Internacional
Aborto clandestino; bomba de tiempo en Marruecos
Para las mujeres que abortan clandestinamente, la ley contempla de seis meses a dos años de prisión
RABAT, MARRUECOS.- Leila, con sólo 16 años, tiene ya una gran experiencia en jugarse la vida. Como miles y miles de niñas de la calle en Marruecos, vagabundea todo el día con un único objetivo: encontrar pegamento el que poder aspirar y olvidar su triste existencia.
A Leila la corrieron de su casa por mantener una relación extramarital y quedar embarazada. Abortó una vez, y lo ha vuelto hacer tres veces.
En la medina de Rabat, con un bote de pegamento entre sus sucias y estropeadas manos, cuenta su experiencia sin darle mucha importancia.
“No tenía dinero, ni a nadie a quien recurrir, aborté yo sola con un pincho y fue muy doloroso, física y psicológicamente”.
Fue después de ese trago cuando llegaron el pegamento y la prostitución. La primera vez tenía sólo 13 años.
En Marruecos el aborto está castigado por la ley y sólo se puede practicar legalmente en caso de que la madre corra peligro.
Sin embargo, según la Asociación de Planificación Familiar, se realizan entre 650 y 800 interrupciones de embarazo al día —la mayoría, clandestinas— y la Organización Mundial de la Salud (OMS), asegura que el 13% de la mortalidad materna está estrechamente relacionada con esta práctica.
Para las mujeres que abortan clandestinamente, la ley contempla de seis meses a dos años de prisión. Para el practicante, entre uno y cinco años de cárcel, que pueden llegar hasta a 20 si la paciente muere en el intento.
Los métodos que se emplean son “salvajes”, cuenta Mohamed Graigaa, director de la Asociación Marroquí de Planificación Familiar.
“Se introducen pinchos y ácidos en la vagina o ingieren plantas presuntamente abortivas; a veces lo hacen ellas solas o ayudadas por médicos o enfermeras y en la peor de las ocasiones por charlatanes”.
La Asociación Marroquí de Planificación Familiar, junto a la Asociación Marroquí de Lucha contra el Aborto Clandestino, ha abierto en Marruecos el debate por un aborto libre.
“Es necesario que analicemos bien qué está pasando, derribar los tabúes y apostar por la salud; en Túnez se permite el aborto y se practica hasta 30 veces menos”.
Graigaa aseguró que la meta es que se permita la interrupción del embarazo dentro de los primeros 40 días pero, habría que llegar a un acuerdo co los Ulemas, autoridades religiosas.
Krivam, líder en Casablanca, asegura que el islam no prohíbe estrictamente ni el aborto ni el uso de anticonceptivos. “El profeta llegó a emplear métodos naturales en su época para evitar dejar encinta a su mujer”.
Prostitución
Graigaa asegura que las mujeres “terminan abortando al precio que sea”.
La interrupción del embarazo puede oscilar entre los 200 y los dos mil euros (entre 300 y tres mil dólares). “Y muchas mujeres se prostituyen para alcanzar esa suma, incluso después del aborto, muchas veces llegan a la reconstrucción del himen, cuenta El Aji Fadua, consejera en el centro de planificación familiar de la Asociación de Graigaa.
Leila sigue inhalando y hablando. Sabe que el aborto es “haram” (prohibido), pero no tiene la menor idea de que algunos en su sociedad luchan por cambiar esta situación.
Lo único que sabe es que su familia olvidó su cara cuando quedó embarazada y que la echaron sin piedad.
Leila sabe también que no puede mantener a un hijo.
“¿Cómo voy a hacerlo?, lo poco que gano limosneando lo gasto en esto”, afirma mientras señala el pegamento. “¿Qué sería de mi niño?, acabaría siendo un niño perdido, como lo soy yo”.
A Leila la corrieron de su casa por mantener una relación extramarital y quedar embarazada. Abortó una vez, y lo ha vuelto hacer tres veces.
En la medina de Rabat, con un bote de pegamento entre sus sucias y estropeadas manos, cuenta su experiencia sin darle mucha importancia.
“No tenía dinero, ni a nadie a quien recurrir, aborté yo sola con un pincho y fue muy doloroso, física y psicológicamente”.
Fue después de ese trago cuando llegaron el pegamento y la prostitución. La primera vez tenía sólo 13 años.
En Marruecos el aborto está castigado por la ley y sólo se puede practicar legalmente en caso de que la madre corra peligro.
Sin embargo, según la Asociación de Planificación Familiar, se realizan entre 650 y 800 interrupciones de embarazo al día —la mayoría, clandestinas— y la Organización Mundial de la Salud (OMS), asegura que el 13% de la mortalidad materna está estrechamente relacionada con esta práctica.
Para las mujeres que abortan clandestinamente, la ley contempla de seis meses a dos años de prisión. Para el practicante, entre uno y cinco años de cárcel, que pueden llegar hasta a 20 si la paciente muere en el intento.
Los métodos que se emplean son “salvajes”, cuenta Mohamed Graigaa, director de la Asociación Marroquí de Planificación Familiar.
“Se introducen pinchos y ácidos en la vagina o ingieren plantas presuntamente abortivas; a veces lo hacen ellas solas o ayudadas por médicos o enfermeras y en la peor de las ocasiones por charlatanes”.
La Asociación Marroquí de Planificación Familiar, junto a la Asociación Marroquí de Lucha contra el Aborto Clandestino, ha abierto en Marruecos el debate por un aborto libre.
“Es necesario que analicemos bien qué está pasando, derribar los tabúes y apostar por la salud; en Túnez se permite el aborto y se practica hasta 30 veces menos”.
Graigaa aseguró que la meta es que se permita la interrupción del embarazo dentro de los primeros 40 días pero, habría que llegar a un acuerdo co los Ulemas, autoridades religiosas.
Krivam, líder en Casablanca, asegura que el islam no prohíbe estrictamente ni el aborto ni el uso de anticonceptivos. “El profeta llegó a emplear métodos naturales en su época para evitar dejar encinta a su mujer”.
Prostitución
Graigaa asegura que las mujeres “terminan abortando al precio que sea”.
La interrupción del embarazo puede oscilar entre los 200 y los dos mil euros (entre 300 y tres mil dólares). “Y muchas mujeres se prostituyen para alcanzar esa suma, incluso después del aborto, muchas veces llegan a la reconstrucción del himen, cuenta El Aji Fadua, consejera en el centro de planificación familiar de la Asociación de Graigaa.
Leila sigue inhalando y hablando. Sabe que el aborto es “haram” (prohibido), pero no tiene la menor idea de que algunos en su sociedad luchan por cambiar esta situación.
Lo único que sabe es que su familia olvidó su cara cuando quedó embarazada y que la echaron sin piedad.
Leila sabe también que no puede mantener a un hijo.
“¿Cómo voy a hacerlo?, lo poco que gano limosneando lo gasto en esto”, afirma mientras señala el pegamento. “¿Qué sería de mi niño?, acabaría siendo un niño perdido, como lo soy yo”.