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Con destino GDL

Las miradas de cinco personas que escogieron Guadalajara para vivir sirven para reconocer los rasgos más notorios de la urbe, que como todas, es rica en paradojas

GUADALAJARA, JALISCO (10/FEB/2013).- Guadalajara ya es demasiado grande como para poder contarla en su totalidad. Es una ciudad cada vez más plural, más abierta y dotada de más servicios y posibilidades de entretenimiento que hace apenas 15 años. Se mueve, pero mantiene también sus lacras históricas. Todo eso es percibido por sus habitantes de toda la vida o los que la escogen para vivir en ella. Es el caso de estos cinco extranjeros que describen sus mejores y sus no tan buenas experiencias en la Guadalajara que este próximo jueves 14 de febrero cumple 471 años de haber sido fundada.

“Una ciudad abierta y tranquila”

Cristian de Rivera, profesor de música y comunicador chileno, regresó a Guadalajara luego de trabajar en la Feria Internacional del Libro (FIL) porque lo hipnotizó la tranquilidad que la ciudad todavía conserva. La fórmula de  barrio, de ciudades pequeñas del mundo, en donde las personas guardan espacios de tiempo para descansar, pues su ritmo de vida es menos acelerado.

Cristian volvió porque quería conocer la arquitectura, pues durante la FIL se hospedó en el Hotel Francés y paladeó el Centro Histórico, en donde le gusta caminar y beber café acompañado de algún amigo.

“Admiro y sigo apreciando lo que en este momento se está destruyendo, que es su Centro Histórico. Todavía tú puedes venir a una hora que no hay mucha gente y sentirte que estás como en el pasado, que estás pisando la historia de una América que uno no conoció, que la conoció por libros”.

Dice que los tapatíos todavía conservan la amabilidad, “es gente que viene de esta generación donde la educación y las buenas costumbres son primordiales y prevalecen sobre los intereses personales”.

Cuando llegó a Guadalajara probó la comida mexicana “que conserva un estilo muy criollo”, diferente de la versión gourmet que se ofrece en Nueva York, ciudad en la que vivió. Le llama la atención que los tapatíos desayunen chilaquiles por la mañana, pues no está acostumbrado a la sobrecarga de proteínas y carbohidratos en un desayuno. “A las ocho o nueve de la mañana comen una comida que un occidental come después de las dos de la tarde”.

Cristian sigue sin entender la paciencia del mexicano en general cuando se trata de defender sus derechos y no reclama por ellos inmediatamente. Le cuesta mucho molestarse e ir hasta una confrontación que en otras partes del mundo sí se ve de forma inmediata.

Un ejemplo que le viene a la mente es cuando los choferes del transporte público dan mal servicio. Platican con sus cuates, “se baja a comprar cigarros y deja la micro parada ahí, con la gente arriba del camión, como si fueran costales de papa”.

A diferencia de Chile, en donde considera que la sociedad es más conservadora, Guadalajara le parece un lugar abierto a la diversidad sexual.

“Si te parece que estos son malos, no has visto nada”

Dice Orlando del Águila que la comida de Guadalajara está muy buena, “pero la cosa es que a todo le ponen chile y eso es insoportable a veces”. El día que llegó de Valencia, Venezuela, para trabajar en una empresa como ingeniero de software, vio a una vendedora de fruta picada en la calle y se acercó a comprar. “Cuando le puso chile eso estuvo muy raro”.

Apenas tiene seis meses en la ciudad y dice que no hay tanto tráfico como en Valencia, que es un caos todo el tiempo y para recorrer aproximadamente 20 kilómetros en automóvil en ocasiones se tarda una hora y media. Guadalajara le parece moderna, “tiene construcciones nuevas y ese tipo de cosas. Chévere”.

Aunque vive en Zapopan, la zona de Chapultepec le parece “tremenda”. Hay mucho movimiento, la gente es muy amable y abierta, a diferencia de Venezuela, que por la inseguridad que se vive la gente es más cuidadosa a la hora de hablar con algún extraño. En México no pasa eso.

Sus familiares le dijeron que no viniera a México porque era muy peligroso pero él se aventuró. “Cuando uno imagina México desde el extranjero piensa que todo es Ciudad Juárez”. Llegó un domingo y se encontró con la Vía RecreActiva y mucha gente en la calle. Dice que en Venezuela esa clase de esfuerzos no existen y tampoco hay vías para los ciclistas. También visitó Chapultepec y observó actividades culturales en las que participaban jóvenes.

Nota que la gente es más amable pero el clima “sí está un poco loco”, pues a la semana que llegó vio caer granizo, “en mi vida  había visto granizo”. Cuando necesita ayuda de un tapatío para encontrar una dirección, éste se para a responder con amabilidad. En Venezuela la gente es desconfiada cuando está en la calle. Ayudar a extraños es algo que se ha perdido con el tiempo en su país.

A pesar de que ha escuchado que el servicio de transporte público es deficiente, considera que los camiones son más modernos y cuidados que los de Venezuela. “Imagínate, si te parece que estos son malos no has visto nada”.

“O te acostumbras o de plano vete”

A Manue, masoterapeuta de nacionalidad francesa, “La Perla de Occidente” no le parece “tan perla”. Desde hace 10 años siente que hace más calor y este invierno los zancudos no se murieron, por eso sigue durmiendo con un mosquitero en su habitación.

Cuando llegó a la ciudad hace 12 años vio una cultura diferente y todo le pareció maravilloso, exótico, wow, pero cuando su visión encalleció, entendió cómo funcionan algunos asuntos en la ciudad y ya no le pareció tan bonita.

Lo que siempre le ha gustado y eso no ha cambiado es la capacidad de improvisación de los tapatíos y del mexicano en las relaciones, el amor, los asuntos administrativos, etcétera. Todo relacionado con una práctica “de doble filo”, pues puede resultar positivo o desfavorable.

Esta profesionista de 40 años de edad llegó a la entrevista en bicicleta y aunque considera que en la ciudad hay un esfuerzo por mejorar las condiciones de las vías para los ciclistas, falta mucho por hacer. Al pedalear se traslada más rápido y no pelea con los viene-viene. Le sorprende que no se haga nada por quitarlos y ha observado que sus compañeros les dan dinero por evitarse un problema.

“Ya me tienen un poquito harta. Para mí se volvió una presión que antes no había. Alrededor del Teatro Diana te cobran 40. Para mí son unos déspotas. Es demasiado. Y sí te rehúsas por la razón que sea realmente te va mal”.

Para poder radicar en la ciudad tuvo que cambiar su discurso directo por uno prudente en temas como religión y sexualidad y no hablar de ellos con cualquiera. “O te acostumbras o de plano vete, cambia de región, de ciudad o de país”, dice y luego bebe un sorbito de su té, todavía caliente.

Un ejemplo de esa prudencia es que se dice “masoterapeuta” aunque no tenga nada de terapeuta. Es una masajista, pero si dice eso en algunos círculos tapatíos se mete en un problema y es incómodo porque la confunden. Por eso nada más da masajes relajantes que alivian el estrés mayoritariamente a mujeres y a hombres que conoce directamente.

Guadalajara le enseñó a ser flexible, ya que la educación que recibió en Bretaña, ciudad ubicada al Noroeste de Francia, fue muy directa, allá le decía a alguien que algo no le gustaba y no había problema, los desacuerdos no generan chispas.

Aunque las comparaciones nunca son buenas, le gusta que en Guadalajara se puede comer a cualquier hora y El Santuario es uno de sus lugares preferidos porque encuentra pozole, flautas y chiles rellenos a un precio justo.

Uno de los detalles que le llaman la atención es que al ser una ciudad amplia y la segunda con mayor importancia a nivel nacional, Guadalajara tenga sólo dos líneas del Tren Ligero.

“De plano se me hace completamente loco que en una ciudad tan grande y tan extendida como Guadalajara no haya metro. Hay dos líneas de Tren Ligero. Somos la segunda ciudad más importante de México. Me sorprende y no de la buena manera”.

“Conservadores con aires de rebeldía”

Cuando Héctor Claudio Farina, periodista y profesor universitario de origen paraguayo llegó a México, gran parte de su imaginario mexicano se desmitificó. En Asunción —en donde trabajaba como reportero de la sección de Economía del diario La Nación—, escuchaba la voz de los mexicanos e imaginaba un tono golpeado, autoritario, machista, proveniente del típico personaje que tiene un sombrero grande y un bigote espeso; pero en realidad no era así.

De Guadalajara le llamó la atención el Centro Histórico. Pensó que se estaba mudando de casa, pues en Paraguay caminaba todos los días por el primer cuadro de Asunción, ciudad tranquila y nostálgica, por cuyas calles viaja el sonido de las arpas y las guitarras y pueden observarse construcciones con más de 300 años de antigüedad a un costado de un edificio ultramoderno: Guadalajara se parecía a Asunción en esa dicotomía.

Maestro y doctorante en Ciencias Sociales, Farina considera que por momentos la ciudad se muestra colonial pero sin dejar de lado su lado moderno, un jaloneo que no termina de definirse.

“Los tapatíos tienen como esa costumbre de conservar sus museos y decir ‘estos somos nosotros’, pero también ‘queremos decir que somos modernos’, entonces no importa que haya un museo de hace 300 años y que al lado pongan un estacionamiento o edificios ultramodernos”.

Durante sus primeros años en la ciudad se avecindó en las cercanías del Estadio Jalisco, en donde vivió experiencias culturales extraordinarias parecidas a las que tuvo en su país cuando asistía al Estadio Manuel Ferreira, que alberga los partidos del Olimpia, equipo del cual Farina es aficionado. Una de las experiencias que lo marcó en Guadalajara fue la culinaria. Los sábados, día en que se disputan los partidos del Atlas, Farina veía sorprendido a una señora preparando carnitas; un señor mojando en salsa una torta ahogada o sirviendo un plato de birria o menudo.

“Bibliófago”, Farina dice que los tapatíos son conservadores con visos de rebeldía pero no de revolución, “gente que tiene un pensamiento medio conservador y que por momentos se rebela, pero como decía Octavio Paz, la diferencia entre un rebelde y un revolucionario es que el rebelde es el que se separa de algo, se niega a acatar una orden, se manifiesta en contra y se separa; el revolucionario, además de eso, implanta una idea y logra cambiar un orden establecido de cosas, logra transgredir un sistema, una forma de pensar, una forma de actuar”.

“Yo tengo suerte por el malinchismo”


A Damiano Calore, arquitecto de origen italiano, siempre le gustó México y por eso, luego de que terminó el servicio militar en la marina de su país, decidió aventurarse en el año 2000 a Guadalajara. Quería pasar un año sabático y quitarse una piedrita del zapato.

Guadalajara le ofreció el equilibrio perfecto entre un pueblo “chiquito” y una ciudad con grandes posibilidades de crecimiento. Ni tan grande como Roma ni tan caótica como Buenos Aires. “Todavía encuentras gente que te habla en el camión. Te vas a Roma o a Buenos Aires y nadie te habla, todos enfocados en su trabajo. Aquí encuentras gente que te saca plática”.

Decidió estudiar arquitectura en una universidad incorporada a la Universidad de Guadalajara (UdeG), pues tenía dos primos que estaban estudiando en el municipio. Le encantó la ciudad. Pensó en que lo único que le faltaba era la playa. Reconoce que encontró oportunidades por ser extranjero.

“Eso es muy triste decirlo, pero yo tengo suerte por el malinchismo. Es que la verdad para qué lo negamos. Si yo fuera de Michoacán y llego aquí ‘ah, chido’ y hasta ahí, pero como soy italiano le parezco más interesante a la gente, aunque no creo que sea una cosa que pase nada más en Guadalajara”.

De madre mexicana y padre italiano, considera a otros tapatíos un poco clasistas. Cuando lo abordan le preguntan por la pasta, la pizza, “los italianos siempre visten elegante”, estereotipos, aunque no dejan de ser mexicanos y le caen bien.

Además, cuando arribó a la ciudad no sabía hablar ni escribir bien en español, entonces algunos tapatíos aprovechaban para  cobrarle de más. “Tómala, cachetón, y más caro”.

Oriundo de Leporano, un pueblo sencillo “en el tacón de la bota” de Italia, Damiano se acostumbró a ver pescadores y agricultores. Por eso encuentra más empatía entre la gente sencilla de la ciudad.

Le gusta la diversidad de lugares para divertirse en Guadalajara. Chapultepec le gusta porque le recuerda las ramblas de Barcelona y también disfruta del Centro Histórico y su ambiente “arrabalero”. “Está chido que tú puedas variar. Vas a Milán y ves gente fresona o trabajadora y se acabó. Vas al Sur de Italia y ves gente humilde y que te habla sólo de futbol. Y si quieres ver una cosa cultural te tienes que mover de ciudad. Aquí no”.

En su visión, la ciudad se defiende en muchos aspectos contra otras ciudades, pero es en el transporte público en donde le salen todos los nudos al peine por el mal servicio. “Es en donde se nota que México es tercer mundo”.

Al venir de un país en donde no escasean los edificios y los rascacielos, le sorprende que Guadalajara tenga más interés en levantar construcciones parecidas y no conservar las casas de dos y tres pisos, que es parte de su esencia arquitectónica.

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