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Jueves,9:36 A.M. 629-2
Ella va en el asiento VIP del camión, escuchando al chofer, que asegura no todos son ''malos''
GUADALAJARA, JALISCO (06/OCT/2013).- Al chofer que conduce el camión ruta 629-2 no le preocupa que cuando apenas va a arrancar, el semáforo ya se haya puesto en alto: él ni acelera, muy seguramente confía en que los autos que del otro lado ya avanzan, tendrán que frenar, pues llevan una ligera desventaja en caso de un encontronazo.
Es como solía ser en la primaria: mientras los codazos y empujones a la hora del recreo, frente a la tiendita (atendida por maestros de la propia escuela, faltaba más), no te daba miedo afrontarlos con los de tu tamaño o con los más chicos, si llegaba alguno de los grandulones de sexto, mejor te hacías a un lado. No buscabas camorra.
Como no la buscan los autos que aunque ya tienen la luz verde frente a ellos, dejan que pase el camión. Quizá alguno pite o amenace, no más.
El chofer del minibús, además, quizá va un poco más envalentonado que de costumbre: juntito a su asiento hay una especie de banco redondo cubierto de plástico grueso azul turquesa, en el que una mujer va sentada, escuchando sus comentarios, riendo de vez en cuando y agarrándose de donde puede.
No es su amiga, ni su mujer ni su hija. Se trata de una pasajera frecuente a la que conoce sólo de vista y que a fuerza de costumbre, de verla casi todos los días, le ha tomado ya una confianza extrema: como para dejarla sentarse en el lugar VIP del minibús.
“Todo mundo habla mal de los conductores de transporte público”, le dice a su nueva mejor amiga. Y lo que llama la atención es su corrección al nombrarlos y a la vez autonombrarse, no choferes ni camioneros: conductores de transporte público.
Y continúa su soliloquio: “No te voy a decir que no hay unos muy puercos o que vienen a desquitarse aquí de las broncas personales que traigan, pero son los menos y por unos pocos la pagamos todos”.
En la parte de atrás del respaldo del chofer hay un cristal con una foto impresa en un vinil: se trata de la misma unidad de transporte, acompañada por una imagen de la Virgen de Talpa y otra del mismo templo de Talpa de Allende. Con letras grandes se lee “Cuídame siempre virgencita”.
El camión ha llegado, sobre Rafael Sanzio, a la esquina en donde comienza Plaza Galerías. Ahí no hay parada, pero son casi las diez de la mañana y un grupo de empleados tiene que llegar a checar en pocos minutos, de manera que uno de ellos, aprovechando que está el alto, se acerca al chofer y le dice que si no podría dejarlos bajar ahí.
Son solo segundos en los que decide sí abrirles las puertas y dejar que bajen. Ellos bajan y cruzan casi corriendo la avenida. Mientras arranca, el chofer le comenta a su acompañante: “Mira: ¿ves? Ni las gracias me dieron y yo corriendo el riesgo de que algún támaro me cache y me multe por dar la parada donde no es. Pero así es la gente, pues… te digo que nosotros somos unos puercos de lo peor, pero de lo bueno ni se fijan”.
La acompañante del chofer sólo sonríe, no ha pronunciado una sola palabra en kilómetros. Fija su vista en el cristal de enfrente en el que hay varios mensajes alusivos a Dios y a que se prohíbe fumar en esa unidad.
En la esquina de Vallarta, justo donde va a dar vuelta, le entregan por la ventanilla un periódico gratuito que recibe pero apenas ve de reojo y lo coloca en una cubeta, a su lado. Y se lanza: “¿A ver, cuándo has visto en los periódicos o en la tele alguna opinión a favor de los choferes de transporte público? Todo es la visión y las opiniones de la gente, siempre de la gente y nunca la voz del chofer. Es un partido muy disparejo, nos ganan por goliza, pero es injusto…”
Son varias las cuadras en las que el silencio se apodera del chofer y de repente su acompañante se levanta y algo le dice a él, que lo hace sonreír. Detiene la unidad con delicadeza, se despide y sigue con la mirada cada paso que da la mujer en su bajada de la unidad. En la mirada se adivina que si la hubiese por ahí, le pone alfombra.
Todavía va ella caminando por la banqueta cuando al chofer no le queda más remedio que avanzar. Al llegar a Avenida México sube a otro conocido y se pone a platicar, pero no lo invita a sentarse en el banco azul. Sólo le presume que, por ahí, por Avenida México, es la única ruta 629. “Todas las demás agarran van por Vallarta, yo soy el único que pasa por aquí”, dice mientras acelera cuando ve el semáforo en amarillo, al tiempo que contesta el celular que le ha timbrado: “¡Métele velocidad, relevo, que ya te voy alcanzando!”.
david.izazaga@gmail.com
Es como solía ser en la primaria: mientras los codazos y empujones a la hora del recreo, frente a la tiendita (atendida por maestros de la propia escuela, faltaba más), no te daba miedo afrontarlos con los de tu tamaño o con los más chicos, si llegaba alguno de los grandulones de sexto, mejor te hacías a un lado. No buscabas camorra.
Como no la buscan los autos que aunque ya tienen la luz verde frente a ellos, dejan que pase el camión. Quizá alguno pite o amenace, no más.
El chofer del minibús, además, quizá va un poco más envalentonado que de costumbre: juntito a su asiento hay una especie de banco redondo cubierto de plástico grueso azul turquesa, en el que una mujer va sentada, escuchando sus comentarios, riendo de vez en cuando y agarrándose de donde puede.
No es su amiga, ni su mujer ni su hija. Se trata de una pasajera frecuente a la que conoce sólo de vista y que a fuerza de costumbre, de verla casi todos los días, le ha tomado ya una confianza extrema: como para dejarla sentarse en el lugar VIP del minibús.
“Todo mundo habla mal de los conductores de transporte público”, le dice a su nueva mejor amiga. Y lo que llama la atención es su corrección al nombrarlos y a la vez autonombrarse, no choferes ni camioneros: conductores de transporte público.
Y continúa su soliloquio: “No te voy a decir que no hay unos muy puercos o que vienen a desquitarse aquí de las broncas personales que traigan, pero son los menos y por unos pocos la pagamos todos”.
En la parte de atrás del respaldo del chofer hay un cristal con una foto impresa en un vinil: se trata de la misma unidad de transporte, acompañada por una imagen de la Virgen de Talpa y otra del mismo templo de Talpa de Allende. Con letras grandes se lee “Cuídame siempre virgencita”.
El camión ha llegado, sobre Rafael Sanzio, a la esquina en donde comienza Plaza Galerías. Ahí no hay parada, pero son casi las diez de la mañana y un grupo de empleados tiene que llegar a checar en pocos minutos, de manera que uno de ellos, aprovechando que está el alto, se acerca al chofer y le dice que si no podría dejarlos bajar ahí.
Son solo segundos en los que decide sí abrirles las puertas y dejar que bajen. Ellos bajan y cruzan casi corriendo la avenida. Mientras arranca, el chofer le comenta a su acompañante: “Mira: ¿ves? Ni las gracias me dieron y yo corriendo el riesgo de que algún támaro me cache y me multe por dar la parada donde no es. Pero así es la gente, pues… te digo que nosotros somos unos puercos de lo peor, pero de lo bueno ni se fijan”.
La acompañante del chofer sólo sonríe, no ha pronunciado una sola palabra en kilómetros. Fija su vista en el cristal de enfrente en el que hay varios mensajes alusivos a Dios y a que se prohíbe fumar en esa unidad.
En la esquina de Vallarta, justo donde va a dar vuelta, le entregan por la ventanilla un periódico gratuito que recibe pero apenas ve de reojo y lo coloca en una cubeta, a su lado. Y se lanza: “¿A ver, cuándo has visto en los periódicos o en la tele alguna opinión a favor de los choferes de transporte público? Todo es la visión y las opiniones de la gente, siempre de la gente y nunca la voz del chofer. Es un partido muy disparejo, nos ganan por goliza, pero es injusto…”
Son varias las cuadras en las que el silencio se apodera del chofer y de repente su acompañante se levanta y algo le dice a él, que lo hace sonreír. Detiene la unidad con delicadeza, se despide y sigue con la mirada cada paso que da la mujer en su bajada de la unidad. En la mirada se adivina que si la hubiese por ahí, le pone alfombra.
Todavía va ella caminando por la banqueta cuando al chofer no le queda más remedio que avanzar. Al llegar a Avenida México sube a otro conocido y se pone a platicar, pero no lo invita a sentarse en el banco azul. Sólo le presume que, por ahí, por Avenida México, es la única ruta 629. “Todas las demás agarran van por Vallarta, yo soy el único que pasa por aquí”, dice mientras acelera cuando ve el semáforo en amarillo, al tiempo que contesta el celular que le ha timbrado: “¡Métele velocidad, relevo, que ya te voy alcanzando!”.
david.izazaga@gmail.com