Suplementos
Seducir al independiente
Miguel Ángel Osorio Chong, Andrés Manuel López Obrador, Margarita Zavala, Miguel Ángel Mancera, Jaime Rodríguez, todos son presidenciables, ¿quién logrará los mayores apoyos en un entorno de fragmentación y pérdida de credibilidad de la clase política?
GUADALAJARA, JALISCO (13/MAR/2016]).- Quien dice qué se discute y en dónde, tiene amplias posibilidades de ganar una contienda electoral. Quien logre colocar los términos del enfrentamiento político, en consonancia con sus intereses, partirá con amplia ventaja para ser Presidente de la República en 2018. Las elecciones, en particular las presidenciales, siempre son plebiscitos, referéndums; a pesar del aparente tripartidismo mexicano. En el año 2000, el debate giró sobre la alternancia, elegir democracia o autoritarismo. En ese terreno, Vicente Fox fue más eficaz que Cuauhtémoc Cárdenas. El guanajuatense simbolizó el cambio, la apertura del régimen y derrotó al PRI.
En 2006, la única elección realmente ideológica del México moderno, Felipe Calderón derrotó por 0.56% a un Andrés Manuel López Obrador que partía con una ventaja considerable en las primeras semanas de campaña. El ex presidente trazó el debate sobre la base del enfrentamiento entre la izquierda y la derecha, entre el caos que significaba su oponente o la estabilidad que él representaba. Calderón derrotó a López Obrador no por su oferta de ser el “presidente del empleo” y menos por su “destacado” papel como Secretario de Energía, sino por el miedo que suscita el “Peje” entre las clases medias y en amplios cinturones geográficos del país, empezando por el Occidente, El Bajío y el Norte de la República.
La última elección presidencial, la de 2012, se debatió entre dos tipos de cambio: “el cambio verdadero” que defendía López Obrador y un “cambio estable”, como definió su proyecto en aquellos días el actual Presidente de la República. López Obrador no logró derrotar el temor de las clases medias nacionales, tampoco logró atraer al voto decepcionado del panismo, y por ello se quedó a más de cinco puntos de Enrique Peña Nieto. Las elecciones presidenciales nunca se juegan a tres bandas. Las elecciones presidenciales, desde el 2000, siguen una lógica similar: una primera vuelta en la que uno de los contendientes se cae de la competencia-Cárdenas en el 2000; Madrazo en 2006; Vázquez Mota en 2012- y una segunda vuelta, en las últimas cinco semanas de campaña, que definen al Presidente de la República.
A pesar de la fragmentación que muchos analistas prevén, la naturaleza del sistema político mexicano, el dominio de los distritos uninominales y las elecciones concurrentes, parecen indicar que 2018 no será la excepción. Es cierto, los partidos políticos están más débiles que nunca y la aparición de los candidatos independientes supone mayor fragmentación del electorado. No sólo habrá cuarto partidos nacionales, PRI, PAN, PRD y Morena, que aspiran a superar los dos dígitos —un fenómeno nunca antes visto en el país—, sino que también hay una lista interminable de aspirantes independientes que levantan la mano. De entrada, un escenario así podría tener como consecuencias que el Presidente de la República fuera electo con el apoyo de 26 a 28% del electorado. Y al no haber segunda vuelta constitucional, el próximo inquilino de Los Pinos podría gobernar sobre una base de legitimidad muy reducida.
Sin embargo, no hay ningún indicador que nos garantice que dicha fragmentación se mantendrá el día de la jornada electoral. Por el contrario, lo que nos demuestra la historia electoral de este país, desde que hay elecciones plenamente democráticas (1997), es que los electores se agrupan en torno a dos polos. Esos dos ejes sobre los que se reparten los electores, quedan definidos de acuerdo a la dicotomía dialéctica de los comicios. Lo interesantes es que 2018 abre un abanico de posibilidades en esta materia: ¿Cuáles serán los temas clave de la elección? ¿Qué premiarán y qué castigarán los electores? ¿Qué relevancia tendrán los candidatos independientes a la Presidencia?
En primer lugar, el escenario de 2018 es diferente a los anteriores por un factor de innegable relevancia: el voto independiente se ha multiplicado en México desde 2012. De acuerdo a la encuestadora Parametría, el “voto duro” de los partidos pasó de ser el 65% en julio de 2012, a ser solamente el 38% en mayo de 2015. Y, el votante independiente, aquel que no vota siempre por el mismo partido, y no se identifica con alguna formación política, creció 15% en tres años y, hoy en día, representa a 47% de los mexicanos. En el mismo sentido, de acuerdo al estudio sobre “comportamiento electoral en 2012”, elaborado por el ITAM y el Centro de Estudios Sobre Opinión Pública, en el proceso electoral de 2012, 47% de los mexicanos se identificaban con un partido político, porcentaje que ha caído sostenidamente desde julio de 2012.
La conclusión: en México el voto independiente ahora sí define elecciones, incluso con mayor relevancia que la estructuras de los partidos políticos. Este elector independiente tiene algunas características que lo diferencian del partidista: se abstiene en casi siete puntos más; es urbano y con ingresos económicos más altos que el partidista; no tiene una determinada base ideológica, con escolaridad más alta que el promedio, y tampoco tiene tendencia de género. Puede ser de izquierda o de derecha, liberal o conservador, las encuestas no arrojan un perfil preciso. Lo que sí podemos sostener es que el votante independiente tiene un sesgo hacia el anti-priismo; es decir, suele apostar por opciones políticas diferentes al PRI.
El hecho de que el elector independiente pese 27 puntos más ahora que en 2012, y hasta 34 más que en la elección de 2006, mueve los ejes del debate hacia otros puertos. Asimismo, entre este segmento hegemónico, pesa mucho el candidato, siendo la abstención siempre una salida para los independientes. Esta realidad explica porque dos de los presidenciables coquetean entre la nominación de un partido político o la vía independiente. Miguel Ángel Mancera —que de acuerdo a las encuestas de El Financiero y El Universal concentra entre el 6 y 11% de las preferencias electorales- y Margarita Zavala— que encabeza las preferencias con 24% en el estudio de Buendía y Laredo- buscan seducir al independiente poniendo a la marca partidista en segunda posición y abriendo una ventana hacia una candidatura independiente. En este escenario, Miguel Ángel Osorio Chong, el aspirante más adelantado a suceder en el PRI a Peña Nieto, es el más débil, ya que prácticamente todos sus apoyos provienen del voto duro del PRI, colocándose en una tercera posición entre independientes a ocho puntos del tabasqueño y a seis puntos de la ex primera dama. López Obrador y Zavala son los mejores colocados en este careo por los votantes independientes. Incluso, mejor posicionados que Jaime Rodríguez El “Bronco”.
La pugna por el independiente también significa la irrelevancia, al menos coyuntural, de los clivajes tradicionales: PRI/antiPRI; liberales/conservadores; derecha/izquierda. No digo que estos ejes no vayan a jugar algún papel en 2018, sino que quedarán ensombrecidos ante otros que serán de mucha mayor importancia. Por ejemplo, independencia vs. Partidocracia. Los votantes independientes, al no definir su identidad política en relación a un partido, tienen mayor posibilidad de premiar electoralmente al candidato que abandere la agenda de desmantelamiento de los privilegios que gozan los principales actores de nuestro sistema político. Ya no se trata de identificar al partido que mejor represente la oposición al PRI, como sucedió en el 2000 y en el 2012, ahora parece que la disputa se plantea desde la oposición al sistema de partidos en su conjunto. La disputa de 2018 es también la disputa por el relato que mejor explique el momento tan delicado que vive el país y la corrupción endémica de su élite partidista. Quién será capaz de decirnos por qué la democracia ha fallado en mejorar las condiciones de vida de los mexicanos; por qué nuestro sistema económico se encuentra secuestrado por unos pocos, y arroja a la pobreza a 114 personas por hora desde 2012; por qué se percibe tanta corrupción e impunidad de la clase política. Corrupción, secuestro institucional, partidocracia e impunidad parecen ser los conceptos que vertebrarán 2018.
En este sentido, una serie de dilemas políticos podrían tejer las posibilidades de unos y otros en la elección presidencial de 2018. El primero, sin duda, es saber qué tan unidos o fragmentados llegarán los candidatos independientes a los comicios. Jorge Castañeda ha sido uno de los artífices para encontrar los consensos entre independientes y construir una candidatura de confluencia. Sin embargo, tampoco parece sencillo poner de acuerdo a Gerardo Fernández Noroña, a Pedro Ferriz de Con y al “Bronco” en una candidatura única; prácticamente no comparten nada. Otro factor de peso será saber si la izquierda jugará junta en 2018, lo que al día de hoy parece improbable. Y, en tercer lugar, conocer cuál será el desgaste del Gobierno de Peña Nieto, con qué tasa de aprobación llegará a la elección y si será un activo o un pasivo para el candidato del PRI. Lo que parece indebatible es que Peña Nieto no podrá definir el tema de la conversación en 2018. Ni las reformas, ni su proyecto, marcarán el debate en la contienda presidencial.
El relato de la elección, los bandos en los que se agrupa la contienda, es fundamental para saber quién tiene y quién no tiene posibilidades de ser Presidente de la República. Excluyendo a Osorio Chong de esta ecuación, el resto buscará situarse como externos a un sistema político que huele a corrupción. El éxito de los independientes es ése: colocarse como candidatos, que al estar fuera del sistema, tienen mejores posibilidades de cambiarlo. Para seducir al independiente, la pugna electoral se situará precisamente en el terreno del combate a los privilegios, la afrenta a la colusión de los partidos políticos en nuestro sistema político y el hartazgo de los ciudadanos por los altísimos niveles de impunidad. La elección de 2018 será un referéndum en donde ya no está en juego sólo una elección, sino la vigencia misma del sistema político que nos heredó la transición a la democracia.
En 2006, la única elección realmente ideológica del México moderno, Felipe Calderón derrotó por 0.56% a un Andrés Manuel López Obrador que partía con una ventaja considerable en las primeras semanas de campaña. El ex presidente trazó el debate sobre la base del enfrentamiento entre la izquierda y la derecha, entre el caos que significaba su oponente o la estabilidad que él representaba. Calderón derrotó a López Obrador no por su oferta de ser el “presidente del empleo” y menos por su “destacado” papel como Secretario de Energía, sino por el miedo que suscita el “Peje” entre las clases medias y en amplios cinturones geográficos del país, empezando por el Occidente, El Bajío y el Norte de la República.
La última elección presidencial, la de 2012, se debatió entre dos tipos de cambio: “el cambio verdadero” que defendía López Obrador y un “cambio estable”, como definió su proyecto en aquellos días el actual Presidente de la República. López Obrador no logró derrotar el temor de las clases medias nacionales, tampoco logró atraer al voto decepcionado del panismo, y por ello se quedó a más de cinco puntos de Enrique Peña Nieto. Las elecciones presidenciales nunca se juegan a tres bandas. Las elecciones presidenciales, desde el 2000, siguen una lógica similar: una primera vuelta en la que uno de los contendientes se cae de la competencia-Cárdenas en el 2000; Madrazo en 2006; Vázquez Mota en 2012- y una segunda vuelta, en las últimas cinco semanas de campaña, que definen al Presidente de la República.
A pesar de la fragmentación que muchos analistas prevén, la naturaleza del sistema político mexicano, el dominio de los distritos uninominales y las elecciones concurrentes, parecen indicar que 2018 no será la excepción. Es cierto, los partidos políticos están más débiles que nunca y la aparición de los candidatos independientes supone mayor fragmentación del electorado. No sólo habrá cuarto partidos nacionales, PRI, PAN, PRD y Morena, que aspiran a superar los dos dígitos —un fenómeno nunca antes visto en el país—, sino que también hay una lista interminable de aspirantes independientes que levantan la mano. De entrada, un escenario así podría tener como consecuencias que el Presidente de la República fuera electo con el apoyo de 26 a 28% del electorado. Y al no haber segunda vuelta constitucional, el próximo inquilino de Los Pinos podría gobernar sobre una base de legitimidad muy reducida.
Sin embargo, no hay ningún indicador que nos garantice que dicha fragmentación se mantendrá el día de la jornada electoral. Por el contrario, lo que nos demuestra la historia electoral de este país, desde que hay elecciones plenamente democráticas (1997), es que los electores se agrupan en torno a dos polos. Esos dos ejes sobre los que se reparten los electores, quedan definidos de acuerdo a la dicotomía dialéctica de los comicios. Lo interesantes es que 2018 abre un abanico de posibilidades en esta materia: ¿Cuáles serán los temas clave de la elección? ¿Qué premiarán y qué castigarán los electores? ¿Qué relevancia tendrán los candidatos independientes a la Presidencia?
En primer lugar, el escenario de 2018 es diferente a los anteriores por un factor de innegable relevancia: el voto independiente se ha multiplicado en México desde 2012. De acuerdo a la encuestadora Parametría, el “voto duro” de los partidos pasó de ser el 65% en julio de 2012, a ser solamente el 38% en mayo de 2015. Y, el votante independiente, aquel que no vota siempre por el mismo partido, y no se identifica con alguna formación política, creció 15% en tres años y, hoy en día, representa a 47% de los mexicanos. En el mismo sentido, de acuerdo al estudio sobre “comportamiento electoral en 2012”, elaborado por el ITAM y el Centro de Estudios Sobre Opinión Pública, en el proceso electoral de 2012, 47% de los mexicanos se identificaban con un partido político, porcentaje que ha caído sostenidamente desde julio de 2012.
La conclusión: en México el voto independiente ahora sí define elecciones, incluso con mayor relevancia que la estructuras de los partidos políticos. Este elector independiente tiene algunas características que lo diferencian del partidista: se abstiene en casi siete puntos más; es urbano y con ingresos económicos más altos que el partidista; no tiene una determinada base ideológica, con escolaridad más alta que el promedio, y tampoco tiene tendencia de género. Puede ser de izquierda o de derecha, liberal o conservador, las encuestas no arrojan un perfil preciso. Lo que sí podemos sostener es que el votante independiente tiene un sesgo hacia el anti-priismo; es decir, suele apostar por opciones políticas diferentes al PRI.
El hecho de que el elector independiente pese 27 puntos más ahora que en 2012, y hasta 34 más que en la elección de 2006, mueve los ejes del debate hacia otros puertos. Asimismo, entre este segmento hegemónico, pesa mucho el candidato, siendo la abstención siempre una salida para los independientes. Esta realidad explica porque dos de los presidenciables coquetean entre la nominación de un partido político o la vía independiente. Miguel Ángel Mancera —que de acuerdo a las encuestas de El Financiero y El Universal concentra entre el 6 y 11% de las preferencias electorales- y Margarita Zavala— que encabeza las preferencias con 24% en el estudio de Buendía y Laredo- buscan seducir al independiente poniendo a la marca partidista en segunda posición y abriendo una ventana hacia una candidatura independiente. En este escenario, Miguel Ángel Osorio Chong, el aspirante más adelantado a suceder en el PRI a Peña Nieto, es el más débil, ya que prácticamente todos sus apoyos provienen del voto duro del PRI, colocándose en una tercera posición entre independientes a ocho puntos del tabasqueño y a seis puntos de la ex primera dama. López Obrador y Zavala son los mejores colocados en este careo por los votantes independientes. Incluso, mejor posicionados que Jaime Rodríguez El “Bronco”.
La pugna por el independiente también significa la irrelevancia, al menos coyuntural, de los clivajes tradicionales: PRI/antiPRI; liberales/conservadores; derecha/izquierda. No digo que estos ejes no vayan a jugar algún papel en 2018, sino que quedarán ensombrecidos ante otros que serán de mucha mayor importancia. Por ejemplo, independencia vs. Partidocracia. Los votantes independientes, al no definir su identidad política en relación a un partido, tienen mayor posibilidad de premiar electoralmente al candidato que abandere la agenda de desmantelamiento de los privilegios que gozan los principales actores de nuestro sistema político. Ya no se trata de identificar al partido que mejor represente la oposición al PRI, como sucedió en el 2000 y en el 2012, ahora parece que la disputa se plantea desde la oposición al sistema de partidos en su conjunto. La disputa de 2018 es también la disputa por el relato que mejor explique el momento tan delicado que vive el país y la corrupción endémica de su élite partidista. Quién será capaz de decirnos por qué la democracia ha fallado en mejorar las condiciones de vida de los mexicanos; por qué nuestro sistema económico se encuentra secuestrado por unos pocos, y arroja a la pobreza a 114 personas por hora desde 2012; por qué se percibe tanta corrupción e impunidad de la clase política. Corrupción, secuestro institucional, partidocracia e impunidad parecen ser los conceptos que vertebrarán 2018.
En este sentido, una serie de dilemas políticos podrían tejer las posibilidades de unos y otros en la elección presidencial de 2018. El primero, sin duda, es saber qué tan unidos o fragmentados llegarán los candidatos independientes a los comicios. Jorge Castañeda ha sido uno de los artífices para encontrar los consensos entre independientes y construir una candidatura de confluencia. Sin embargo, tampoco parece sencillo poner de acuerdo a Gerardo Fernández Noroña, a Pedro Ferriz de Con y al “Bronco” en una candidatura única; prácticamente no comparten nada. Otro factor de peso será saber si la izquierda jugará junta en 2018, lo que al día de hoy parece improbable. Y, en tercer lugar, conocer cuál será el desgaste del Gobierno de Peña Nieto, con qué tasa de aprobación llegará a la elección y si será un activo o un pasivo para el candidato del PRI. Lo que parece indebatible es que Peña Nieto no podrá definir el tema de la conversación en 2018. Ni las reformas, ni su proyecto, marcarán el debate en la contienda presidencial.
El relato de la elección, los bandos en los que se agrupa la contienda, es fundamental para saber quién tiene y quién no tiene posibilidades de ser Presidente de la República. Excluyendo a Osorio Chong de esta ecuación, el resto buscará situarse como externos a un sistema político que huele a corrupción. El éxito de los independientes es ése: colocarse como candidatos, que al estar fuera del sistema, tienen mejores posibilidades de cambiarlo. Para seducir al independiente, la pugna electoral se situará precisamente en el terreno del combate a los privilegios, la afrenta a la colusión de los partidos políticos en nuestro sistema político y el hartazgo de los ciudadanos por los altísimos niveles de impunidad. La elección de 2018 será un referéndum en donde ya no está en juego sólo una elección, sino la vigencia misma del sistema político que nos heredó la transición a la democracia.