Entretenimiento
Fassbender hilvana una de sus mejores actuaciones
Según la crítica, en la cinta Shame, que dirige Steve McQueen, Michael ofrece una cátedra de interpretación
GUADALAJARA, JALISCO (15/MAR/2012).- Cuando, en 2011, el alemán-irlandés Michael Fassbender recibió la Copa Volpi del Festival de Venecia, uno de los premios de actuación más codiciados en el cine europeo, la crítica internacional asumió un consenso tácito para llamarlo uno de los mejores actores del momento.
La intención era impulsar lo que parecía una carrera rumbo al Oscar, que es el premio de mayor influencia en el cine. Pero, aunque Fassbender es popular y guapo, aquella trayectoria quedó trunca: su nombre ni sonó siquiera en la gala hollywoodense, como recordamos los mexicanos, por fortuna, porque le hizo así un hueco a Demian Bichir en la terna por la estatuilla dorada a Mejor actor.
Pero los premios siempre elevan el prestigio, igual cuando se ganan que cuando no. Y el currículum de Michael Fassbender, originario de Heidelberg, Alemania, está lleno de guiños de valor artístico que permiten no sólo que los premios perdidos se le resbalen, sino también que el gran público lo reconozca.
El más reciente de esos guiños llega esta semana a Guadalajara precedido de gran éxito crítico en 2011: Shame (Vergüenza), que en México recibió el título Shame: Deseos culpables, un tour de fuerza histriónica que muchos recordarán porque lo obliga a desnudarse, pero que también exhibe lo mejor de sus cualidades actorales.
En Shame, Fassbender interpreta a Brandon Sullivan, un neoyorquino adicto al sexo que debe hospedar a su hermana menor, interpretada por la dulce Carey Mulligan (Enseñanza de vida y Nunca me abandones).
La visita no sólo lo obliga a contener su carrera de relaciones efímeras, sino también a confrontarla: su vida está dolorosamente vacía, casi ha sofocado por completo sus emociones, perdió el rumbo hace tanto y a tal velocidad que no sabe cómo detenerse.
El personaje se da de topes contra su pasado: mientras que él sólo es experto en destruir las conexiones con los demás, su hermana le reclama atención y cariño, precisamente el tipo de conexión que aquél no sabe cómo dar.
Los críticos lo han dicho con claridad: la cinta es dura, densa y brutal, no es apta para cualquier público y exige “criterio amplio” de parte del espectador. Lo que queda para aquellos de estómago resistente es una experiencia actoral de primera línea y un fértil examen psicológico: ¿qué es un vínculo emocional auténtico?, pregunta Shame, cuando exhibe la miseria de Sullivan, su incapacidad para el contacto humano. ¿Cuántas personas cometen, sinceramente, la temeridad de abrir su corazón a otras? ¿Cuántas son capaces de asomarse con valentía a sus depravaciones particulares?
La crudeza del tratamiento, sin embargo, resalta precisamente el trabajo de Fassbender y Mulligan y la apuesta de Steve McQueen: penetrar tal tabú y extraer una película sobre las emociones que al espectador le exige el caro precio de la inteligencia.
De los Hombres X a Bobby Sanders
Mulligan, dicen los críticos, borda su mejor papel —elogio grande para quien hizo al delicado personaje de Enseñanza de vida, que le valió, a ella sí, una nominación al Oscar—, pero, mientras que Shame merece algunas notas regulares, Fassbender prácticamente ha conseguido aclamación general.
Dar vida a un personaje cuyo rasgo más evidente es que está medio muerto por dentro es, más que un desafío, una auténtica tortura para un actor: exige toda su capacidad de hurgar en la diversidad del comportamiento humano. Resulta que actuar no es lo que hacen las estrellas del cine cuando descansan de ser glamorosas. Es muchísimo más.
Fassbender está acostumbrado a la variedad de registros. Fue el joven Magneto en X-Men: Primera clase, pero, por si alguien no ha terminado de identificarlo, va el rosario de sus cintas: Stelios, uno de los soldados de Leónidas en 300, de Zack Snyder; el teniente Hicox de Bastardos sin gloria, de Tarantino, un infiltrado en la Alemania nazi que mete la pata en un bar y, por supuesto, el inclasificable Carl Jung, en Un método peligroso de David Cronenberg, frente al Sigmund Freud de Viggo Mortensen. Su más próximo estreno es Prometheus, la precuela de Alien que acaba de filmar Ridley Scott, y hay quien lo ha candidateado para RoboCop en un posible remake próximo.
Pero su papel más famoso es, justamente, el que bordó en Hambre (2008), la anterior y primera película de Steve McQueen, otra demostración de su brillantez mimética. Interpretó al activista irlandés Bobby Sanders, quien murió en la cárcel durante una huelga de hambre en 1981.
Quien no sepa si atreverse con Shame, tiene una buena oportunidad de ensayar su singular estética con Hambre, ficción-documental que exigió de Fassbender bajar 20 kilos de peso.
El actor consigue una interpretación a la que sólo le cabe adjetivo irónico: descarnada. El centro de la película son los argumentos de los personajes para defender aquella protesta, que, en la vida real, contribuyó a llamar la atención internacional sobre el Ejército Republicano Irlandés, pero la cinta persigue tanto su transformación física como la de su mente. La cámara reta y marea, pero la mayor emoción es seguir la obstinación y el destino del personaje principal.
Fassbender repetirá como actor de McQueen en Twelve years a slave, la tercera película de este director, otra historia real, sobre un neoyorquino del siglo XIX que es secuestrado y vendido como esclavo en el Sur estadounidense (saldrán Brad Pitt y Chiwetel Ejiofor).
Mientras tanto, Shame llega a Guadalajara convertida en el trabajo mejor calificado de estos dos realizadores. Y una oportunidad para descubrir a un actor comercial que quizá representa una de las cualidades más nobles de su arte: la valentía que requiere asomarse a la profundidad del ser humano, por peligrosos que sean los hallazgos.
La intención era impulsar lo que parecía una carrera rumbo al Oscar, que es el premio de mayor influencia en el cine. Pero, aunque Fassbender es popular y guapo, aquella trayectoria quedó trunca: su nombre ni sonó siquiera en la gala hollywoodense, como recordamos los mexicanos, por fortuna, porque le hizo así un hueco a Demian Bichir en la terna por la estatuilla dorada a Mejor actor.
Pero los premios siempre elevan el prestigio, igual cuando se ganan que cuando no. Y el currículum de Michael Fassbender, originario de Heidelberg, Alemania, está lleno de guiños de valor artístico que permiten no sólo que los premios perdidos se le resbalen, sino también que el gran público lo reconozca.
El más reciente de esos guiños llega esta semana a Guadalajara precedido de gran éxito crítico en 2011: Shame (Vergüenza), que en México recibió el título Shame: Deseos culpables, un tour de fuerza histriónica que muchos recordarán porque lo obliga a desnudarse, pero que también exhibe lo mejor de sus cualidades actorales.
En Shame, Fassbender interpreta a Brandon Sullivan, un neoyorquino adicto al sexo que debe hospedar a su hermana menor, interpretada por la dulce Carey Mulligan (Enseñanza de vida y Nunca me abandones).
La visita no sólo lo obliga a contener su carrera de relaciones efímeras, sino también a confrontarla: su vida está dolorosamente vacía, casi ha sofocado por completo sus emociones, perdió el rumbo hace tanto y a tal velocidad que no sabe cómo detenerse.
El personaje se da de topes contra su pasado: mientras que él sólo es experto en destruir las conexiones con los demás, su hermana le reclama atención y cariño, precisamente el tipo de conexión que aquél no sabe cómo dar.
Los críticos lo han dicho con claridad: la cinta es dura, densa y brutal, no es apta para cualquier público y exige “criterio amplio” de parte del espectador. Lo que queda para aquellos de estómago resistente es una experiencia actoral de primera línea y un fértil examen psicológico: ¿qué es un vínculo emocional auténtico?, pregunta Shame, cuando exhibe la miseria de Sullivan, su incapacidad para el contacto humano. ¿Cuántas personas cometen, sinceramente, la temeridad de abrir su corazón a otras? ¿Cuántas son capaces de asomarse con valentía a sus depravaciones particulares?
La crudeza del tratamiento, sin embargo, resalta precisamente el trabajo de Fassbender y Mulligan y la apuesta de Steve McQueen: penetrar tal tabú y extraer una película sobre las emociones que al espectador le exige el caro precio de la inteligencia.
De los Hombres X a Bobby Sanders
Mulligan, dicen los críticos, borda su mejor papel —elogio grande para quien hizo al delicado personaje de Enseñanza de vida, que le valió, a ella sí, una nominación al Oscar—, pero, mientras que Shame merece algunas notas regulares, Fassbender prácticamente ha conseguido aclamación general.
Dar vida a un personaje cuyo rasgo más evidente es que está medio muerto por dentro es, más que un desafío, una auténtica tortura para un actor: exige toda su capacidad de hurgar en la diversidad del comportamiento humano. Resulta que actuar no es lo que hacen las estrellas del cine cuando descansan de ser glamorosas. Es muchísimo más.
Fassbender está acostumbrado a la variedad de registros. Fue el joven Magneto en X-Men: Primera clase, pero, por si alguien no ha terminado de identificarlo, va el rosario de sus cintas: Stelios, uno de los soldados de Leónidas en 300, de Zack Snyder; el teniente Hicox de Bastardos sin gloria, de Tarantino, un infiltrado en la Alemania nazi que mete la pata en un bar y, por supuesto, el inclasificable Carl Jung, en Un método peligroso de David Cronenberg, frente al Sigmund Freud de Viggo Mortensen. Su más próximo estreno es Prometheus, la precuela de Alien que acaba de filmar Ridley Scott, y hay quien lo ha candidateado para RoboCop en un posible remake próximo.
Pero su papel más famoso es, justamente, el que bordó en Hambre (2008), la anterior y primera película de Steve McQueen, otra demostración de su brillantez mimética. Interpretó al activista irlandés Bobby Sanders, quien murió en la cárcel durante una huelga de hambre en 1981.
Quien no sepa si atreverse con Shame, tiene una buena oportunidad de ensayar su singular estética con Hambre, ficción-documental que exigió de Fassbender bajar 20 kilos de peso.
El actor consigue una interpretación a la que sólo le cabe adjetivo irónico: descarnada. El centro de la película son los argumentos de los personajes para defender aquella protesta, que, en la vida real, contribuyó a llamar la atención internacional sobre el Ejército Republicano Irlandés, pero la cinta persigue tanto su transformación física como la de su mente. La cámara reta y marea, pero la mayor emoción es seguir la obstinación y el destino del personaje principal.
Fassbender repetirá como actor de McQueen en Twelve years a slave, la tercera película de este director, otra historia real, sobre un neoyorquino del siglo XIX que es secuestrado y vendido como esclavo en el Sur estadounidense (saldrán Brad Pitt y Chiwetel Ejiofor).
Mientras tanto, Shame llega a Guadalajara convertida en el trabajo mejor calificado de estos dos realizadores. Y una oportunidad para descubrir a un actor comercial que quizá representa una de las cualidades más nobles de su arte: la valentía que requiere asomarse a la profundidad del ser humano, por peligrosos que sean los hallazgos.