México
Doce años después…
El sábado 30 de agosto de 1997, el régimen mexicano estuvo a punto de sufrir una sacudida fenomenal en su sistema político
El sábado 30 de agosto de 1997, el régimen mexicano estuvo a punto de sufrir una sacudida fenomenal en su sistema político. Por unas horas, largas horas que habían comenzado la noche del viernes 29, se corrió el riesgo, real, palpable, de que no se instalara la LVII Legislatura en la
Cámara de Diputados y se desatara una espiral de ingobernabilidad.
La pérdida de la mayoría del Partido Revolucionario Institucional ( PRI) abrió un boquete al control que durante décadas ejerció en el Congreso de la Unión, y el espacio fue aprovechado por las fuerzas partidistas adversarias del tricolor, que en un ejercicio inusitado de consensos, lograron conformar primero el llamado “Bloque opositor”, y luego, ya de última hora para poder cumplir los plazos constitucionales, instalar la nueva Legislatura. Los diputados priistas no acudieron a la instalación, pero luego se integraron a los trabajos del periodo ordinario de sesiones.
EL INFORMADOR publicó en su edición del domingo 31 de agosto: “Con 260 diputados de oposición, integraron la Cámara”. Se sellaba así el desenlace de un episodio central en la vida política de las últimas décadas en el país. Por primera ocasión en mucho tiempo los diputados federales dieron la espalda al control presidencial y mostraron, en los hechos, que se iniciaba una nueva era institucional en la que se conformaba un órgano plural con un gobierno interno en el que las fracciones opositoras tendrían el mando.
Desde entonces, hace dos sexenios, se hizo indispensable que se acometiera una reforma política de gran calado, pero sólo se acumularon decisiones que si bien fortalecieron las instituciones y abrieron la puerta a condiciones democráticas de competencia electoral, no tocaron espacios que se hacen necesarios para robustecer a los partidos, a los poderes y a los ciudadanos. Se ha fragmentado el poder, se han tensado las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo hasta llegar casi a la parálisis o el boicot, se ha sobredimensionado la fuerza de los partidos que han llegado a ser entidades con enorme riqueza o incluso franquicias familiares.
Han transcurrido las primeras 48 horas desde que el Presidente Felipe Calderón hizo público su decálogo de propuestas para acometer una gran reforma política. Es difícil saber cuál será su destino, pero de entrada ya se abrió un interesante debate que seguramente tomará pausa durante las festividades decembrinas, y es previsible que en el Senado de la República se propicie una discusión que lleve a la presentación de más iniciativas en torno a los temas de la reelección, las candidaturas ciudadanas, la reducción del número de legisladores federales, junto con el resto del catálogo presidencial, y más.
Lo que se destapó hace 12 años debe cerrar el ciclo con la modernización del régimen político.
La pérdida de la mayoría del Partido Revolucionario Institucional ( PRI) abrió un boquete al control que durante décadas ejerció en el Congreso de la Unión, y el espacio fue aprovechado por las fuerzas partidistas adversarias del tricolor, que en un ejercicio inusitado de consensos, lograron conformar primero el llamado “Bloque opositor”, y luego, ya de última hora para poder cumplir los plazos constitucionales, instalar la nueva Legislatura. Los diputados priistas no acudieron a la instalación, pero luego se integraron a los trabajos del periodo ordinario de sesiones.
EL INFORMADOR publicó en su edición del domingo 31 de agosto: “Con 260 diputados de oposición, integraron la Cámara”. Se sellaba así el desenlace de un episodio central en la vida política de las últimas décadas en el país. Por primera ocasión en mucho tiempo los diputados federales dieron la espalda al control presidencial y mostraron, en los hechos, que se iniciaba una nueva era institucional en la que se conformaba un órgano plural con un gobierno interno en el que las fracciones opositoras tendrían el mando.
Desde entonces, hace dos sexenios, se hizo indispensable que se acometiera una reforma política de gran calado, pero sólo se acumularon decisiones que si bien fortalecieron las instituciones y abrieron la puerta a condiciones democráticas de competencia electoral, no tocaron espacios que se hacen necesarios para robustecer a los partidos, a los poderes y a los ciudadanos. Se ha fragmentado el poder, se han tensado las relaciones entre Ejecutivo y Legislativo hasta llegar casi a la parálisis o el boicot, se ha sobredimensionado la fuerza de los partidos que han llegado a ser entidades con enorme riqueza o incluso franquicias familiares.
Han transcurrido las primeras 48 horas desde que el Presidente Felipe Calderón hizo público su decálogo de propuestas para acometer una gran reforma política. Es difícil saber cuál será su destino, pero de entrada ya se abrió un interesante debate que seguramente tomará pausa durante las festividades decembrinas, y es previsible que en el Senado de la República se propicie una discusión que lleve a la presentación de más iniciativas en torno a los temas de la reelección, las candidaturas ciudadanas, la reducción del número de legisladores federales, junto con el resto del catálogo presidencial, y más.
Lo que se destapó hace 12 años debe cerrar el ciclo con la modernización del régimen político.