Jalisco

Vuelve la vida al oasis que se quemó

El incendio de noviembre dejó secuelas que aún no se borran: árboles chamuscados, falta de bancas y monumentos derretidos

GUADALAJARA, JALISCO (06/MAR/2011).-  Por las tardes, con el calor de marzo, los vientos que soplan en la amplia explanada del Jardín de San José convierten a este espacio en un pequeño oasis para descansar en el Centro de Guadalajara: es fresco, por las noches está iluminado, da sensación de seguridad, los jardines lucen el pasto recién podado, se ve poca basura y el paisaje invita a visitarlo con la familia, la pareja o los amigos; y, aunque parezca increíble, el estruendo del tráfico de la Avenida Alcalde apenas se escucha.

Poco a poco, pequeños grupos de tapatíos se han dedicado a rescatar la vitalidad del jardín, ubicado entre las calles Reforma y San Felipe, entre la Avenida Alcalde y el andador Silverio Núñez. Y, precisamente porque lo disfrutan, dicen que ya es hora de que la recuperación sea completa: que, por fin, el Ayuntamiento de Guadalajara cumpla con la rehabilitación del sitio, que fue el escenario del incendio del 21 de noviembre de 2010, cuando un cortocircuito le arruinó la temporada navideña a los comerciantes del tradicional tianguis de la zona y consumió los 200 puestos que estaban instalados.

El fuego también arruinó el parque. El Ayuntamiento de Guadalajara aplicó una rápida intervención de emergencia en aquel noviembre, lo salvó del desastre y hasta resucitó al tianguis. Pero las huellas del siniestro aún pueden advertirse. La mayoría de los árboles, por ejemplo, están chamuscados: hay troncos que parecen saludables pero basta con caminar alrededor para descubrirlos negros y secos; si uno mira hacia arriba, puede descubrir que las brillantes flores de una “lluvia de oro” conviven con las oscuras ramas de otros árboles. Una altísima palmera en el centro del parque parece una escultura de chapopote. Otras más chaparras tienen toda la base quemada. Usuarios de la zona y comerciantes de los negocios cercanos recuerdan que el Ayuntamiento tapatío prometió que volvería para retirar los árboles más dañados, por el riesgo de que se cayeran con las lluvias, que cada vez están más cerca. Cuando soplan las ventoleras de marzo, uno tiene la sensación de que los troncos empezarán a crujir.

Una pareja de jóvenes se ha adueñado de un cuadrito de pasto. Ella supo que hubo un incendio, pero dice que, por el buen estado actual del jardín, no habría creído que fue aquí; él lo visita más seguido y dice que lo ve recuperado. ¿Ya voltearon a ver la palmera rostizada que tienen aquí a cinco metros? “Si no nos dicen, ni cuenta nos damos. A ver si no se cae ahorita”.

La palmera en cuestión parece bastante firme y, de hecho, los árboles menos dañados ya dieron brotes. Pero eso es madera viva. El busto del general José Silverio Núñez, en cambio, era de puro bronce: sobre el pedestal de piedra al centro del jardín sólo quedó una barroca pieza de metal retorcido y no hay manera de saber si aquí se homenajeaba a un prócer o al arte abstracto. La estela del Monumento a la Reforma, con los nombres de los políticos jaliscienses, tiene todavía sus dos placas de bronce, pero se ven retorcidas como los libros puestos a secar después de una inundación. Bajo la leyenda “A la Reforma”, la mitad de las letras se derritieron. En varios sitios, el piso de piedra que el Gobierno municipal no ha renovado luce agujeros y manchas oscuras. A la fuente sólo le acomoda un adjetivo: chamagosa.

Tras el incendio también desaparecieron los “monos” encadenados del andador Silverio Núñez, unos pilotes de fierro en el cruce con la calle San Felipe que impedían que los autos se subieran al área peatonal —el Ayuntamiento los recogió con todo y cadena “porque dizque había que inventariarla”, recuerda una comerciante—; hoy ya es costumbre que los camiones de Aseo Público se trepen hasta medio parque… y no es que esté bien, pero los vecinos agradecen que el jardín se ve limpio y que por todos lados brotaron basureros metálicos y papeleras de plástico.

Pero lo que de veras extraña todo el mundo son las bancas. “Las prometieron para enero”, recuerda un vendedor de audífonos y lo confirma el joven de los elotes de Reforma: “Se ve a la gente que se tiene que sentar en el pasto; el parque se ve bien así, pero hacen falta las bancas”. A cambio, el jardín está sembrado de “chipotes” de cemento con tornillos, ideales para que se tropiecen los viejitos, según los empleados de una ferretería y de una tienda de abarrotes. Un árbol cercano a San Felipe exhibe un pequeño grafiti de ejemplar caligrafía: “Queremos las bancas”, como demostración de que los quejosos no son pocos.

Mientras las prometidas reparaciones llegan, el jardín luce como un sitio ideal para hacer una pausa en medio del escándalo tapatío, gobernado por los camiones, los autos y el solazo de marzo. Los visitantes hablan bien del sitio —aunque hay quien se queja que por la noche llegan los borrachitos o parejitas demasiado entusiastas—, pero pide que las autoridades municipales se acuerden de arreglarlo. Para ellos, es importante: es un pequeño oasis en pleno Centro de la ciudad.

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