Jalisco
Fundador de la Cruz Roja Internacional
Irónicamente, su débil capacidad académica lo obligó a dejar sus estudios y probar suerte en los negocios
Nació en 1828 en Ginebra, Suiza en el seno de una familia profundamente altruista. Desde pequeño entendió el valor y la necesidad de la colaboración social al ver a su padre ayudar a huérfanos y ex convictos, mientras su madre trabajaba por los pobres y los enfermos.
Tal impacto tuvieron en su formación, que a sus 24 años de edad, ayudó en la fundación de la “Asociación Cristiana de Hombres Jóvenes” (YMCA) de Ginebra y un año más tarde colaboró en la internacionalización de la misma.
Irónicamente, su débil capacidad académica lo obligó a dejar sus estudios y probar suerte en los negocios.
Como representante de la Compañía Ginebrina de las Colonias de Sétif (África del Norte) decide emprender un negocio de cultivo y comercio de trigo junto con otras colonias extranjeras aledañas.
Al ver que autoridades coloniales no cooperaban para la justa delimitación territorial y concesión de agua, Dunant decidió acudir directamente al emperador Napoleón III para solucionar el problema.
Ya que el emperador estaba al frente de las tropas francesas en Italia, Dunant tuvo que trasladarse hasta su cuartel general para encontrarlo, viaje que cambiaría para siempre su vida.
Al ir en busca de Napoleón III, Dunant fue testigo de una de las batallas más sangrientas del siglo XIX: la Batalla de Solferino.
Cerca de 40,000 cadáveres y heridos yacían en el campo de batalla sin atención médica alguna. Impactado, movilizó a los ciudadanos para asistir a los lesionados sin importar su bando, acuñando así el término “tutti fratelli” (“todos hermanos”). Aun sin embargo, entendió que la necesidad de asistencia rebasaba esa batalla.
Al regresar a Ginebra, en 1862, publicó su libro Un recuerdo de Solferino donde redacta una innovadora propuesta en la que convoca a las naciones a formar sociedades de apoyo capacitando voluntarios para asistir a los heridos en tiempos de guerra de manera neutral.
Para1863, la Sociedad Ginebrina de Asistencia Publica designa un comité de cinco personas, incluyendo a Henry Dunant, para gestar el plan que eventualmente se convertiría en la Cruz Roja Internacional.
En 1864, con la participación de 16 naciones, se aprobaron las propuestas que delinearían la primera Convención de Ginebra, la cual garantiza el apoyo médico neutral a todos los heridos de guerra.
No satisfecho, Dunant expande el alcance de estas resoluciones para también brindar apoyo a todas las víctimas de catástrofes naturales.
Volcado totalmente en sus ideales, Dunant desatendió sus negocios y, para 1867, estaba en bancarrota. Aquellas dificultades territoriales que habían, accidentalmente, encendido su causa, eran ahora una tragedia financiera tanto para Dunant como para todos los involucrados. Increíblemente, Dunant pasó de ser un héroe humanitario, a un paria de la sociedad ginebrina; un vagabundo.
El hombre que había abogado internacionalmente por la asistencia desinteresada de los heridos, vivía ahora en las calles, comía lo que encontraba, blanqueaba sus camisas con gis y coloreaba sus trajes con carbón para disimular su presentación precaria.
Dunant permaneció en el olvido hasta que en1895, en un pequeño cuarto de un hospicio de Heiden, Suiza, fue descubierto por un periodista alemán el cual publicó su caso provocando el merecido reconocimiento mundial.
Una vez más haciendo historia, en 1901, Henry Dunant recibe el primer Premio Nobel de la Paz.
Aun así, Henry Dunant decide pasar el resto de su vida en aquel pequeño cuarto del hospicio de Heiden. Al morir en 1910, tras repartir sus bienes, deja patrocinada una cama en ese hospicio para asistir siempre a quien sea que fuera el paciente más pobre y más necesitado del pueblo.
Gracias al hombre que pasó, hoy la Cruz Roja Internacional, permanece.
Tal impacto tuvieron en su formación, que a sus 24 años de edad, ayudó en la fundación de la “Asociación Cristiana de Hombres Jóvenes” (YMCA) de Ginebra y un año más tarde colaboró en la internacionalización de la misma.
Irónicamente, su débil capacidad académica lo obligó a dejar sus estudios y probar suerte en los negocios.
Como representante de la Compañía Ginebrina de las Colonias de Sétif (África del Norte) decide emprender un negocio de cultivo y comercio de trigo junto con otras colonias extranjeras aledañas.
Al ver que autoridades coloniales no cooperaban para la justa delimitación territorial y concesión de agua, Dunant decidió acudir directamente al emperador Napoleón III para solucionar el problema.
Ya que el emperador estaba al frente de las tropas francesas en Italia, Dunant tuvo que trasladarse hasta su cuartel general para encontrarlo, viaje que cambiaría para siempre su vida.
Al ir en busca de Napoleón III, Dunant fue testigo de una de las batallas más sangrientas del siglo XIX: la Batalla de Solferino.
Cerca de 40,000 cadáveres y heridos yacían en el campo de batalla sin atención médica alguna. Impactado, movilizó a los ciudadanos para asistir a los lesionados sin importar su bando, acuñando así el término “tutti fratelli” (“todos hermanos”). Aun sin embargo, entendió que la necesidad de asistencia rebasaba esa batalla.
Al regresar a Ginebra, en 1862, publicó su libro Un recuerdo de Solferino donde redacta una innovadora propuesta en la que convoca a las naciones a formar sociedades de apoyo capacitando voluntarios para asistir a los heridos en tiempos de guerra de manera neutral.
Para1863, la Sociedad Ginebrina de Asistencia Publica designa un comité de cinco personas, incluyendo a Henry Dunant, para gestar el plan que eventualmente se convertiría en la Cruz Roja Internacional.
En 1864, con la participación de 16 naciones, se aprobaron las propuestas que delinearían la primera Convención de Ginebra, la cual garantiza el apoyo médico neutral a todos los heridos de guerra.
No satisfecho, Dunant expande el alcance de estas resoluciones para también brindar apoyo a todas las víctimas de catástrofes naturales.
Volcado totalmente en sus ideales, Dunant desatendió sus negocios y, para 1867, estaba en bancarrota. Aquellas dificultades territoriales que habían, accidentalmente, encendido su causa, eran ahora una tragedia financiera tanto para Dunant como para todos los involucrados. Increíblemente, Dunant pasó de ser un héroe humanitario, a un paria de la sociedad ginebrina; un vagabundo.
El hombre que había abogado internacionalmente por la asistencia desinteresada de los heridos, vivía ahora en las calles, comía lo que encontraba, blanqueaba sus camisas con gis y coloreaba sus trajes con carbón para disimular su presentación precaria.
Dunant permaneció en el olvido hasta que en1895, en un pequeño cuarto de un hospicio de Heiden, Suiza, fue descubierto por un periodista alemán el cual publicó su caso provocando el merecido reconocimiento mundial.
Una vez más haciendo historia, en 1901, Henry Dunant recibe el primer Premio Nobel de la Paz.
Aun así, Henry Dunant decide pasar el resto de su vida en aquel pequeño cuarto del hospicio de Heiden. Al morir en 1910, tras repartir sus bienes, deja patrocinada una cama en ese hospicio para asistir siempre a quien sea que fuera el paciente más pobre y más necesitado del pueblo.
Gracias al hombre que pasó, hoy la Cruz Roja Internacional, permanece.