Internacional
Lula se define como uno más del pueblo brasileño
El mandatario de Brasil habla de los retos pendientes a poco más de siete meses que termine su mandato presidencial
MADRID, ESPAÑA (10/MAY/2010).- “Prefiero un carnaval a una guerra”. Posa su mano de obrero sobre mi rodilla, en un ademán de complicidad, de camaradería, de evidente franqueza, porque esa es su fuerza y su convicción, la de comportarse como lo que es, como verdaderamente le miran los brasileños, “soy uno de ellos, uno como ellos”, viene de donde ellos vienen, habla como ellos hablan, “no soy un extraño en el nido”, y hasta que llegó al poder vistió como ellos visten, “aunque trabajé durante 27 años bajo un overol nunca me encontré a gusto; con dos meses de corbata no tuve dificultad en acostumbrarme a ella, es una bonita prenda”.
Me viene a la mente la reflexión de Sancho Panza antes de ocuparse como regidor de la ínsula, “vístanme como quieran, que de cualquier manera que vaya vestido seré Sancho Panza”, porque la sotana no hace al cura, y Lula es Lula cualquiera que sea su atuendo, “me comunicaron que tenía que ir de frac a la cena de palacio con el rey de España, mandé decirle a Juan Carlos que yo no usaba eso y aquí en Brasil muchos me criticaron, hasta que el rey llamó, venga como usted quiera, pues de traje y corbata, porque no quiero ser visto como un extraño en mi pueblo, lo que pasa es que la liturgia del poder está toda preparada para alejarte de aquél, cuando eres candidato vas a cielo descubierto, saludando, pero una vez llegas a presidente te montan en un coche blindado y nunca más ves el rostro de los ciudadanos”. “Es notable que ni yo ni mi vicepresidente, un empresario de éxito, tengamos título universitario”, señala con cierto tono de orgullo que irrita a la oposición por la ambigüedad que ese mensaje puede representar en un país en el que la educación es propósito fundamental del Gobierno y empeño necesario para acabar con las desigualdades y la pobreza.
Pero lo que él quiere transmitir es que la democracia funciona en Brasil, que no son los méritos profesionales, académicos ni de cualquier otro género, sino la voluntad de los electores la que es decisiva para llegar al poder. Un poder del que Lula se apeará, al menos formalmente, el próximo mes de diciembre después de ocho años de ejercicio en el cargo, y del que sale rodeado de tal popularidad que algunos esperan verle levitar en cualquier momento, como hacía el curilla de García Márquez en Cien años de soledad, sólo que a base de ingerir café brasileño, que él consume a cada rato con avidez, en vez de tazones de chocolate.
“El llamado mundo desarrollado tiene que comprender que la geopolítica ha cambiado. La democratización de África y el crecimiento de países como China, India y algunos de América del Sur sugiere una nueva dimensión. Yo no quiero la guerra, soy un hombre de diálogo, y en la cuestión nuclear Brasil tiene una política muy definida. Quiero agotar hasta el último minuto las posibilidades de un pacto con el presidente de Irán para que pueda seguir enriqueciendo uranio, teniendo nosotros la tranquilidad de que sólo lo va a utilizar para fines pacíficos. Mi límite son las decisiones de la ONU, a la que, por cierto, pretendo cambiar porque tal y como está representa muy poco. ¿Por qué Brasil no es miembro del Consejo de Seguridad? ¿Por qué no lo es India? ¿Por qué no hay ningún Estado africano?”.
En diciembre los visitantes de los museos de cera venerarán su imagen, como la de Lincoln, la de Mandela, la de tantos grandes hombres capaces de surgir desde la nada. Lleno de vida, desbordante de ideas, no le imagino retirado en su piso de San Bernardo, compartiendo con sus vecinos las nostalgias de cualquier tiempo pasado.
Cuando todo eso suceda, el palacio presidencial ya habrá sido reconstruido. De momento, Lula se aloja en unas oficinas prestadas del centro cultural del Banco de Brasil mientras los operarios se esfuerzan en recuperar las ajadas estructuras de Planalto, cuya remozada construcción no pudo estar a punto para la celebración del cincuentenario de Brasilia.
Pero el próximo 23 de diciembre el presidente se despedirá de sus cartoneros paulistas en los aposentos elegantes y sobrios destinados al primer magistrado de la nación. Quizá lo haga pensando, como Sancho en su partida, que “saliendo yo desnudo como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel”.
Perfil
De manifestante a presidente
Luiz Inácio Lula da Silva
Es un político brasileño (Caetés, 27 de octubre de 1945), presidente de la República desde 2003. Fue elegido por la revista Time, como el líder mas influyente del mundo en 2010. Según el listado elaborado por la revista estadounidense Newsweek en 2008, el presidente de Brasil fue considerado una de las personas más influyentes en el escenario mundial (ocupaba entonces la posición 18).
Antes de participar en las elecciones (1982) cambió judicialmente su nombre de Luiz Inácio da Silva por el de Luiz Inácio Lula da Silva (la legislación brasileña vigente prohibía el uso de apodos por los candidatos).
Lula da Silva fraguó su carrera política en las movilizaciones populares, en la agitación callejera y en la lucha a pie de obra en defensa de los derechos de los trabajadores. Casi millón y medio de obreros brasileños fueron a la huelga, capitaneados por él, durante el año 1979, y a partir de esa fecha este correoso dirigente sindical emprendió una carrera política llena de altibajos que le llevaría un cuarto de siglo más tarde a la presidencia de la República.
Frases
“El mejor servicio que puede prestar un ex presidente es el de estar callado, dejar gobernar a quien gane las elecciones y permanecer en silencio.”
“Si la ONU continúa así de débil, sin representatividad, con países con derecho de veto, nunca va a servir correctamente al Gobierno global que necesitamos.”
Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil.
Me viene a la mente la reflexión de Sancho Panza antes de ocuparse como regidor de la ínsula, “vístanme como quieran, que de cualquier manera que vaya vestido seré Sancho Panza”, porque la sotana no hace al cura, y Lula es Lula cualquiera que sea su atuendo, “me comunicaron que tenía que ir de frac a la cena de palacio con el rey de España, mandé decirle a Juan Carlos que yo no usaba eso y aquí en Brasil muchos me criticaron, hasta que el rey llamó, venga como usted quiera, pues de traje y corbata, porque no quiero ser visto como un extraño en mi pueblo, lo que pasa es que la liturgia del poder está toda preparada para alejarte de aquél, cuando eres candidato vas a cielo descubierto, saludando, pero una vez llegas a presidente te montan en un coche blindado y nunca más ves el rostro de los ciudadanos”. “Es notable que ni yo ni mi vicepresidente, un empresario de éxito, tengamos título universitario”, señala con cierto tono de orgullo que irrita a la oposición por la ambigüedad que ese mensaje puede representar en un país en el que la educación es propósito fundamental del Gobierno y empeño necesario para acabar con las desigualdades y la pobreza.
Pero lo que él quiere transmitir es que la democracia funciona en Brasil, que no son los méritos profesionales, académicos ni de cualquier otro género, sino la voluntad de los electores la que es decisiva para llegar al poder. Un poder del que Lula se apeará, al menos formalmente, el próximo mes de diciembre después de ocho años de ejercicio en el cargo, y del que sale rodeado de tal popularidad que algunos esperan verle levitar en cualquier momento, como hacía el curilla de García Márquez en Cien años de soledad, sólo que a base de ingerir café brasileño, que él consume a cada rato con avidez, en vez de tazones de chocolate.
“El llamado mundo desarrollado tiene que comprender que la geopolítica ha cambiado. La democratización de África y el crecimiento de países como China, India y algunos de América del Sur sugiere una nueva dimensión. Yo no quiero la guerra, soy un hombre de diálogo, y en la cuestión nuclear Brasil tiene una política muy definida. Quiero agotar hasta el último minuto las posibilidades de un pacto con el presidente de Irán para que pueda seguir enriqueciendo uranio, teniendo nosotros la tranquilidad de que sólo lo va a utilizar para fines pacíficos. Mi límite son las decisiones de la ONU, a la que, por cierto, pretendo cambiar porque tal y como está representa muy poco. ¿Por qué Brasil no es miembro del Consejo de Seguridad? ¿Por qué no lo es India? ¿Por qué no hay ningún Estado africano?”.
En diciembre los visitantes de los museos de cera venerarán su imagen, como la de Lincoln, la de Mandela, la de tantos grandes hombres capaces de surgir desde la nada. Lleno de vida, desbordante de ideas, no le imagino retirado en su piso de San Bernardo, compartiendo con sus vecinos las nostalgias de cualquier tiempo pasado.
Cuando todo eso suceda, el palacio presidencial ya habrá sido reconstruido. De momento, Lula se aloja en unas oficinas prestadas del centro cultural del Banco de Brasil mientras los operarios se esfuerzan en recuperar las ajadas estructuras de Planalto, cuya remozada construcción no pudo estar a punto para la celebración del cincuentenario de Brasilia.
Pero el próximo 23 de diciembre el presidente se despedirá de sus cartoneros paulistas en los aposentos elegantes y sobrios destinados al primer magistrado de la nación. Quizá lo haga pensando, como Sancho en su partida, que “saliendo yo desnudo como salgo, no es menester otra señal para dar a entender que he gobernado como un ángel”.
Perfil
De manifestante a presidente
Luiz Inácio Lula da Silva
Es un político brasileño (Caetés, 27 de octubre de 1945), presidente de la República desde 2003. Fue elegido por la revista Time, como el líder mas influyente del mundo en 2010. Según el listado elaborado por la revista estadounidense Newsweek en 2008, el presidente de Brasil fue considerado una de las personas más influyentes en el escenario mundial (ocupaba entonces la posición 18).
Antes de participar en las elecciones (1982) cambió judicialmente su nombre de Luiz Inácio da Silva por el de Luiz Inácio Lula da Silva (la legislación brasileña vigente prohibía el uso de apodos por los candidatos).
Lula da Silva fraguó su carrera política en las movilizaciones populares, en la agitación callejera y en la lucha a pie de obra en defensa de los derechos de los trabajadores. Casi millón y medio de obreros brasileños fueron a la huelga, capitaneados por él, durante el año 1979, y a partir de esa fecha este correoso dirigente sindical emprendió una carrera política llena de altibajos que le llevaría un cuarto de siglo más tarde a la presidencia de la República.
Frases
“El mejor servicio que puede prestar un ex presidente es el de estar callado, dejar gobernar a quien gane las elecciones y permanecer en silencio.”
“Si la ONU continúa así de débil, sin representatividad, con países con derecho de veto, nunca va a servir correctamente al Gobierno global que necesitamos.”
Luiz Inácio Lula da Silva, presidente de Brasil.