Entretenimiento
Las voces emergieron
El documental Voces del subterráneo compite por el Mayahuel en el apartado de Mejor documental mexicano
GUADALAJARA, JALISCO.- En la superficie, la compra de palomitas y bebidas refrescantes. La lucha por ingresar al socavón número nueve. Encontrar asiento, porque “ las políticas de la empresa” no permiten sentarse en las escaleras. En el interior de la tierra hay algo que provoca náuseas a quienes cruzan la diagonal 17. Humedad. Calor sofocante. Hay 65 cadáveres que requieren descansar “en un lugar sagrado”.
El estreno en Guadalajara del documental Voces del subterráneo, una producción de la Universidad de Guadalajara que aborda el caso de los mineros muertos y enterrados en la minera ocho de Pasta de Conchos, en Coahuila, generó primero silencio y expectación entre los asistentes. Pero después, las voces emergieron para solidarizarse en la lucha de 65 familias que desde el 19 de febrero de 2006 ya no lloran a sus familiares “en un rincón”. Reclaman en tribunas internacionales la recuperación de los cuerpos alguna vez amados.
“Sí se despidió”, dice ante la cámara una de las viudas. “Ese día se levantó. Me tapó. Me besó. Me dijo ‘te quiero’. ‘Yo te amo’, le contesté. ‘Bueno, ya me voy que se me hace tarde’”.
Un minero le dijo a su mujer que se cuidara, que se iba a descansar. Otro besó a sus hijos. Uno más se levantó como cualquier otro día y salió de casa pensando que volvería a ver a su familia.
En la imagen aparecen los hombres que en Coahuila son llamados “valientes”, “héroes”, dignos de orgullo. Están limpios, las cenizas del carbón aún no los convierte en monstruos del subterráneo. Traen bigote. Se les ve sonrientes, reflexivos. Están por hundirse en la tierra. Viajan en camionetas, sentados unos junto a otros. Llegan al elevador y reciben el equipo: casco, linterna, cinturones, palas y picos.
“Son hombres máquina. Son herramientas”, dice una viuda. “Los utilizan y los desechan. No les importan y no les importamos”.
No les importa, dice, a Industria Minera México, que obtiene de los socavones ganacias de 20 mil millones de dólares anuales, mientras a sus hombres pico y hombres pala, les pagan un dólar al día. El documental recuerda el apoyo que dio el entonces presidente, Vicente Fox, a los familiares de los mineros: “Estamos haciendo todo y más de lo que está al alcance, incluso estamos enviando oraciones por las familias”.
Al final de la función, el equipo de producción integrado por el director Boris Goldenblanc, Blanca Álvarez, Iván López y Yordi Capó, recibe las felicitaciones y el apoyo de los asistentes a la sala nueve, esa noche: socavón nueve. “Gracias, porque volví a sentir todo lo que sentía cuando leía esas noticias”, dijo una mujer.
Cristina Auerbach es una de las viudas que quiso asistir a la presentación del documental. No llegó, pero envió una carta que reportó: las demandas ahora son internacionales y después de aquel trágico suceso han fallecido otros 41 mineros y ha habido otros 21 heridos. Los huérfanos, las viudas, los cuñados, la familia aún esperan el rescate de sus muertos, “ para velarlos en camposanto”.
El estreno en Guadalajara del documental Voces del subterráneo, una producción de la Universidad de Guadalajara que aborda el caso de los mineros muertos y enterrados en la minera ocho de Pasta de Conchos, en Coahuila, generó primero silencio y expectación entre los asistentes. Pero después, las voces emergieron para solidarizarse en la lucha de 65 familias que desde el 19 de febrero de 2006 ya no lloran a sus familiares “en un rincón”. Reclaman en tribunas internacionales la recuperación de los cuerpos alguna vez amados.
“Sí se despidió”, dice ante la cámara una de las viudas. “Ese día se levantó. Me tapó. Me besó. Me dijo ‘te quiero’. ‘Yo te amo’, le contesté. ‘Bueno, ya me voy que se me hace tarde’”.
Un minero le dijo a su mujer que se cuidara, que se iba a descansar. Otro besó a sus hijos. Uno más se levantó como cualquier otro día y salió de casa pensando que volvería a ver a su familia.
En la imagen aparecen los hombres que en Coahuila son llamados “valientes”, “héroes”, dignos de orgullo. Están limpios, las cenizas del carbón aún no los convierte en monstruos del subterráneo. Traen bigote. Se les ve sonrientes, reflexivos. Están por hundirse en la tierra. Viajan en camionetas, sentados unos junto a otros. Llegan al elevador y reciben el equipo: casco, linterna, cinturones, palas y picos.
“Son hombres máquina. Son herramientas”, dice una viuda. “Los utilizan y los desechan. No les importan y no les importamos”.
No les importa, dice, a Industria Minera México, que obtiene de los socavones ganacias de 20 mil millones de dólares anuales, mientras a sus hombres pico y hombres pala, les pagan un dólar al día. El documental recuerda el apoyo que dio el entonces presidente, Vicente Fox, a los familiares de los mineros: “Estamos haciendo todo y más de lo que está al alcance, incluso estamos enviando oraciones por las familias”.
Al final de la función, el equipo de producción integrado por el director Boris Goldenblanc, Blanca Álvarez, Iván López y Yordi Capó, recibe las felicitaciones y el apoyo de los asistentes a la sala nueve, esa noche: socavón nueve. “Gracias, porque volví a sentir todo lo que sentía cuando leía esas noticias”, dijo una mujer.
Cristina Auerbach es una de las viudas que quiso asistir a la presentación del documental. No llegó, pero envió una carta que reportó: las demandas ahora son internacionales y después de aquel trágico suceso han fallecido otros 41 mineros y ha habido otros 21 heridos. Los huérfanos, las viudas, los cuñados, la familia aún esperan el rescate de sus muertos, “ para velarlos en camposanto”.