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Mi país no es un país, es el invierno

Decir “Hace frío” cuesta trabajo, la temperatura es de 17 grados bajo cero y el rostro se entumece. La nieve cae como la lluvia, pero en cámara lenta. La llegada de la Primavera en Quebec parece incierta

GUADALAJARA, JALISCO (24/MAR/2013).- La ciudad duerme. Está enterrada, oculta entre la nieve, el lodo y el hielo. Se comporta casi como un animal: hiberna. El sueño le durará casi seis meses. Si la historia se escribiera desde Quebec, sería entonces la del congelamiento global. Por acá aseguran que cada vez hace más frío.

Así es el invierno de la capital de la provincia canadiense del mismo nombre: 107 días de nevadas, pocas horas de luz, charcos de mugre, vientos de hasta 60 kilómetros por hora (km/h), la temporada más larga del año.

Pronóstico de hoy: menos 17 grados centígrados. Cielo despejado, el sol se burla de uno.

Los vellos de la nariz se congelan. Las fosas se sienten rígidas, pican. Es que el frío tiene esa cualidad de llenar el vacío. El rostro se entumece, apenas se siente. Con la mandíbula casi paralizada cuesta trabajo articular palabras, como, por ejemplo, una obviedad: hace frío.

Una capa de hielo fino recubre partes de la banqueta. A lo largo del invierno, la nieve derretida que a la postre se congela forma el glace noire (hielo negro). Es trasparente y resbaloso. Una trampa urbana. Por eso la gente camina rápido, pero no corre. Quiere sacarle la vuelta al frío y al mismo tiempo  evitar un resbalón.

Alerta: una masa de aire ártico se desplaza desde el Noroeste del país hacia las provincias cercanas al Atlántico. La temperatura desciende hasta menos 28 grados centígrados. Hay focos rojos también en las regiones de Montreal, Outaouais y Montérégie. Environnemment Canada, ministerio federal responsable del ambiente, no recomienda estar en el exterior, la piel podría congelarse en menos de 10 minutos.

Mientras esperan al camión, la gente se refugia en las gruesas marquesinas de cristal instaladas en casi todas las paradas oficiales. Nadie dice nada, el vaho que sale de sus bocas habla por ellos. El abrigo, el gorro y los guantes son indispensables. Los puños están cerrados, es mejor para la circulación. Enrollada, la bufanda cubre del cuello a la nariz. Sólo se asoman los ojos que esperan la llegada del transporte público.

El consuelo de los quebequenses se llama aire acondicionado y representa el 54% de su factura de electricidad. En la provincia de Quebec el 77% de las casas cuentan con calefacción eléctrica y abusarán de ella durante esta ola de frío glacial.

Por su parte, Hydro-Québec, la compañía estatal y el mayor productor de hidroelectricidad en el mundo, pide a los ciudadanos disminuir el consumo de energía. La demanda de los clientes supera con creces su capacidad de distribución.

Gabriel Laurence-Brook, estudiante, atiende al llamado. Normalmente el termómetro de su departamento marca 21 grados centígrados, pero a petición expresa disminuye la calefacción hasta los 19. Ya se siente el frío en las habitaciones, dos grados menos realmente hacen la diferencia.

Las construcciones se paran. En estas condiciones es imposible hacer la mezcla, el hormigón no cuaja. Es inútil también separar los desechos orgánicos, no se biodegradan. El Gobierno recibe miles de llamadas de personas que no pueden encender sus coches. La gente llega tarde a su trabajo.

Los diarios locales informan que la consumación en mega watts por hora alcanza cifras históricas en La Belle Province.  Se espera que al día siguiente la marca se vuelva a superar. Sin embargo, la temperatura no subirá hasta dentro de cinco días.

Será una semana larga, probablemente la más larga del año.

Es sábado, 10 de la noche, y la Tercera Avenida está prácticamente desierta. Más bien parece una zona residencial que la calle más comercial en el barrio de Limoilou. Afuera de un bar, una rubia alta, con abrigo de piel y mini falda prende un cigarrillo. No le queda de otra pero parece no importarle. Desde 2006, la ley prohíbe el humo de tabaco en lugares cerrados. Aquí, fumar en invierno está reservado para los más valientes y viciosos.

Adentro, en ese mismo bar, los abrigos de la gente no caben en los percheros. Están amontonados en las mesas y repisas del local. Una joven revisa uno por uno hasta encontrar el suyo. Si éste fuera un bar chic, habría un vestuario a la entrada.

Y si Quebec fuera un país, tendría una de las capitales más frías del mundo.

Fueron los algonquinos, pueblo nativo de Canadá, los primeros en resaltar la ubicación geográfica de Quebec, por eso la nombraron “donde el río se hace angosto”. El problema es que la ciudad está atrapada entre dos frentes. La humedad del río San Lorenzo y la agresividad de los vientos del Norte hacen que la sensación térmica sea aún más baja.

Por eso el termómetro miente. Allá afuera se sienten 40 grados bajo cero.

Los estudiantes se desplazan por la ciudad universitaria en playera, algunos en shorts. No es que los jóvenes quebequenses sean inmunes al frío, es que caminan bajo tierra. La Universidad Laval construyó 10 kilómetros de túneles subterráneos para comunicar al inmenso campus. Arriba, en el exterior, los jardines están sepultados por la nieve. Casi no hay nadie, parece una escuela sin alumnos.

La temperatura comienza a subir. Las nubes no aguantan más. El vapor se convierte en cristal. Nieva.

La nieve cae como la lluvia pero en cámara lenta.


Los demonios de la nieve


Sobre la calle, un conductor mete reversa y luego intenta en primera. Reversa, y otra vez primera. No puede salir, su auto está atascado. Las nevadas han dejado 15 centímetros de nieve y ahora  tiene que ir a trabajar.

Normand Loiselle, 76 años, ve a su vecino en apuros. Con una pala quita la nieve alrededor de las llantas delanteras. De nuevo reversa, primera. Es inútil, el carro sigue atrapado. Momento, monsieur Loiselle tiene una idea. Corre a su casa y regresa con un par de vigas metálicas que coloca debajo de cada llanta. El conductor intenta una vez más. Apoyadas sobre los metales, las ruedas giran hasta que el coche se libera de un brinco. Enhorabuena.

Con una cuerda sujetada de la chimenea a su cintura, otro hombre quita la nieve de su techo a dos aguas. Armado de una escoba, lentamente empuja la nieve hacia la calle. Abajo, un hombre previene a los peatones sobre la caída de nieve. Mientras espera la luz verde del semáforo, un conductor se baja del vehículo, toma un puñado de nieve de la banqueta y lo impacta contra el parabrisas para limpiarlo. Eso es aprovechar los recursos.

Hay que aprender de los quebequenses, han domesticado la nieve. El truco está en aceptar su omnipresencia. Los resignados escuchan a Gilles Vigneault, conocido cantautor franco-canadiense: “Mi país no es un país, es el invierno”. En cambio, los escapistas, que los hay, siguen el pop de Robert Charlebois: “Llega el invierno, no me importa. Yo me voy al Sur a tomar el sol y a meterme al mar”.

Se avecina una tormenta, una de tantas. Si hay que salir a comprar algo es mejor hacerlo antes de que sea demasiado tarde. Dentro de poco los caminos se convertirán en nieve y las casas en pequeñas fortalezas.

Afortunadamente Nemo, la súper tormenta que amenazó a Nueva York, pasó de largo a Quebec.

El invierno quebequense sirve para romper mitos: después de la tormenta no llega la calma. Al final alguien tiene que retirar la nieve. Incluso para poder salir del hogar es necesario atravesar acumulaciones de nieve de más medio metro. Los más precavidos montaron, meses atrás, una lona en forma de pasillo que une la puerta con la banqueta. Con eso ya no tienen que abrirse paso hasta la calle cada mañana.

Generalmente en la noche el Gobierno libera a los monstruos de nieve, unas barredoras industriales que remueven la plaga blanca de las banquetas y calles. Por ejemplo, una aspiradora gigante succiona la nieve y después la propulsa con una manguera hacia el interior de un camión torton. Son como bomberos que combaten la nieve.

Tres adolescentes patinan sobre el río Saint Charles. Cerca de la orilla, un letrero advierte al paseante: cuidado, hielo frágil. Aún así los muchachos dan vueltas y se deslizan sobre las aguas congeladas.

Fue ahí donde el explorador Jacques Cartier pasó el fatídico invierno de 1536. Las provisiones se congelaron y 25 tripulantes murieron de escorbuto. Los primeros franceses en el Nuevo Mundo no estaban preparados para las condiciones climáticas.

A pesar de situarse casi en la misma latitud, el invierno de Quebec no se compara con el de Francia. La hermana Morin, una religiosa quebequense, escribió en 1640 que el frío de la región “sólo puede ser entendido por aquellos que lo sufren”.

La temperatura sigue aumentando. Los días son cada vez más largos, al menos ya oscurece hasta las seis de la tarde.

Lo que no cambia es el viento. “Siempre ha soplado tan fuerte que lo que aquí pasa sólo es posible a causa del viento que marea y enloquece”, escribe la novelista Anne Hébert sobre una ciudad imaginaria inspirada en su tierra natal, Quebec.

A veces empuja, jala y entorpece el asenso de la parte baja a la parte alta de la ciudad.

Y cuando el viento es lo suficientemente brusco, levanta y zangolotea por los aires a la nieve más fina y ligera, aquella que llaman poudrerie. En gran cantidad nubla la visión y es el temor de las autopistas de gran velocidad.

Reporte del tiempo: un grado. De nuevo el cielo se despeja. Este sol sí calienta.

Poco a poco la ciudad se derrite. Mezclada con la tierra la nieve deja de ser blanca. De las botas de un hombre dentro de un camión, gotea lo que antes era nieve. Cada gota que cae se hace una con el piso cubierto de lodo.

Si uno se asoma por la venta puede ver la ciudad con un filtro de mugre. Los coches que pasan salpican sloche: una amalgama de agua, nieve y tierra, que no es otra cosa sino suciedad. Algunas banquetas son intransitables, están sumergidas en aguanieve.

El servicio meteorológico prevé lluvia en los próximos días. Hace falta que alguien limpie este lugar.

El sonido de una ciudad derritiéndose es como el de una alcantarilla: hay goteras por doquier.

Dicen que siempre nieva el día de San Patricio pero el pronóstico popular falla. También se equivocan en eso de que la primavera empieza el 21 de marzo: nieva otra vez.

El final del invierno siempre es incierto.

La ciudad despertará algún día.

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