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La isósceles de la miseria

No es un oasis. Es el crucero para arrancar el programa Oportunidades, el estudio de rezago educativo y pobreza, es el cruce de las avenidas Vallarta y Rafael Sanzio

GUADALAJARA, JALISCO (03/MAR/2013).- Este es el mejor crucero de la ciudad me cai”. Lo dice Ochoa, que vive aquí seis horas de cada día, menos los domingos. Y es curioso porque para Ochoa y sus colegas, de las avenidas Vallarta y Rafael Sanzio, en Zapopan, es el mejor crucero justo por las mismas razones que para los que andan en carro es uno de los peores: cuesta un rato salir de él.

“Ese es el chiste”, asegura Ochoa, “ese es el chiste”. Y el sábado no hay que perdérselo nunca, añade, con el mapa de arrugas que pintan su frente de mares e islotes solitarios. “El vicio, señorita, el vicio lo acaba a uno. Pero estos también son unos viciosos”.

Se refiere a los que circulan por Vallarta, quieren doblar a la izquierda para tomar Rafael Sanzio y antes de lograrlo pueden esperar dos, tres, cuatro semáforos. ¿Que para qué quieren doblar todos a la izquierda? “Tssss. Para el vicio de gastar todo su moni”. Bien que lo sabe Ochoa.

Ochoa es el único distinto del barrio, como llama él al crucero donde el Gobierno del Jalisco dibujó un triángulo isósceles —base tres metros, altura doce— y plantó un jardín de juníperos chaparros y altas palmeras, esas cosas que el Gobierno hace en el Poniente de la ciudad. En este remanso urbano Ochoa es el único que no trabaja. “Aquí yo pido dinero, si usted se fija, y todos los demás trabajan, no se vale, oiga, que gandayas”.

Ochoa señala al resto, con sus dedos sucios y achatados.

Entre el tráfico, dos ciegos —un hombre y una mujer—, ofrecen clorets, caminando a tumbos, chocando sus bastones blancos contra las llantas de los coches, tentaleando los retrovisores laterales. La ciega andará por los 25 y años y los 24 kilogramos. La ciega tiembla a ratos bajo el abrazo terrible del sol de mediodía. La ciega no sonríe, parece que quiere llorar. El ciego tiene una panza grande, una camisa sin fajar y unos mocasines pandos. Da la impresión de que se esfuerza más por no perder el zapato izquierdo, guango de tanto uso, que por adivinar la distancia entre los vehículos. Trae colgado, a la altura de la panza, un cartel verde “Gracias por la ayuda”. Parece que su dignidad está aferrada a las líneas perfectas que una plancha marcó al centro de las piernas de sus pantalones viejos.

Dos metros al Oriente, metido entre los carros, un trío de muchachos muy morenos y de pelos cortos, lacios hace el esfuerzo por treparse en los cofres, para quitarle la mugre a los cristales. Todos usan un arete. No una arracada, sino un pendiente grande, con una piedra más grande todavía. Parecen toreros, por el porte con el que ofrecen el estropajo con el brazo alzado, la línea de la espalda, el músculo redondo de las nalgas. Un trío de toreros entre las bestias de lámina que recorren la ciudad y abren los ojos para aventar insultos y monedas pequeñas.

Más allá esquivan al tráfico en pausa ocho vendedores de fruteros de aluminio, lámparas rojas de alcohol, parasoles de coches, luchadores y rositas fresitas de plástico tamaño infantil y mecanismo de balín, mesas de triplay para un desayuno en la cama, hueveras, matamoscas eléctricos que chirrían cuando electrocutan un insecto imaginario… productos que empiezan todos en 120 pesos y acaban en 80 pesos, a los que la clase media y antojadiza no puede resistirse.

¿Dónde consiguen tanta cosa? El que parece de más edad y el más respetado por el grupo esquiva la mirada, mira de arriba a abajo y vuelve a esquivar. Parece temeroso, parece retador.

—Nooo. Eso no se dice —contesta por fin.

—¿Por?

—Nos prohíben.

—¿Quiénes?

—El dueño de la mercancía.

—¿Qué les dice?

—Nos despide. Váyase. Se nota que usted es muy licenciada. Aquí no es lugar de licenciados.

Tiene razón. El isósceles no es un oasis, por más que esa haya sido la idea del licenciado en urbanismo que lo diseñó. El isósceles es el crucero para arrancar el programa Oportunidades, el censo económico del Inegi, el estudio de rezago educativo y pobreza, el conteo de migración y los estudios sobre discriminación en México.

“Así son los oaxacos”, interrumpe Ochoa, meneando la cabeza y haciendo gestos de “así son las moscas. No saben hablar con la gente”. Lo dice él, que tampoco es de aquí, que durante 14 años vivió en el limbo entre el cristal y la heroína, que en Mexicali fue secuestrado por un centro de recuperación de los que se llaman anexos, que junto con el anexo y gracias a su habilidad para pedir dinero vino a dar a Guadalajara “la ciudad de la cocaína”, que ha recuperado 20 kilos desde que dejó las drogas hace un año, que ahora viste una bermuda ancha como una falda, que no es güero ni de lejos, que también tiene los pelos parados y que nunca en su vida ha trabajado.

“A la sociedad yo no la entiendo”, continúa, y vuelve a señalar a sus vecinos de crucero, ahora frotando los dedos índice y medio. “Prefieren darle su dinero a la gente como esa. Prefieren comprarle a los oaxacos a que uno les pida dinero. Señorita: si yo trabajo la voy a engañar, le voy a robar su dinero, no sé hacer nada. En cambio los oaxacos trabajan sus diez horas y nomás por eso sacan lana, a costa de la sociedad, no se vale, oiga”.

Mientras Ochoa habla los ciegos y el resto aprovechan el minuto y medio del semáforo en alto para vender, limpiar, ofrecer. Van y vienen con la dignidad puesta en la mirada, el arete, la línea de la plancha. ¿Entonces no es una buena esquina para alguien pedir? “Si no fuera, qué chingados haría yo aquí”, responde Ochoa, con las marcas del vicio en la frente. “Nomás que hasta en las esquinas hay clases sociales”, se ufana y soba con sus dedos achatados el cordón de donde cuelga la credencial que lo acredita como drogadicto. El cordón está pintado con los colores panamericanos. El cordón dice, en español, inglés y francés, “Visite Guadalajara”.

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