Jalisco
Ambulantes se defienden a frutazos
Inspectores y policías impiden que comerciantes informales se instalen en la calle Obregón
GUADALAJARA, JALISCO (18/DIC/2015).- Con papaya en mano se defendieron los comerciantes
ambulantes del desalojo en Obregón. Naranjas, pepinos y sandías terminaron en el suelo y en la cara de los inspectores.
Todo inició alrededor de las 10:00 horas, cuando un grupo de 17 comerciantes trataron de instalarse en la calle Obregón, a su cruce con Vicente Guerrero. El argumento: obtuvieron la suspensión de un juez federal.
En el punto ya los esperaban inspectores y policías de Guadalajara, listos para aplicar el reglamento. Ante la presencia de la autoridad, sólo tres se atrevieron a instalarse, mientras los demás apoyaban con gritos a su representante cuando empezó su diatriba.
“Tenemos derecho a trabajar, lo dice la Constitución”, dijo Sergio Martínez, el líder, agitando una copia de la suspensión en el aire: “Aquí dice que nuestros permisos están vigentes. Tienen que obedecer al juez o si no es desacato”.
Ante la mirada incrédula de los locatarios y las personas que realizaban sus compras navideñas en el lugar, los ambulantes citaban artículos de la Constitución como si fueran rezos y alguno que otro amenazaba con llegar hasta la Suprema Corte.
“Otra vez estos”, dijo con pesar la cajera de una tienda de regalos, volteó los ojos y se metió a su local. Otro comercio de bisutería prefirió bajar sus cortinas hasta que se calmaran los ánimos.
Llegó el ultimátum: o se quitan o los quitamos. De los que se habían instalado, dos obedecieron y guardaron su mercancía. Pero no una vendedora de fruta picada que, impávida, seguía despachando a los marchantes.
Luego de no acatar el apercibimiento, fue rodeada por policías e inspectores para intentar asegurarle su carrito, pero se aferró a él y sus compañeros le ayudaron. Comenzaron los empujones y las palabras altisonantes, mientras otros vendedores cercaron la camioneta de Inspección.
“¡Órale puercos corruptos!”, se escuchó.
Uno del bando de los comerciantes salió en defensa de la vendedora y tomó el arma más letal a su alcance: una papaya recién picada que arrojó con todas su fuerzas al rostro del inspector; se estrelló con su cuello y le salpicó la cara y el pecho.
Al final no logró su cometido, pues su compañera se quedó sin puesto y sin fruta, y él terminó detenido por agredir a la autoridad.
A falta de palos y piedras, papayas y naranjas.
Todo inició alrededor de las 10:00 horas, cuando un grupo de 17 comerciantes trataron de instalarse en la calle Obregón, a su cruce con Vicente Guerrero. El argumento: obtuvieron la suspensión de un juez federal.
En el punto ya los esperaban inspectores y policías de Guadalajara, listos para aplicar el reglamento. Ante la presencia de la autoridad, sólo tres se atrevieron a instalarse, mientras los demás apoyaban con gritos a su representante cuando empezó su diatriba.
“Tenemos derecho a trabajar, lo dice la Constitución”, dijo Sergio Martínez, el líder, agitando una copia de la suspensión en el aire: “Aquí dice que nuestros permisos están vigentes. Tienen que obedecer al juez o si no es desacato”.
Ante la mirada incrédula de los locatarios y las personas que realizaban sus compras navideñas en el lugar, los ambulantes citaban artículos de la Constitución como si fueran rezos y alguno que otro amenazaba con llegar hasta la Suprema Corte.
“Otra vez estos”, dijo con pesar la cajera de una tienda de regalos, volteó los ojos y se metió a su local. Otro comercio de bisutería prefirió bajar sus cortinas hasta que se calmaran los ánimos.
Llegó el ultimátum: o se quitan o los quitamos. De los que se habían instalado, dos obedecieron y guardaron su mercancía. Pero no una vendedora de fruta picada que, impávida, seguía despachando a los marchantes.
Luego de no acatar el apercibimiento, fue rodeada por policías e inspectores para intentar asegurarle su carrito, pero se aferró a él y sus compañeros le ayudaron. Comenzaron los empujones y las palabras altisonantes, mientras otros vendedores cercaron la camioneta de Inspección.
“¡Órale puercos corruptos!”, se escuchó.
Uno del bando de los comerciantes salió en defensa de la vendedora y tomó el arma más letal a su alcance: una papaya recién picada que arrojó con todas su fuerzas al rostro del inspector; se estrelló con su cuello y le salpicó la cara y el pecho.
Al final no logró su cometido, pues su compañera se quedó sin puesto y sin fruta, y él terminó detenido por agredir a la autoridad.
A falta de palos y piedras, papayas y naranjas.