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Aprender de ellos
Discapacidad y santidad
Los últimos 30 años de mi vida han transcurrido cercanos a la discapacidad. Martita, mi hija, una chica con discapacidad intelectual, me ha conducido por caminos desconocidos y contradictorios para la mayoría de los mortales y que por supuesto nunca imaginé. Desde hace tiempo me asalta una incomoda y complicada duda; incómoda por mi condición de católico y complicada por mi declarada ignorancia para resolverla satisfactoriamente: ¿por qué, transcurridos dos mil años, no está en los altares ninguna persona con discapacidad elevada a la condición de Santo?
La duda me asalta, no desde el simplismo con el que muchas personas, incluso muchos sacerdotes explican la condición de los seres con discapacidad: “Son unos angelitos”, sino desde la propia definición de santidad: acercarse a la suprema perfección de Dios, siendo incompatible con todo pecado, con todo defecto, con toda imperfección de entendimiento y voluntad.
Confieso, sin entenderlo claramente, como poco claramente podemos entender lo que pasa en el interior, intelectual y espiritual de una persona con retardo mental, que dada su capacidad de razonamiento, entendimiento y voluntad, se impida llegar al conocimiento de sus anhelos, aspiraciones y objetivos de vida; pero existen discapacidades, como la parálisis cerebral, aquella cuya manifestación alcanza severas restricciones en la motricidad y lenguaje, pero la capacidad intelectual queda intacta, incluso superada frecuentemente más allá de la media normal, que son ejemplos de piedad, pureza, resignación, tolerancia, perdón y amor.
He tenido la dicha de conocer muchos jóvenes, hombres y mujeres, con parálisis cerebral. Conocerlos y tratarlos ha sido una indescriptible experiencia. Seres dotados de maravilla y asombro que contrastan con nuestra proclividad a la quejumbre y el derrotismo, seres que enfrentan la vida con un optimismo sin límite, que despiertan cada día para luchar contra todo tipo de adversidades, comenzando por la implacable discriminación en todas sus manifestaciones y que terminan su jornada amando, tolerando y perdonando gracias a su aplastante caudal de virtudes.
Cómo no admirarnos ante tal condición de perfección, cómo no pensar que son seres santificables dedicados y consagrados a Dios. Hombres y mujeres que a lo largo de miles de años han padecido desprecios, incomprensiones y hasta agresiones, que los hemos aislado a vivir en la parte invisible del mundo, injusticia terrible a la que han respondido con un silencio abnegado convirtiéndose en tejedores insustituibles de la verdadera tolerancia y del verdadero perdón como prueba máxima de amor a Dios.
Las personas con discapacidad han tenido que soportar ser marcados, según la época de la historia, con diferentes y crueles estigmas. Deberíamos meditar si acaso no ha llegado la hora de marcarlos con el estigma, real y verdadero que su naturaleza exige: el estigma de la santidad.
Debo reconocer mi ignorancia en temas tan complejos como los procesos de santificación en una Iglesia milenaria y escrupulosa, pero puedo afirmar por múltiples experiencias que muchas personas con discapacidad, admirables y pacientes, han soportado y soportan sus difíciles y vulnerables condiciones de vida, vidas ascéticas y sacrificiales porque aman a Dios, amén de los amenes.
La duda me asalta, no desde el simplismo con el que muchas personas, incluso muchos sacerdotes explican la condición de los seres con discapacidad: “Son unos angelitos”, sino desde la propia definición de santidad: acercarse a la suprema perfección de Dios, siendo incompatible con todo pecado, con todo defecto, con toda imperfección de entendimiento y voluntad.
Confieso, sin entenderlo claramente, como poco claramente podemos entender lo que pasa en el interior, intelectual y espiritual de una persona con retardo mental, que dada su capacidad de razonamiento, entendimiento y voluntad, se impida llegar al conocimiento de sus anhelos, aspiraciones y objetivos de vida; pero existen discapacidades, como la parálisis cerebral, aquella cuya manifestación alcanza severas restricciones en la motricidad y lenguaje, pero la capacidad intelectual queda intacta, incluso superada frecuentemente más allá de la media normal, que son ejemplos de piedad, pureza, resignación, tolerancia, perdón y amor.
He tenido la dicha de conocer muchos jóvenes, hombres y mujeres, con parálisis cerebral. Conocerlos y tratarlos ha sido una indescriptible experiencia. Seres dotados de maravilla y asombro que contrastan con nuestra proclividad a la quejumbre y el derrotismo, seres que enfrentan la vida con un optimismo sin límite, que despiertan cada día para luchar contra todo tipo de adversidades, comenzando por la implacable discriminación en todas sus manifestaciones y que terminan su jornada amando, tolerando y perdonando gracias a su aplastante caudal de virtudes.
Cómo no admirarnos ante tal condición de perfección, cómo no pensar que son seres santificables dedicados y consagrados a Dios. Hombres y mujeres que a lo largo de miles de años han padecido desprecios, incomprensiones y hasta agresiones, que los hemos aislado a vivir en la parte invisible del mundo, injusticia terrible a la que han respondido con un silencio abnegado convirtiéndose en tejedores insustituibles de la verdadera tolerancia y del verdadero perdón como prueba máxima de amor a Dios.
Las personas con discapacidad han tenido que soportar ser marcados, según la época de la historia, con diferentes y crueles estigmas. Deberíamos meditar si acaso no ha llegado la hora de marcarlos con el estigma, real y verdadero que su naturaleza exige: el estigma de la santidad.
Debo reconocer mi ignorancia en temas tan complejos como los procesos de santificación en una Iglesia milenaria y escrupulosa, pero puedo afirmar por múltiples experiencias que muchas personas con discapacidad, admirables y pacientes, han soportado y soportan sus difíciles y vulnerables condiciones de vida, vidas ascéticas y sacrificiales porque aman a Dios, amén de los amenes.