Suplementos
Delirio de calandria
Un tour por los sitios más representativos de la ciudad puede ser también un viaje express al mundo de la cultura oral, donde la historia verdadera se mezcla con los ''saberes'' de los cocheros, sólo superados por la grabación que acompaña el recorrido en el autobús turístico
GUADALAJARA, JALISCO (23/SEP/2012).- Al final de esta historia de calandrias el paseante termina muy, muy confundido. Pero eso es hasta el final, por ahora, sube al carruaje detenido a un costado del Museo Regional de Guadalajara.
—¿Quieres que te explique el recorrido?
—Claro que sí, por favor.
—Mira, esta de aquí es Plaza Liberación, se le reconoce como la plaza de las dos copas por la forma de las fuentes que tiene. En este costado está Palacio Legislativo, es la Cámara de Diputados.
Al ver las fuentes de agua verde y sucia y luego de acomodarse en los calientes asientos de tapicería blanca, el paseante observa de espaldas al hombre en el pescante de la calandria blanca con toques dorados: Armando, de 24 años, mantiene a raya con la rienda a un caballo flaco y feo al que le laten las ventanillas de la nariz por jalar las ruedas del carruaje a las dos de la tarde por el lomo del Centro tapatío.
Armando viste una limpia camisa blanca de manga larga, pantalones de mezclilla, sombrero norteño y picudos zapatos negros. Se levanta el sombrero y deja ver una parte de su aplanado, oscuro y sudado pelo de hurón.
“Este edificio blanco es el Palacio de Justicia. En la otra esquina está la Iglesia de Santa María de Gracia, la de la cúpula roja —extiende un dedo gordo y pequeño que apunta a un edificio escondido—, aquella fue la primer catedral que hubo aquí en Guadalajara de 1549 a 1618. Y este de aquí es el Teatro Degollado, tiene cupo para mil personas”.
Tac-tac-tac-tac. El caballo aumenta el paso y dobla en Avenida Juárez.
En una pausa se aparece un educado viene-viene con rostro amenazante. Vende paletas de cajeta. Le fue mal durante el día. Se acerca un fotógrafo con camisa floreada. “Échame la mano a mí también, no seas así”.
Ni parco como camionero, ni platicador como taxista, sentado sobre un espaldar blanco en forma de corazón, Armando sigue con el recorrido sobre la tambaleante calandria con la naturalidad de un recién nacido que busca por primera vez la luz.
Las largas crines color café le ondean hacia la derecha al caballo cuando cruza Avenida 16 de Septiembre. “Mchmchmchmch”: Armando estira los labios y los frunce. El sonido que sale de su boca empuja al caballo.
Deja atrás la Biblioteca Iberoamericana y la hormigueante multitud que la circunda. Armando únicamente nombra los edificios y dice que están abiertos al público. Su manera de escatimar la historia dejaría sedientos a los más curtidos especialistas.
“Ya más pa´ delante está tranquilo. Aquí es el antiguo edificio de Teléfonos de México. Anteriormente se encontraba en media avenida. El ingeniero Matute Remus lo recorrió hacia atrás con gatos hidráulicos y rodillo, dejando a los trabajadores adentro. Fue en 1951”.
Armando guarda un largo silencio. Ignora que el sonido de las calles se mezcla con los últimos ruidos de la demolición de las casas antiguas que dan paso a la construcción de negocios como restaurantes de comida china, antros y tiendas de autoservicio. Al acercarse a Federalismo, se escucha la voz de Yuridia:
“Yo te amo con la fuerza de los mares, yo te amo con el ímpetu del viento, yo te amo en la distancia y en el tiempo, yo te amo con mi alma y con mi sangre, yo te amo como el niño a su mañana…”
Pasa el Ex Convento del Carmen.
II
De repente, como si en la seca y caliente avenida hubiera surgido un perro, un árbol caído o un hombre, un taxi del sitio 68 patina chirriando con fuerza. Se sacude, derecha e izquierda pero sin salirse de su carril. Crujiendo, recupera el cauce cuando parecía que se iba directo sobre la fila derecha de autos. Armando detiene al caballo con un fuerte jalón e interrumpe la explicación.
Ni siquiera ese trance turbó la fría expresión de los ojos del caballo. Deja atrás el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara:
—Aquí es la antigua Universidad de Guadalajara. Ahora funciona como Museo de las Artes; y esta de acá es la Rectoría. Funciona como oficinas de la Universidad.
—Me dijiste que este edificio era la antigua universidad –interrumpe el pasajero, interesado.
—Es la antigua. Ajá.
—¿Aquí venían a estudiar? ¿Quiénes? —vuelve a interrumpir, como si no entendiera.
—Sí, era escuela. “Mchmchmchmch” —el caballo obedece la orden.
Cruzan la Colonia Americana. El tráfico se ralentiza una vez más.
—Como de qué año son las casas, ¿no sabes?
—Como de mil 800 y algo. Ira, como esa de ahí de la esquina, la que se ve en la esquina de este lado, es la única que está habitada. Ya las demás las rentan para el comercio o son propiedad del gobierno. Esta es la única habitada en su estilo. Allá, más pa´l lado, hacia mano izquierda viene siendo la Colonia la Moderna. “Mchmchmch”.
Al llegar a la imponente casa que antes rentaba Sigifredo Islas, a la altura de la calle Colonias. Armando explica:
—Del lado izquierdo era la casa de Cantinflas.
—¿Era la casa de Cantinflas? ¡A poco! —pregunta el turista, entusiasmado por la revelación.
—Sí, esa de blanco, hey. Era su propiedad.
—¿Y ahorita qué es? ¿No sabes?
—La rentaban para eventos. Namás la remodelaron y ya… No sé qué función le vayan a dar, pero la rentaban para eventos.
—¿Cómo se informan ustedes de qué es cada cosa?
—Pos ai en Secretaría de Turismo. Como dos veces por año nos dan pláticas.
III
—Esta es Chapultepé. A lo largo de esta avenida se encuentra la zona rosa de aquí de Guadalajara, —cuenta el conductor, ya dominando el diálogo—. Es corta.
—¿Y qué me puedo encontrar por ahí? —continúa, solícito, el acalorado paseante.
—Pos así como, en la noche, se ponen a vender mucha artesanía ahí por donde viene siendo la parte del camellón. Eso es los viernes, sábados y domingos. Se pone bien el ambiente en la noche ahí. Hay unos que hacen como chous pa´ la gente adulta y todo eso. Se pone muy bien.
—¿Has venido?
—Cuando doy los paseos pasamos. De hecho el carril de este lao lo cierran, lo hacen como zona peatonal.
En un semáforo en rojo, al alcanzar las costas de Avenida Américas, el caballo se detiene. Con bastante silencio acumulado, Armando muestra las erguidas e imponentes palmas que descollan en el jardín de una casa. “Bastante palma ahí”. Cuando da el verde, la calandria reanuda el paso como tortuga frente a una manada de búfalos. Tac-tac-tac-tac. Se escucha el repiqueteo de la herradura sobre el asfalto.
—Se ve bien limpio el caballo, ¿lo acabas de bañar?
—Sí, se baña en la mañana. Se le cae toda la tierra, todo el polvo. Ya en lo que lo estamos bañando, él está desayunando.
—Servicio completo.
—Hey, je, je, je, je.
Al ver que un camión se detiene a bajar pasaje impidiéndole el paso a la altura del Centro Magno, Armando se desespera. Da un pisotón a un pedazo de metal que provoca la risa del conductor de un ajado vocho:
—“¡Trin, trin!”
—¿Ese toque de campana para qué es?
—Es como si fuera el claxon. Todos traen. Mucha gente sí sabe para qué es eso. Se oye curioso, ¿edá?
Adelante observa La Glorieta Minerva y Los Arcos de Guadalajara.
—Ahí está la famosa Glorieta de La Minerva. Esos de ahí son los Arcos de Avenida Vallarta. Aquí fueron las carreras de los Panamericanos.
—¿No sabes cuándo los construyeron esos?
—Fueron como de mil 800 y algo (datan de 1941). La verdad no sé muy bien. Creo que ahí dice en el muro.
—¿Cómo les fue en los Panamericanos?
—Pos sí hubo también algo de extranjeros. Sí había turismo, pues, como si fuera periodo vacacional.
Al ingresar al circuito de La Minerva, entreverándose con todo el corpulento río de autos y de conductores frenéticos que empujan el acelerador con coraje, Armando interrumpe de nuevo su relato. Toma firmemenye la rienda y una discreta alarma se activa dentro de él. Cualquier golpe podría dejarlo sin trabajar durante el resto del día. Tac-tac-tac.
—Cuéntame de La Minerva…
—Áista La Minerva, ira… —dice cortante y continúa manejando con concentración.
Cuando sale de ese manicomio de histéricos cláxones al tener en frente el ulular de una ambulancia, responde la pregunta.
—Esta fue de cuando se empezó a engrandecer la ciudad, fue cuando la pusieron. Era un símbolo de la entrada a Guadalajara. Por aquí entraban. Es como una diosa.
Y luego, ya relajado y sin argumentos, prosigue.
—Y allá está el famosísimo hotel, el RIU. Aquel de allá. Es nuevo ese hotel. Ta muy bonito. Muy lujoso.
En el regreso, otro largo y cansado silencio. En el cruce de Américas y López Cotilla aparece haciendo malabares un hombre tatuado y de cabello rubio. “Hay unos que se visten de plateado. Hacen lo mismo. Nomás que para llamar más la atención, se cuelgan hasta el molcajete”.
Cuando van rumbo a la casa China, en la Americana, una nube cubre por un momento el sol que antes calaba firme. Un respiro.
IV
—Esta de aquí es la casa China, ira. Anteriormente sí era habitada. Funciona como oficinas del gobierno. Ahorita se encuentra en remodelación.
—¿No sabes de qué tiempo es?
—No, la verdad no. No tengo idea. Pero uno de aquí mismo de la ciudad la pidió así de ese estilo, nomás por darse el gusto.
—Ah, ¿sí?
—Sí. No la habitaba ningún chino; uno de aquí mismo del Estado. Esta de acá es la casa de José Guadalupe Zuno. Fue un gobernador del Estado. Fue político, escritor, pintor y maestro. Ahorita funciona como Archivo Histórico de la Universidad de Guadalajara. Era su casa y la donó. Ira nomás: de pura piedra.
Armando cuenta que con suerte, en un día da tres o cuatro viajes. Sus clientes más comunes: los turistas que vienen a Jalisco en familia; los más espléndidos: los borrachos. “En veces nos contratan por horas. Los llevo adonde quieran ir. A Tlaquepaque, una vez me rentaron por cinco horas”.
—¿Los llevas a pistear?
—Vienen pisteando. Ya si ellos ven un bar o algo, se bajan, compran lo que necesitan y se vienen otra vez. Pérate, ahorita vamos a agarrar Libertá y luego ya Hidalgo. Mira, aquí está el Consulado Americano. Cierran temprano. En el día ta lleno de gente aquí. Colonones y de todo para hacer el trámite de la visa.
Al dejar atrás la arbolada y calmada calle Libertad, Armando dobla hacia el Expiatorio por la Avenida Enrique Díaz de León. Cuenta que es de estilo gótico y que tardaron 60 años en construirla porque se llevó a cabo gracias a las limosnas de la ciudad. El recorrido casi concluye y cada pisada del caballo es como un segundo menos de la hora y 20 minutos que duró el viaje.
Aunque comió en la mañana y a las cuatro de la tarde, al caballo se le nota cansado.
“Come en la mañana. De tres a cuatro (de la tarde) y de 6 a 7 de la noche se le echa más. No lo llenas. Sí va a llegar el rato en que se empance; pero una hora, dos horas… y otra vez vuelve a comer. Para que se llenen un poquito más les compramos el maíz entero, porque si les echamos pura alfalfa sí se inflan de la panza. No se dejan ver flacos. Pero sin maíz es como si uno comiera sin tortilla”.
Ya sobre Avenida Hidalgo recuerda que le salieron unos jóvenes haciendo malabares. “Que me salen unos así, déstos mismos, haciendo como un tipo chou. Uno correteando al otro así como queriéndolo agarrar. Y que me salen por un lado del caballo. Nombre, el caballo ya se me andaba yendo. Que me empieza a correr, a agarrar carrera; pero aquí lo controla uno. Si uno no se pone abusado con los caballos de un de repente sacan su instinto animal. Y pa´ controlarlos…
Al llegar al paso a desnivel, se carga hacia la izquierda, del lado del Mercado Corona, pues a la derecha a veces pasa el trolebús y entorpece el recorrido. Un hilo de autos se desprende del semáforo que precede al Palacio Municipal de Guadalajara. El paseante hace la última pregunta:
—¿Y de la Catedral qué sabes?
—De la Catedral… —espera un momento, rumia la respuesta, la teje—. Adentro está una niña disecada. Según eso, dice la historia, porque el papá no era creyente de la Iglesia Católica y el sueño de la niña era hacer la primera comunión. Ella se preparó y todo y su papá le decía que prefería verla muerta que recibir la comunión de la Iglesia. Unos dicen una versión: que saliendo de la iglesia la quemó; y otros dicen que saliendo de la casa. Y la niña ahí está, con su vestido y todo. Ahí la tienen. ¿No has entrado a verla? Está disecada. Así, como si fuera momia. La quemaron. La quemó su papá.
Grita el semáforo auditivo. Cruza. Armando cobra y se despide. El turista se sacude la ropa. Siente el sudor en la espalda. Desciende. Se acabó.
Un tour tapatío
La rapidez no se lleva con la historia. Y de eso se darán cuenta las personas que esperan, formadas en fila, a que se abran las puertas del Tapatío Tour.
Con su coca de medio litro y sin corcholata a un lado del volante y un pequeño ventilador azul, el conductor deja de piquetear su celular negro y se acomoda los lentes de maldito que antes le servían de diadema en su corto y engominado cabello negro. Se ajusta la corbata. Abre la puerta. Sale. Un hombre, también embebido por su celular pregunta si ya pueden subir. Ya.
Son las dos de la tarde. Con sombrero, gorras, bolsos, y aleteantes abanicos, las cerca de 20 personas que arriban al mazacote móvil se dirigen a la parte superior del camión. Los ancianos suben con paso cansino y son rebasados por los niños, que enérgicos, suben las escaleras huyendo de sus padres. Los empleados dan unos cojines rojos. “Es que los asientos están calientes”, dicen.
Cuando el camión arranca se escucha el ulular de una ambulancia. El camión es tan alto que, si se lo permitieran, los turistas podrían tocar el semáforo con las manos. Con cámaras colgándoles del cuello, los pasajeros toman fotografías de todo, hasta de las ramas. Se sorprenden cuando el Museo Regional de Guadalajara ya está más de una calle a lo lejos y de las bocinas aún sale la explicación del sitio.
No entienden. La historia es lenta y en el Tapatío Tour se resumen cientos de años en hora y media de recorrido.
Los asientos arden. A los turistas les gusta sufrir. En vez de asirse a la planta baja para no se taladrados por el sol, bajan por otro cojín para ponérselo encima de la cabeza. Miran de refilón La Catedral Metropolitana, Plaza Guadalajara, La Rotonda, Plaza de Armas. No entienden. Más y más edificios atrás. Una bocina cuyos sonidos se entreveran con el tráfico y las charlas. Hace calor. Y sed.
Es la segunda vez que Raymundo visita Guadalajara. Oriundo del Distrito Federal, le agrada venir a la ciudad y disfrutar de la comida y la arquitectura. El tráfico le parece cosa de niños. Mientras se zampa una torta ahogada, se pregunta cómo es que hizo Jorge Matute Remus para mover un edificio por tantos metros.
“Es que en el recorrido me perdí. Debe ser más lento”.
Las imprecisiones ya se saben: en la Plaza de Armas nunca se hizo una plaza de toros en el siglo XIX; el tequila no tiene su origen en Guadalajara, sino en el municipio de Amatitán; la palabra mariachi no proviene del francés y esta agrupación no tiene trompetas; el edificio del Ayuntamiento de Guadalajara es de estilo neoclásico y la Avenida Chapultepec no es obra del arquitecto Julio de la Peña, quien la remodeló, sino de Ernesto Fuchs.
En un parpadeo, el camión liquida la historia que se desenvuelve por Avenida Vallarta y se detiene al llegar a La Glorieta Minerva. Los paseantes descienden y compran refrescos y cervezas. La Guadalajara del Centro Histórico no es la misma que está más allá del Puente Matute Remus. Rápidamente pasa de los edificios históricos plazas comerciales, centros de negocios y monumentos que descansan como elefantes blancos en la ciudad.
Raymundo dice que le gusta más la Guadalajara vieja, esa que ya casi no se ve. Un taxista le preguntó qué lugares quería visitar y él contestó que pretendía conocer la Guadalajara urbana más que la cosmopolita. Se hospedó en el Centro. Rentó un auto. Se dedicó a disfrutar de las calles.
La voz de conductor de programa de concursos que salía de las bocinas mezclada con música de mariachi cansó a los viajeros. Algunos pidieron que bajaran el volumen —no se pudo— y se dedicaron a observar sin escuchar. Son tantas fechas y tantos nombres y tantos los autos y el ruido y el calor, que los turistas terminan aturdidos. Raymundo desea que ya termine para comer y beber algo. El intratable Sol se encargó de molerle el cerebro como cebiche.
El recorrido termina con una estirada explicación sobre la historia de la Catedral Metropolitana. Raymundo desciende y pregunta cuánto cuesta un canuto de nuez. El vendedor, al comprobar su acento, le dice que 15, 20 y 25 pesos. Baratos. Raymundo se crispa y lo deja hablando solo. Tanto calor, tanta “Historia”.
CARRUAJE
Para todos los gustos
- Las Calandrias deben su nombre a que antiguamente los carruajes, que son tirados por caballos, estaban pintados de amarillo.
- Fue en 1912 cuando la Unión de Conductores de Carruaje de Alquiler comenzó a llevar a cabo estos recorridos en la ciudad.
- Los diseños y colores, cien años después, son muy variados. Algunos de estos carruajes se encuentran frente al Museo Regional de Historia.
- Los recorridos más sencillos cuestan entre 250 y 300 pesos por una hora de paseo.
En autobús
El recorrido por la ciudad de Guadalajara en el autobús panorámico de dos pisos, Tapatío Tour, comienza en la Rotonda de los hombres ilustres y algunos de los puntos que muestran a los turistas son la Catedral, Teatro Degollado, Plaza Tapatía, Centro Magno, Glorieta Minerva, Gran Plaza, Consulado Americano y el Expiatorio, esto de acuerdo a la página de internet de la empresa.
Boletos: Adultos $95 y $110; niños $55 y $65, entre semana y fines de semana, respectivamente.
—¿Quieres que te explique el recorrido?
—Claro que sí, por favor.
—Mira, esta de aquí es Plaza Liberación, se le reconoce como la plaza de las dos copas por la forma de las fuentes que tiene. En este costado está Palacio Legislativo, es la Cámara de Diputados.
Al ver las fuentes de agua verde y sucia y luego de acomodarse en los calientes asientos de tapicería blanca, el paseante observa de espaldas al hombre en el pescante de la calandria blanca con toques dorados: Armando, de 24 años, mantiene a raya con la rienda a un caballo flaco y feo al que le laten las ventanillas de la nariz por jalar las ruedas del carruaje a las dos de la tarde por el lomo del Centro tapatío.
Armando viste una limpia camisa blanca de manga larga, pantalones de mezclilla, sombrero norteño y picudos zapatos negros. Se levanta el sombrero y deja ver una parte de su aplanado, oscuro y sudado pelo de hurón.
“Este edificio blanco es el Palacio de Justicia. En la otra esquina está la Iglesia de Santa María de Gracia, la de la cúpula roja —extiende un dedo gordo y pequeño que apunta a un edificio escondido—, aquella fue la primer catedral que hubo aquí en Guadalajara de 1549 a 1618. Y este de aquí es el Teatro Degollado, tiene cupo para mil personas”.
Tac-tac-tac-tac. El caballo aumenta el paso y dobla en Avenida Juárez.
En una pausa se aparece un educado viene-viene con rostro amenazante. Vende paletas de cajeta. Le fue mal durante el día. Se acerca un fotógrafo con camisa floreada. “Échame la mano a mí también, no seas así”.
Ni parco como camionero, ni platicador como taxista, sentado sobre un espaldar blanco en forma de corazón, Armando sigue con el recorrido sobre la tambaleante calandria con la naturalidad de un recién nacido que busca por primera vez la luz.
Las largas crines color café le ondean hacia la derecha al caballo cuando cruza Avenida 16 de Septiembre. “Mchmchmchmch”: Armando estira los labios y los frunce. El sonido que sale de su boca empuja al caballo.
Deja atrás la Biblioteca Iberoamericana y la hormigueante multitud que la circunda. Armando únicamente nombra los edificios y dice que están abiertos al público. Su manera de escatimar la historia dejaría sedientos a los más curtidos especialistas.
“Ya más pa´ delante está tranquilo. Aquí es el antiguo edificio de Teléfonos de México. Anteriormente se encontraba en media avenida. El ingeniero Matute Remus lo recorrió hacia atrás con gatos hidráulicos y rodillo, dejando a los trabajadores adentro. Fue en 1951”.
Armando guarda un largo silencio. Ignora que el sonido de las calles se mezcla con los últimos ruidos de la demolición de las casas antiguas que dan paso a la construcción de negocios como restaurantes de comida china, antros y tiendas de autoservicio. Al acercarse a Federalismo, se escucha la voz de Yuridia:
“Yo te amo con la fuerza de los mares, yo te amo con el ímpetu del viento, yo te amo en la distancia y en el tiempo, yo te amo con mi alma y con mi sangre, yo te amo como el niño a su mañana…”
Pasa el Ex Convento del Carmen.
II
De repente, como si en la seca y caliente avenida hubiera surgido un perro, un árbol caído o un hombre, un taxi del sitio 68 patina chirriando con fuerza. Se sacude, derecha e izquierda pero sin salirse de su carril. Crujiendo, recupera el cauce cuando parecía que se iba directo sobre la fila derecha de autos. Armando detiene al caballo con un fuerte jalón e interrumpe la explicación.
Ni siquiera ese trance turbó la fría expresión de los ojos del caballo. Deja atrás el Paraninfo de la Universidad de Guadalajara:
—Aquí es la antigua Universidad de Guadalajara. Ahora funciona como Museo de las Artes; y esta de acá es la Rectoría. Funciona como oficinas de la Universidad.
—Me dijiste que este edificio era la antigua universidad –interrumpe el pasajero, interesado.
—Es la antigua. Ajá.
—¿Aquí venían a estudiar? ¿Quiénes? —vuelve a interrumpir, como si no entendiera.
—Sí, era escuela. “Mchmchmchmch” —el caballo obedece la orden.
Cruzan la Colonia Americana. El tráfico se ralentiza una vez más.
—Como de qué año son las casas, ¿no sabes?
—Como de mil 800 y algo. Ira, como esa de ahí de la esquina, la que se ve en la esquina de este lado, es la única que está habitada. Ya las demás las rentan para el comercio o son propiedad del gobierno. Esta es la única habitada en su estilo. Allá, más pa´l lado, hacia mano izquierda viene siendo la Colonia la Moderna. “Mchmchmch”.
Al llegar a la imponente casa que antes rentaba Sigifredo Islas, a la altura de la calle Colonias. Armando explica:
—Del lado izquierdo era la casa de Cantinflas.
—¿Era la casa de Cantinflas? ¡A poco! —pregunta el turista, entusiasmado por la revelación.
—Sí, esa de blanco, hey. Era su propiedad.
—¿Y ahorita qué es? ¿No sabes?
—La rentaban para eventos. Namás la remodelaron y ya… No sé qué función le vayan a dar, pero la rentaban para eventos.
—¿Cómo se informan ustedes de qué es cada cosa?
—Pos ai en Secretaría de Turismo. Como dos veces por año nos dan pláticas.
III
—Esta es Chapultepé. A lo largo de esta avenida se encuentra la zona rosa de aquí de Guadalajara, —cuenta el conductor, ya dominando el diálogo—. Es corta.
—¿Y qué me puedo encontrar por ahí? —continúa, solícito, el acalorado paseante.
—Pos así como, en la noche, se ponen a vender mucha artesanía ahí por donde viene siendo la parte del camellón. Eso es los viernes, sábados y domingos. Se pone bien el ambiente en la noche ahí. Hay unos que hacen como chous pa´ la gente adulta y todo eso. Se pone muy bien.
—¿Has venido?
—Cuando doy los paseos pasamos. De hecho el carril de este lao lo cierran, lo hacen como zona peatonal.
En un semáforo en rojo, al alcanzar las costas de Avenida Américas, el caballo se detiene. Con bastante silencio acumulado, Armando muestra las erguidas e imponentes palmas que descollan en el jardín de una casa. “Bastante palma ahí”. Cuando da el verde, la calandria reanuda el paso como tortuga frente a una manada de búfalos. Tac-tac-tac-tac. Se escucha el repiqueteo de la herradura sobre el asfalto.
—Se ve bien limpio el caballo, ¿lo acabas de bañar?
—Sí, se baña en la mañana. Se le cae toda la tierra, todo el polvo. Ya en lo que lo estamos bañando, él está desayunando.
—Servicio completo.
—Hey, je, je, je, je.
Al ver que un camión se detiene a bajar pasaje impidiéndole el paso a la altura del Centro Magno, Armando se desespera. Da un pisotón a un pedazo de metal que provoca la risa del conductor de un ajado vocho:
—“¡Trin, trin!”
—¿Ese toque de campana para qué es?
—Es como si fuera el claxon. Todos traen. Mucha gente sí sabe para qué es eso. Se oye curioso, ¿edá?
Adelante observa La Glorieta Minerva y Los Arcos de Guadalajara.
—Ahí está la famosa Glorieta de La Minerva. Esos de ahí son los Arcos de Avenida Vallarta. Aquí fueron las carreras de los Panamericanos.
—¿No sabes cuándo los construyeron esos?
—Fueron como de mil 800 y algo (datan de 1941). La verdad no sé muy bien. Creo que ahí dice en el muro.
—¿Cómo les fue en los Panamericanos?
—Pos sí hubo también algo de extranjeros. Sí había turismo, pues, como si fuera periodo vacacional.
Al ingresar al circuito de La Minerva, entreverándose con todo el corpulento río de autos y de conductores frenéticos que empujan el acelerador con coraje, Armando interrumpe de nuevo su relato. Toma firmemenye la rienda y una discreta alarma se activa dentro de él. Cualquier golpe podría dejarlo sin trabajar durante el resto del día. Tac-tac-tac.
—Cuéntame de La Minerva…
—Áista La Minerva, ira… —dice cortante y continúa manejando con concentración.
Cuando sale de ese manicomio de histéricos cláxones al tener en frente el ulular de una ambulancia, responde la pregunta.
—Esta fue de cuando se empezó a engrandecer la ciudad, fue cuando la pusieron. Era un símbolo de la entrada a Guadalajara. Por aquí entraban. Es como una diosa.
Y luego, ya relajado y sin argumentos, prosigue.
—Y allá está el famosísimo hotel, el RIU. Aquel de allá. Es nuevo ese hotel. Ta muy bonito. Muy lujoso.
En el regreso, otro largo y cansado silencio. En el cruce de Américas y López Cotilla aparece haciendo malabares un hombre tatuado y de cabello rubio. “Hay unos que se visten de plateado. Hacen lo mismo. Nomás que para llamar más la atención, se cuelgan hasta el molcajete”.
Cuando van rumbo a la casa China, en la Americana, una nube cubre por un momento el sol que antes calaba firme. Un respiro.
IV
—Esta de aquí es la casa China, ira. Anteriormente sí era habitada. Funciona como oficinas del gobierno. Ahorita se encuentra en remodelación.
—¿No sabes de qué tiempo es?
—No, la verdad no. No tengo idea. Pero uno de aquí mismo de la ciudad la pidió así de ese estilo, nomás por darse el gusto.
—Ah, ¿sí?
—Sí. No la habitaba ningún chino; uno de aquí mismo del Estado. Esta de acá es la casa de José Guadalupe Zuno. Fue un gobernador del Estado. Fue político, escritor, pintor y maestro. Ahorita funciona como Archivo Histórico de la Universidad de Guadalajara. Era su casa y la donó. Ira nomás: de pura piedra.
Armando cuenta que con suerte, en un día da tres o cuatro viajes. Sus clientes más comunes: los turistas que vienen a Jalisco en familia; los más espléndidos: los borrachos. “En veces nos contratan por horas. Los llevo adonde quieran ir. A Tlaquepaque, una vez me rentaron por cinco horas”.
—¿Los llevas a pistear?
—Vienen pisteando. Ya si ellos ven un bar o algo, se bajan, compran lo que necesitan y se vienen otra vez. Pérate, ahorita vamos a agarrar Libertá y luego ya Hidalgo. Mira, aquí está el Consulado Americano. Cierran temprano. En el día ta lleno de gente aquí. Colonones y de todo para hacer el trámite de la visa.
Al dejar atrás la arbolada y calmada calle Libertad, Armando dobla hacia el Expiatorio por la Avenida Enrique Díaz de León. Cuenta que es de estilo gótico y que tardaron 60 años en construirla porque se llevó a cabo gracias a las limosnas de la ciudad. El recorrido casi concluye y cada pisada del caballo es como un segundo menos de la hora y 20 minutos que duró el viaje.
Aunque comió en la mañana y a las cuatro de la tarde, al caballo se le nota cansado.
“Come en la mañana. De tres a cuatro (de la tarde) y de 6 a 7 de la noche se le echa más. No lo llenas. Sí va a llegar el rato en que se empance; pero una hora, dos horas… y otra vez vuelve a comer. Para que se llenen un poquito más les compramos el maíz entero, porque si les echamos pura alfalfa sí se inflan de la panza. No se dejan ver flacos. Pero sin maíz es como si uno comiera sin tortilla”.
Ya sobre Avenida Hidalgo recuerda que le salieron unos jóvenes haciendo malabares. “Que me salen unos así, déstos mismos, haciendo como un tipo chou. Uno correteando al otro así como queriéndolo agarrar. Y que me salen por un lado del caballo. Nombre, el caballo ya se me andaba yendo. Que me empieza a correr, a agarrar carrera; pero aquí lo controla uno. Si uno no se pone abusado con los caballos de un de repente sacan su instinto animal. Y pa´ controlarlos…
Al llegar al paso a desnivel, se carga hacia la izquierda, del lado del Mercado Corona, pues a la derecha a veces pasa el trolebús y entorpece el recorrido. Un hilo de autos se desprende del semáforo que precede al Palacio Municipal de Guadalajara. El paseante hace la última pregunta:
—¿Y de la Catedral qué sabes?
—De la Catedral… —espera un momento, rumia la respuesta, la teje—. Adentro está una niña disecada. Según eso, dice la historia, porque el papá no era creyente de la Iglesia Católica y el sueño de la niña era hacer la primera comunión. Ella se preparó y todo y su papá le decía que prefería verla muerta que recibir la comunión de la Iglesia. Unos dicen una versión: que saliendo de la iglesia la quemó; y otros dicen que saliendo de la casa. Y la niña ahí está, con su vestido y todo. Ahí la tienen. ¿No has entrado a verla? Está disecada. Así, como si fuera momia. La quemaron. La quemó su papá.
Grita el semáforo auditivo. Cruza. Armando cobra y se despide. El turista se sacude la ropa. Siente el sudor en la espalda. Desciende. Se acabó.
Un tour tapatío
La rapidez no se lleva con la historia. Y de eso se darán cuenta las personas que esperan, formadas en fila, a que se abran las puertas del Tapatío Tour.
Con su coca de medio litro y sin corcholata a un lado del volante y un pequeño ventilador azul, el conductor deja de piquetear su celular negro y se acomoda los lentes de maldito que antes le servían de diadema en su corto y engominado cabello negro. Se ajusta la corbata. Abre la puerta. Sale. Un hombre, también embebido por su celular pregunta si ya pueden subir. Ya.
Son las dos de la tarde. Con sombrero, gorras, bolsos, y aleteantes abanicos, las cerca de 20 personas que arriban al mazacote móvil se dirigen a la parte superior del camión. Los ancianos suben con paso cansino y son rebasados por los niños, que enérgicos, suben las escaleras huyendo de sus padres. Los empleados dan unos cojines rojos. “Es que los asientos están calientes”, dicen.
Cuando el camión arranca se escucha el ulular de una ambulancia. El camión es tan alto que, si se lo permitieran, los turistas podrían tocar el semáforo con las manos. Con cámaras colgándoles del cuello, los pasajeros toman fotografías de todo, hasta de las ramas. Se sorprenden cuando el Museo Regional de Guadalajara ya está más de una calle a lo lejos y de las bocinas aún sale la explicación del sitio.
No entienden. La historia es lenta y en el Tapatío Tour se resumen cientos de años en hora y media de recorrido.
Los asientos arden. A los turistas les gusta sufrir. En vez de asirse a la planta baja para no se taladrados por el sol, bajan por otro cojín para ponérselo encima de la cabeza. Miran de refilón La Catedral Metropolitana, Plaza Guadalajara, La Rotonda, Plaza de Armas. No entienden. Más y más edificios atrás. Una bocina cuyos sonidos se entreveran con el tráfico y las charlas. Hace calor. Y sed.
Es la segunda vez que Raymundo visita Guadalajara. Oriundo del Distrito Federal, le agrada venir a la ciudad y disfrutar de la comida y la arquitectura. El tráfico le parece cosa de niños. Mientras se zampa una torta ahogada, se pregunta cómo es que hizo Jorge Matute Remus para mover un edificio por tantos metros.
“Es que en el recorrido me perdí. Debe ser más lento”.
Las imprecisiones ya se saben: en la Plaza de Armas nunca se hizo una plaza de toros en el siglo XIX; el tequila no tiene su origen en Guadalajara, sino en el municipio de Amatitán; la palabra mariachi no proviene del francés y esta agrupación no tiene trompetas; el edificio del Ayuntamiento de Guadalajara es de estilo neoclásico y la Avenida Chapultepec no es obra del arquitecto Julio de la Peña, quien la remodeló, sino de Ernesto Fuchs.
En un parpadeo, el camión liquida la historia que se desenvuelve por Avenida Vallarta y se detiene al llegar a La Glorieta Minerva. Los paseantes descienden y compran refrescos y cervezas. La Guadalajara del Centro Histórico no es la misma que está más allá del Puente Matute Remus. Rápidamente pasa de los edificios históricos plazas comerciales, centros de negocios y monumentos que descansan como elefantes blancos en la ciudad.
Raymundo dice que le gusta más la Guadalajara vieja, esa que ya casi no se ve. Un taxista le preguntó qué lugares quería visitar y él contestó que pretendía conocer la Guadalajara urbana más que la cosmopolita. Se hospedó en el Centro. Rentó un auto. Se dedicó a disfrutar de las calles.
La voz de conductor de programa de concursos que salía de las bocinas mezclada con música de mariachi cansó a los viajeros. Algunos pidieron que bajaran el volumen —no se pudo— y se dedicaron a observar sin escuchar. Son tantas fechas y tantos nombres y tantos los autos y el ruido y el calor, que los turistas terminan aturdidos. Raymundo desea que ya termine para comer y beber algo. El intratable Sol se encargó de molerle el cerebro como cebiche.
El recorrido termina con una estirada explicación sobre la historia de la Catedral Metropolitana. Raymundo desciende y pregunta cuánto cuesta un canuto de nuez. El vendedor, al comprobar su acento, le dice que 15, 20 y 25 pesos. Baratos. Raymundo se crispa y lo deja hablando solo. Tanto calor, tanta “Historia”.
CARRUAJE
Para todos los gustos
- Las Calandrias deben su nombre a que antiguamente los carruajes, que son tirados por caballos, estaban pintados de amarillo.
- Fue en 1912 cuando la Unión de Conductores de Carruaje de Alquiler comenzó a llevar a cabo estos recorridos en la ciudad.
- Los diseños y colores, cien años después, son muy variados. Algunos de estos carruajes se encuentran frente al Museo Regional de Historia.
- Los recorridos más sencillos cuestan entre 250 y 300 pesos por una hora de paseo.
En autobús
El recorrido por la ciudad de Guadalajara en el autobús panorámico de dos pisos, Tapatío Tour, comienza en la Rotonda de los hombres ilustres y algunos de los puntos que muestran a los turistas son la Catedral, Teatro Degollado, Plaza Tapatía, Centro Magno, Glorieta Minerva, Gran Plaza, Consulado Americano y el Expiatorio, esto de acuerdo a la página de internet de la empresa.
Boletos: Adultos $95 y $110; niños $55 y $65, entre semana y fines de semana, respectivamente.