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Correr es vivir

Historias de dos hombres que viven a través del automovilismo

GUADALAJARA, JALISCO (10/AGO/2014).- Cuando te subes a un coche de carreras la primera sensación es de claustrofobia, misma que desaparece conforme avanzas los primeros kilómetros y tomas el control del vehículo, entonces sientes libertad. Correr es vivir. Todo lo que sigue para mí es esperar la siguiente carrera que voy a ver, o a la que voy a ir.

Roberto Ramírez cuenta lo anterior y añade que no es un piloto activo, pero sí un fanático del automovilismo que dejó su vida como contador para escribir sobre autos. Decisión que lo hizo feliz y evitó que muriera de aburrimiento.

La misma decisión que lo llevó a cubrir grandes eventos como Le Mans, y más tarde le abrió las puertas a practicar el manejo deportivo; y luego le dio la oportunidad de participar en las 24 horas de México.
En fin... decisión que hasta la fecha lo ha mantenido cerca del mundo de los autos, el motor de su espíritu: “Es mi principal afición, lo que alimenta mi alma”.

La pasión por los automotores no la heredó de nadie. No se la inculcaron sus padres ni sus hermanos, pues es hijo único. Entonces, ¿cómo surgió? Roberto platica que fue en una pista cerca del Estadio Azteca, él tendría 12 o 13 años la primera vez que se subió a un go-kart. La experiencia le gustó tanto que cada vez que podía se escapaba de su casa y acudía al circuito o a otro que estaba en Cuernavaca. Después, cuando tenía 14 años, tuvo la oportunidad de ver algunos Grandes Premios por cable, pues en televisión abierta no pasaban las carreras.

“Yo soy de la época de Ayrton Senna y los duelos que tenía con Alain Prost. Así fue como me atrapó la Fórmula 1”, explica el periodista deportivo sobre los tiempos en que no había internet y la información de su hobby la encontraba en las revistas que vendían en el Sanborns, lugar en el que pasaba horas leyendo sobre el deporte.

“Me hice de una colección que todavía tengo, empecé a comprar material impreso de manera ávida”, recuerda.

Como espectador, el primer Gran Premio que Roberto recuerda es el de Mónaco. Aunque dice que es probable que antes haya visto otros; la pista le impresionó por el riesgo que toman los pilotos cuando pasan por la curva ciega, ésa en la que alguna vez Sergio Pérez tuviera un accidente: “Me sorprendió que iban muy rápido y salían chispas, lo difícil es que no se veía el final del túnel”.

Hace 13 años, tras hacer un taller en periodismo le llegó la oportunidad de trabajar en un medio impreso de circulación nacional. Así empezó. Cubriendo eventos y entrevistando pilotos de diferentes categorías. Admirando su forma de dialogar con la gente. Esperando sus sesiones y analizando sus carreras. Además cubría todo lo que tuviera que ver con autos. 

“Viví cosas muy bonitas, como correr las 24 horas de México, para mí fue lo máximo, si algo voy a recordar de lo que hice en mi vida fue haber sido uno de los tres pilotos de Volkswagen”.

Otra experiencia que Roberto nunca olvidará es la que tuvo cuando a los 28 años se compró un go-kart y tenía la oportunidad de correrlo por simple gusto. “Volví a sentirme mejor que nunca”, como a los 12 años, cuando descubrió que para él correr es vivir.

La nueva oleada de fans

Roberto califica al automovilismo como un deporte elitista, difícil de practicar y de ver en México. Sin embargo, con el regreso de la Fórmula 1 al país, el periodista considera que ésto podría revertirse hasta lograr una nueva cultura.

“Cinco años es el tiempo suficiente para despertar interés y crear verdaderos aficionados, conocedores. Que formen pilotos en diferentes categorías”.
 
Para el capitalino, actualmente los fanáticos del deporte se dividen en tres: la vieja guardia, los de su generación y los “villamelones”.

Describe al primer grupo como personas de 50, 60 o 70 años que vieron las carreras de Pedro y Ricardo Rodríguez, Memo Rojas u otros hombres que pusieron a México en el mapa del automovilismo. El otro segmento  conformado por los que vieron las proezas de Ayrton Senna, y al último los “villamelones”.

Roberto augura que mucha gente que no sabe de automovilismo se sentirá atraída con el Gran Premio de México en 2015, porque en su recibo de Telmex ven la imagen de “Checo” y dicen: hay que ir a apoyarlo. “Pero eso también es bueno, que vayan y si les mueve pueden volverse verdaderos aficionados”.

***

En 1971, un Alejandro Konstantonis de cinco años acompañó a su madre a comprar un Renault 8. Mientras el niño esperaba, sus ojos se detuvieron en el auto más pequeño que se exhibía en una de las salas, y su vida cambió. “Ahí me enamoré de los Renault, fue mi primer contacto con los coches, a tal grado que soy fundador de club de fans de esa marca en México”.

Tras ese acercamiento inicial, el comunicador y especialista en automovilismo cuenta que comenzó a buscar en revistas y periódicos de su abuela todo lo que tuviera que ver con vehículos, como si su vida dependiera de ello. De esa forma aprendió no sólo de Fórmula 1, sino de todas las categorías del automovilismo.

Al crecer se decantó por trabajos que tuvieran que ver con autos. Primero talleres, después vinieron sus colaboraciones en Autoestereo 91.5 FM de Guadalajara y otros medios.

Es tanta la pasión, que Konstantonis recuerda una ocasión en la que dejó plantada a su novia por irse a ver unos entrenamientos. Tenían una cita y él llegó por ella horas después de lo acordado. Ella estaba furiosa.

“Le dije: ‘si me vas a poner a escoger entre los autos y tú, los prefiero a ellos, porque llegaron primero a mi vida’”. La joven lo entendió.

Aprender la historia

Ahora que la Fórmula 1 vuelve al país, Alejandro opina que es fundamental que la gente se documente sobre las anécdotas del deporte en México y el mundo, y cuál es su historia.

El defeño dice que tienen que saber que antes de “Checo” y Esteban hubo un Héctor Alonso Rebaque, un Pedro Rodríguez y un Ricardo Rodríguez.

“El Autódromo de la Ciudad de México se llama Pedro Ricardo Rodríguez, ¿por qué se llama así? Ricardo se mata en los entrenamientos del primer Gran Premio de México. Diez años después se mata el hermano en Alemania, es a raíz de eso”.

Su tono de voz cambia cuando rememora el Gran Premio francés de 1981, en el que su ídolo Gilles Villeneuve protagonizó un duelo con Didier Pironi. “Fue tan emocionante, nunca había disfrutado algo así. Lo único que lo superó fue cuando tuve la oportunidad de entrevistar a su hijo gracias a mi trabajo”.

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