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Salón de Octubre 2010: satisfacciones y decepciones

Artes plásticas

GUADALAJARA, JALISCO (30/OCT/2010).- El fallo salomónico de los jueces de un certamen, es siempre un limpio tajo dado con una espada de dos lados; uno, muy fino y afilado, que separa a los felices ganadores; y el otro, áspero y mellado, que dolorosamente desgarra el ánimo de todos aquellos que, ingenuos o ilusionados, entraron al concurso con la firme convicción de tener los merecimientos suficientes para llevarse el triunfo, la fama, la gloria o la bolsa de dinero en disputa.

Mas esto funciona y ha funcionado así durante toda la vida. Alegría para unos pocos e irritación para la mayoría; justicia y equidad, para ninguno, puesto que quienes dictaminan y dan el veredicto son individuos que, sobre todo, tratándose de juzgar algo tan impalpable e inmensurable como el valor artístico de una obra, lo hacen necesariamente bajo los prejuicios de su gusto personal, nivel de apreciación, conocimientos; en una palabra, de una subjetividad absoluta, tal como se hace en todas las competencias semejantes y se ha hecho en todos los Salones de Octubre que aquí se han celebrado, en algunos de los cuales yo he fungido como falible juez, y por eso puedo hablar con los pelos de la burra parda en la mano.

En ésta, la XXV edición, se pretendió dar la apariencia de una mayor objetividad y equidad  invitando a un árbitro de la capital de la República (fomentando el bendito centralismo), por estar dizque mejor calificado y menos contaminado visualmente con la pintura local; mas yo creo que no era necesario, ni se requiere importar jueces de Nueva York, París o Madrid para enjuiciar un concurso como el nuestro, que no es una bienal internacional, sino una modesta justa doméstica, cuyos participantes, abundantes en cantidad (lo cual es síntoma del entusiasmo con que aquí se asume el oficio de pintar), no ofrecen mayores retos ni riesgos y por tanto no se requiere ser un sabio Salomón para ver que en su mayoría quienes concursan, generalmente están sólidamente afincados en premisas estéticas decimonónicas, poniendo énfasis en la destreza dibujística y en un academismo realista respaldado casi siempre por un buena técnica, aunque esto lo maticen con ciertos toques modernistas de hiperrealismo, de expresionismo, de realismo fantástico o de pretensiones simbolistas; y donde tampoco faltan algunos cuantos concursantes audaces, que se decanten por la imitación de distintas corrientes abstractas que tuvieron su auge en el siglo pasado.

Así pues, teniendo en cuenta esto, no creo que en esta ocasión los jurados hayan tenido que  devanarse mucho los sesos para decidir la división de los 45 mil pesos del premio mayor entre dos obras: una barroca semiabstración de detonante cromatismo, original de Santiago Alarcón, y una vigorosa composición figurativa, pulcramente elaborada, por Maurilio Orozco; como tampoco para otorgar Menciones Honoríficas a otras 12, de  autores con no menos méritos que los galardonados, como María Dolores Romero, José de Jesús Rubio, Mario Cinquemani, Jorge Ramírez, Álvaro Cuevas, Antonio Tornero, Oswaldo Orozco, Israel Villanueva, José de Jesús Rubio, Jacob Flores, Carlos Cortés, Alberto Guerrero y César Alonso; aunque a mi juicio yo hubiera añadido también un accésit para los dibujantes Úrsula Hernández, Juan Luis Valdez y Genaro Rodríguez; para los pintores figurativos José Luis López y Doris María Solís y para los lienzos abstractos de Miguel Ángel García, Claudia Perezales e Iván Villaseñor, y algunos otros, cuya calidad plástica hubiera podido optar por la bolsa, o cuando menos por una parte de ella, que  si se hubiera repartido entre todos ellos; por ejemplo, de a dos mil y feria por piocha, hubiéramos visto multiplicados los rostros felices y disminuidos los ceños fruncidos.

Por otra parte, estimo que la mayoría de los que fueron seleccionados para integrar la exposición hoy puesta a la consideración del público en los salones de la planta alta del Exconvento del Carmen de esta ciudad, y sobre todo los arriba nombrados, deben de ser jóvenes o personas que se inician en esta difícil profesión e interminable carrera de las artes visuales, ya que sus nombres poco habían antes sonado; mas todos ellos, con mayor o mediano talento y fortuna, como se muestran dotados de habilidades para el trazo, conocimientos del procedimiento pictórico, imaginación, sensibilidad y capacidad de expresión, es de esperar, que aparte de vestir de luces su currículo con los premios y las menciones otorgadas por el H. Jurado, no se vayan a convertir en autores de un solo cuadro, sino que este estímulo les punce los ijares para que sigan laborando afanosamente, y así poder alcanzar, algún día, altas cotas de creatividad artística y puedan ver sus nombres inscritos con letras de bronce en la Historia de la Pintura Jalisciense del siglo XXI.

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