora me tocó estar del otro lado, como protagonista”, explicó.
La adaptación corporal ha sido un proceso progresivo. Durante semanas de ensayo, el bailarín tuvo que modificar hábitos técnicos profundamente arraigados, aprender a sostener la estabilidad con un nuevo tipo de calzado y desarrollar una coordinación distinta para manipular el garfio como parte del lenguaje escénico. La lateralidad, por ejemplo, se convirtió en un desafío técnico inesperado, al tener que ejecutar movimientos con la mano izquierda en escenas de combate.
“He tenido que imprimirle un toque personal a un personaje que es sumamente complejo, porque al final damos esa diferencia en cuanto al movimiento: cómo se mueve Peter y cómo se mueve el Capitán Garfio. Además, traigo un elemento humano que es el garfio, lo que también hace que sea más complejo. Yo tengo un mes ensayando con un guante, con el garfio y con los taconcitos todo el día en el ballet”.
La escena de la batalla, uno de los momentos centrales del espectáculo, resume esa exigencia técnica. El uso de espada, la coordinación con los demás intérpretes y la interacción con la escenografía requieren una precisión coreográfica que combina destreza física con conciencia espacial. En esa secuencia, explicó Hernández, el cambio de mano dominante obligó a replantear la mecánica del movimiento y a desarrollar nuevas estrategias corporales para mantener la fluidez escénica.
Darle vida a uno de los antagonistas más icónicos
El proceso creativo también ha implicado un trabajo detallado de caracterización. El personaje de Garfio no se define únicamente por su antagonismo, sino por una presencia escénica que combina elegancia, teatralidad y una dosis de humor. El vestuario, compuesto por armaduras, peluca, bigote y barba, modifica la percepción del propio cuerpo y obliga al intérprete a ajustar la gestualidad para que las expresiones sean visibles desde la distancia. “En mi caso, además de aprender la coreografía, tuve que ensayar con varias armaduras, la peluca, el bigote y la barba; son cosas externas a mí que obviamente hacen que cambie la forma de moverte en escena y también la manera en que tienes que actuar para que el público entienda esa historia”, dice.
La dimensión técnica del montaje se extiende más allá de la interpretación individual. La producción incorpora un sistema de vuelo escénico que permite a los personajes desplazarse por el aire mediante arneses y mecanismos de suspensión, un recurso que añade dinamismo visual y complejidad logística al espectáculo. Aunque no todos los roles participan directamente en estas secuencias, el entrenamiento incluyó sesiones especializadas para familiarizar a la compañía con el funcionamiento de los equipos.
“Estuvimos en la Ciudad de México en estos últimos días para enseñarles; el martes pasado tuvimos una clase de vuelo en la que les explicaron el tema de los arneses, las posibilidades y cómo tienen que ver las cosas en el ballet”.
La coreografía de Webre introduce un estilo de movimiento que se aparta de las convenciones tradicionales del ballet clásico. La propuesta fusiona distintos lenguajes corporales -desde el slapstick hasta el hip hop y el tango- en una estructura narrativa que enfatiza la teatralidad y la interacción entre personajes. Para los bailarines del Ballet de Jalisco, acostumbrados a repertorios más tradicionales, esta combinación estilística ha representado un terreno de exploración artística. El trazo coreográfico, explicó Hernández, exige precisión y disciplina, pero al mismo tiempo ofrece espacios de interpretación personal que permiten construir la identidad del personaje y enriquecer la narrativa escénica.
“El trazo coreográfico es muy específico, pero también tienes muchas áreas en las que puedes ejercer libertad creativa: cómo entras en el personaje, qué matices quieres hacer para contar la historia, cómo interactúas con tus compañeros”.
La producción se desarrolló a partir de una colaboración entre el Ballet de Jalisco y una fundación especializada en proyectos escénicos de gran formato, un modelo de coproducción que permitió integrar recursos técnicos y artísticos de distintas instituciones. El proceso comenzó el año anterior con la planificación presupuestal y la selección de la música, seguida por la asignación de roles y la preparación de la escenografía, en una dinámica que implicó la coordinación de múltiples equipos de trabajo.
Desde la perspectiva del intérprete, el desafío no se limita al dominio técnico, sino a la capacidad de adaptarse a un entorno escénico en constante transformación. La escenografía móvil, los cambios de iluminación y la presencia simultánea de numerosos intérpretes exigen una atención permanente al espacio y a los tiempos escénicos. “Yo diría que esta es la más demandante a nivel producción, logística y estilo de movimiento”, aseguró.
La magnitud del montaje se refleja también en la dimensión del elenco. Más de ochenta artistas participan en la obra, incluidos los integrantes de la compañía estable del Ballet de Jalisco y bailarines invitados de otras agrupaciones. A ellos se suman decenas de niñas, niños y jóvenes que fueron seleccionados mediante audiciones y que forman parte del conjunto escénico. La participación de intérpretes jóvenes introduce un componente pedagógico al proyecto. La convivencia entre profesionales y estudiantes permite transmitir conocimientos técnicos y fortalecer la disciplina artística, al tiempo que amplía el alcance social del espectáculo.
En términos de infraestructura, la producción representa una de las apuestas escénicas más ambiciosas del Ballet de Jalisco. El uso de videomapping, la incorporación de efectos visuales y la complejidad del vestuario convierten la función en una experiencia sensorial que combina narrativa, música y tecnología.
De Guadalajara al Auditorio Nacional
Tras su temporada en Guadalajara, la compañía iniciará una gira nacional que marcará un momento significativo en su historia institucional. Por primera vez desde su creación, el Ballet de Jalisco se presentará en el Auditorio Nacional, un recinto que representa uno de los escenarios más importantes del país. Posteriormente, el montaje llegará al Centro Cultural Tijuana, donde concluirá la temporada. La experiencia de participar en este proyecto ha permitido a Hernández explorar nuevas posibilidades interpretativas y redescubrir la dimensión lúdica del trabajo escénico. La transición de roles tradicionales a personajes de carácter ha ampliado su registro expresivo y ha reforzado su comprensión del cuerpo como herramienta narrativa.
“Ahora ya no uso zapatillas; tengo que convertirme en un pirata encantador, pero también con maldad, de una forma más caricaturesca. Ahí me he descubierto con otras capacidades que tengo”.
El estreno de “Peter Pan” en el Teatro Degollado marca así un momento de renovación para el Ballet de Jalisco, que busca ampliar su repertorio y fortalecer su presencia en el circuito nacional. La combinación de tradición coreográfica, innovación tecnológica y participación comunitaria configura un espectáculo que aspira a dialogar con públicos diversos, desde espectadores habituales de la danza hasta familias que se acercan por primera vez al teatro.
Para el intérprete del Capitán Garfio, el escenario sigue siendo un espacio de transformación constante, donde cada función implica un ejercicio de reinvención artística y de compromiso con la narrativa escénica.
“Cuando te subes al escenario te transformas en un personaje y al final eres parte de un conjunto que está contando una historia”, dice. “Justo al principio, cuando conocimos los elementos de la obra, vino una parte de incomodidad, de decir: tengo que afrontar el reto y salirme de esa zona de confort. Pero mientras fui trabajando el personaje y cuando terminé la coreografía, hubo un crecimiento como artista que agradezco mucho, también porque se me permitieron esas oportunidades”.
“Cuando me dieron la noticia yo dije: va a ser difícil, pero no sabía qué tan difícil iba a ser. Entonces, aquí hay un crecimiento muy grande como artista, que agradezco mucho”, finalizó.