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De viajes y aventuras
El camino a San Pedro Analco
GUADALAJARA, JALISCO.- San Pedro Analco es un pequeño pueblito por allá metido entre los impresionantes barrancones que el Río Santiago ha venido labrando durante millones de años en las montañas volcánicas de la Sierra Madre Occidental.
San Pedro Analco está del otro lado del río.
Algo era lo que me atraía en volver a aquel pueblito lejano donde alguna vez habíamos aterrizado en helicóptero Pablo Gerber, Pico mi hijo y yo, cuando estábamos haciendo un viaje de exploración para ver si el Río Bolaños podía ser navegable para ser explotado turísticamente como turismo de aventura, que ya desde aquellos tiempos se vislumbraba como un buen filón turístico para el Estado de Jalisco.
Pero no. No lo fue en la mayor parte de él.
Sin embargo, aquél pueblito de Analco ejerció un cierto encanto magnético en mi que me pedía regresar.
De tres cosas me acordaba de aquel viaje: La primera era del austero, vetusto y auténtico pueblito de fuerte personalidad. La segunda fue cuando aterrizamos en el helicóptero en la pequeña pista, donde para su desgracia habían amarrado una yegua a la que por poco le daba un infarto mientras veía aterrizar aquel demoníaco aparato sobre ella. La pobre saltaba amarrada con los ojos muy pelones mientras veía como la misma muerte descendía sobre ella.
Nada le pasó. (Poco después la vimos pasar orgullosa frente a nosotros luciendo a su jinete, amo y protector sobre su lomo). Y la tercera, cuando el piloto hizo descender la nave sobre las piedras que dejaban descubiertas los dos ríos: El Bolaños y El Santiago al momento de juntarse. El copiloto tuvo que bajarse a acomodar algunas de las piedras, para que los patines de la nave pudieran descansar con seguridad sobre la incierta superficie.
Como ven, buenos recuerdos, y muy intensos, eran los que me llevaban nuevamente a Analco. Siendo así reuní a mi tripulación y nos lanzamos a la barranca con el rumbo de Magdalena, La Quemada, Hostotipaquillo, La Labor, Estanzuela y… ay vamos todos, ay pa`bajo.
La brecha se estrechaba por uno de los lados con las paredes de piedra desmoronándose, mientras que del otro los precipicios de las barrancas con insistencia nos llamaban a bajar por lo rapidito.
La plática animada de mi tripulación cesó de pronto, cuando la valiente Cherokee (que no es 4 x 4) se deslizaba culebreando -pese a los frenos ABS, que no son nada buenos para la brecha- sobre las piedras sueltas de la vereda que descendía, y que nos enseñaba en cada curva las profundas simas de allá en el fondo, en donde podríamos acabar nuestra envidiable existencia tan preciada.
No dije nada para no aumentar el susto del pasaje, mientras ya le andaba yo tanteando al tormentón que nos amenazaba allá arriba en las montañas.
El olor a llanta quemada y el nubarrón oscuro de delante, me hicieron recapacitar que, una vez que ya habíamos visto el río allá abajo y el pequeñísimo puente que lo cruzaba podía dar por concluido el intento de llegar a Analco, para beneplácito de la concurrencia.
En un clarito de una de las curvas, pudimos detenernos y poner la trompa de la camioneta otra vez pa´rriba. Las llantas -ahora de subida- echaban más humo que antes esforzándose ahora por el feliz retorno.
¡Rajón! me dije a mí mismo, al mismo tiempo que recordé que “la montaña es la que manda”, y seguí hasta donde, pasando los piedronones de los deslaves llegamos a un lugar seguro, donde nos bajamos a recuperar el color de nuestras caras con un buen trago de tequila y una cervecita para el susto.
Nuestra decisión fue avalada por un par de choferes regionales que pasaron por ahí, y que nos dijeron que nunca la haríamos en la subida sin “la doble”, y menos con el tormentón que se avecinaba.
Para festejar la decisión seguimos subiendo hasta el altiplano donde, entre La Labor y Estanzuela, en una hermosísima presita -que por favor no le digan a nadie que existe- nos sentamos a comer y disfrutar de la hermosa tarde, con la gratísima compañía que traíamos a bordo.
(La tormenta nunca llegó; nomás como que nos advirtió que ahí debía de terminar el viaje).
La excursión fue ciertamente inolvidable, y me quedó clarísima la idea que un tal Mc Arthur un día dijo… ¡I shall return…!
¡San Pedro Analco… me la debes! ¡Volveré!
deviajesyaventuras@informador.com.mx
San Pedro Analco está del otro lado del río.
Algo era lo que me atraía en volver a aquel pueblito lejano donde alguna vez habíamos aterrizado en helicóptero Pablo Gerber, Pico mi hijo y yo, cuando estábamos haciendo un viaje de exploración para ver si el Río Bolaños podía ser navegable para ser explotado turísticamente como turismo de aventura, que ya desde aquellos tiempos se vislumbraba como un buen filón turístico para el Estado de Jalisco.
Pero no. No lo fue en la mayor parte de él.
Sin embargo, aquél pueblito de Analco ejerció un cierto encanto magnético en mi que me pedía regresar.
De tres cosas me acordaba de aquel viaje: La primera era del austero, vetusto y auténtico pueblito de fuerte personalidad. La segunda fue cuando aterrizamos en el helicóptero en la pequeña pista, donde para su desgracia habían amarrado una yegua a la que por poco le daba un infarto mientras veía aterrizar aquel demoníaco aparato sobre ella. La pobre saltaba amarrada con los ojos muy pelones mientras veía como la misma muerte descendía sobre ella.
Nada le pasó. (Poco después la vimos pasar orgullosa frente a nosotros luciendo a su jinete, amo y protector sobre su lomo). Y la tercera, cuando el piloto hizo descender la nave sobre las piedras que dejaban descubiertas los dos ríos: El Bolaños y El Santiago al momento de juntarse. El copiloto tuvo que bajarse a acomodar algunas de las piedras, para que los patines de la nave pudieran descansar con seguridad sobre la incierta superficie.
Como ven, buenos recuerdos, y muy intensos, eran los que me llevaban nuevamente a Analco. Siendo así reuní a mi tripulación y nos lanzamos a la barranca con el rumbo de Magdalena, La Quemada, Hostotipaquillo, La Labor, Estanzuela y… ay vamos todos, ay pa`bajo.
La brecha se estrechaba por uno de los lados con las paredes de piedra desmoronándose, mientras que del otro los precipicios de las barrancas con insistencia nos llamaban a bajar por lo rapidito.
La plática animada de mi tripulación cesó de pronto, cuando la valiente Cherokee (que no es 4 x 4) se deslizaba culebreando -pese a los frenos ABS, que no son nada buenos para la brecha- sobre las piedras sueltas de la vereda que descendía, y que nos enseñaba en cada curva las profundas simas de allá en el fondo, en donde podríamos acabar nuestra envidiable existencia tan preciada.
No dije nada para no aumentar el susto del pasaje, mientras ya le andaba yo tanteando al tormentón que nos amenazaba allá arriba en las montañas.
El olor a llanta quemada y el nubarrón oscuro de delante, me hicieron recapacitar que, una vez que ya habíamos visto el río allá abajo y el pequeñísimo puente que lo cruzaba podía dar por concluido el intento de llegar a Analco, para beneplácito de la concurrencia.
En un clarito de una de las curvas, pudimos detenernos y poner la trompa de la camioneta otra vez pa´rriba. Las llantas -ahora de subida- echaban más humo que antes esforzándose ahora por el feliz retorno.
¡Rajón! me dije a mí mismo, al mismo tiempo que recordé que “la montaña es la que manda”, y seguí hasta donde, pasando los piedronones de los deslaves llegamos a un lugar seguro, donde nos bajamos a recuperar el color de nuestras caras con un buen trago de tequila y una cervecita para el susto.
Nuestra decisión fue avalada por un par de choferes regionales que pasaron por ahí, y que nos dijeron que nunca la haríamos en la subida sin “la doble”, y menos con el tormentón que se avecinaba.
Para festejar la decisión seguimos subiendo hasta el altiplano donde, entre La Labor y Estanzuela, en una hermosísima presita -que por favor no le digan a nadie que existe- nos sentamos a comer y disfrutar de la hermosa tarde, con la gratísima compañía que traíamos a bordo.
(La tormenta nunca llegó; nomás como que nos advirtió que ahí debía de terminar el viaje).
La excursión fue ciertamente inolvidable, y me quedó clarísima la idea que un tal Mc Arthur un día dijo… ¡I shall return…!
¡San Pedro Analco… me la debes! ¡Volveré!
deviajesyaventuras@informador.com.mx