Desastres francos

NORBERTO ÁLVAREZ ROMO

Seguimos con el tema del agua. Nuestro problema aquí es que siempre hay lugares y tiempos en que nos falta, y lugares y tiempos en que nos sobra. Por haber despreciado la planimetría del territorio y la topografía del campo, el crecimiento desordenado de la ciudad que se hizo sobre los arroyos es la causa principal de las inundaciones repetidas cada época de lluvias. Los desvíos, tapones y barreras a los cauces naturales de agua que se improvisaron para fraccionar, urbanizar y rápidamente vender lotes y casas, han probado ser insuficientes al mediano plazo, en el mejor de los casos.
Debido a las deficiencias técnicas y éticas, el riesgo se esparce por la ciudad sin definir criterios de prevención. Al mismo tiempo, persiste la suposición de que la ejecución de obras correctivas podría neutralizar los perjuicios de un crecimiento erróneo. El rol de la obra pública se ha convertido en una cuestión de fe; su realización aparece a la vez como parte de la solución de los errores del pasado y la semilla de los problemas nuevos que vendrán. Dicho simplemente, aquí le metemos dinero bueno al malo, a pesar de las advertencias.
En contraste, la mejor inversión a largo plazo sería la que se realizara para lograr una educación general de buena calidad (especialmente político urbanistas). Nuestra metrópoli encuentra hoy en el umbral del desarrollo tecnológico sustentado primordialmente en las nuevas tecnologías de la comunicación y la información y en la biotecnología. Se reconoce ampliamente que aquí queremos dejar atrás aquella era del progreso en la que la fuente de las ventajas de una ciudad fue el acervo de su capital o trabajo físico disponible.
Hoy soñamos con entrar en la era de la globalización, donde la base de la ventaja competitiva reside en la capacidad para adquirir, transmitir y aplicar conocimientos, y en la disponibilidad de contar con un medio ambiente sano y agradable para hacerlo; sobre todo con sus espacios y servicios urbanos saludables.
El mercado profesional de las nuevas generaciones es cada día más exigente sobre la competitividad y vigencia de los conocimientos técnicos especializados. Sin embargo, el desarrollo tecnológico ha hecho que paralelamente a la “sociedad del conocimiento” se desarrolle un fenómeno al que se le reconoce como “sociedad del riesgo”. En Guadalajara ya vivimos característicamente en una sociedad de lato riesgo; nuestro desarrollo urbano e industrial actual ha creado nuevas formas de riesgo e impone una peligrosidad distinta a la acostumbrada hace poco. Nos encaminamos hacia una nueva modernidad en la que el eje que estructura nuestra ciudad no es ya la distribución de sus bienes, sino de sus males.
No es ya el aprovechamiento de nuestras riquezas, sino la minimización del riesgo y la inseguridad lo que activa hoy a la gente.
Aprender a reconocer y convivir con el nuevo orden de riesgo plantea a nuestra ciudad importantes cuestiones de carácter múltiple. Aparecen, por ejemplo, problemas relativos al papel de los expertos en la elaboración de políticas públicas encaminadas al manejo y regulación del riesgo. Se plantea también la cuestión de la justicia en la distribución social de riesgos y la participación pública en su gestión. Y dado que muchos de los riesgos tecnológicos actuales no respetan las fronteras, surgen problemas también relativos a la coordinación entre otros municipios, ciudades y estados. Lamentablemente, nuestra forma tradicional de Gobierno resulta ser insuficiente frente a las profundas transformaciones ambientales y sociales que el desarrollo está produciendo en nuestra ciudad. Aquí, el funcionamiento de la política pública ya deja mucho que desear. Francamente, se ve en el horizonte que las cosas seguirán empeorando antes de empezar a mejorar.

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