GUADALAJARA, JALISCO (22/JUL/2012).- Es verano en el hemisferio Norte. Transcurren los días más largos del año y es más notorio entre mayor cercanía exista con el polo. En Whitehorse, Yukón, los lentes oscuros son una necesidad a las nueve de la noche; la puesta de Sol llegará hasta cerca de las 23:30 horas y el cielo adquirirá después una tonalidad parda. Territorio del Yukón: hogar de más de 250 mil caribús, 70 mil alces, 22 mil ovejas de montaña, seis mil osos grizzly y 36 mil humanos. Como bien reza su lema turístico, es el lugar donde habitan las cosas salvajes, pues en una superficie total apenas menor que la de toda España, el 80% se mantiene virgen. A orillas del gran río Yukón, no muy lejos de la línea divisoria con la provincia de British Columbia, se localiza la ciudad de Whitehorse. Un poblado pequeño pero relativamente extendido, ya que si algo sobra en Yukón es el espacio. El edificio más alto tiene tres niveles y, sobre todo hacia las orillas, se hace evidente la cantidad de aire entre casa y casa, entre almacén y almacén. Lo opuesto a lo que pasa una vez que se deja la pequeñísima mancha urbana y se toma la autopista que se abre paso entre el inmenso bosque boreal, cuyas delgadas coníferas crecen en extrema proximidad. Al fondo, delinean el paisaje las montañas con sus picos nevados que también se aglutinan en el territorio. Paisajes espectaculares del Canadá profundo. En Whitehorse la vida se percibe tranquila para cualquier urbanita, y sin embargo, es la capital política, económica y cultural del Yukón. Con 25 mil habitantes, es la ciudad más grande del territorio, a la que le sigue Dawson City con tan sólo mil 300 almas. Es en la capital donde se localizan los 15 semáforos existentes en todo el Yukón. E incluso parecieran ser innecesarios, pues cuando un peatón se dispone a cruzar la calle, sólo hace falta que ponga un pie fuera de la acera, para que los automóviles metan freno unos 50 metros antes y el caminante pase tranquilo. Un comportamiento más bien extraño ante los ojos de una mexicana de ciudad. Desde esta perspectiva, tampoco es muy común la extrema amabilidad de las personas –conocidas o no– que se sonríen y saludan mutuamente en las calles; muchas de ellas con rasgos indios, otras completamente anglosajonas. Al contrario de lo que se pudiera pensar, se observan también muchos jóvenes ¿Qué hacen aquí?, se pregunta una observadora externa, si la oferta escolar llega a la preparatoria, hay apenas una sala de cine, y en invierno las temperaturas alcanzan los 50 grados bajo cero. Pues resulta que el salario mínimo es el más alto de todo Canadá: $10.30 dólares la hora (alrededor de 134 pesos), contra $9.40 (122 pesos) en Alberta, por ejemplo: sin duda un incentivo para atraer pobladores a estas latitudes. Aun así, el más alto porcentaje del Producto Interno Bruto en el Yukón corresponde al gasto gubernamental (21.4%); a lo que le sigue la industria financiera y de bienes raíces (17.4%); la minería y la extracción de gas natural (9.2%); la construcción (9.2%) y más de una docena de otros sectores con menor participación. El territorio es además el que cuenta con el mayor índice de consumo de alcohol en todo Canadá, seguramente debido a las duras condiciones climáticas durante una buena parte del año. “¡Oro, oro, oro!” El 16 de agosto de 1896 se descubrió oro en el Norte del Yukón y todo el territorio cambió para siempre. Aunque las minas estaban a más de 500 kilómetros de Whitehorse, la ciudad se desarrolló como centro administrativo y cultural gracias a la llamada Fiebre del Oro de Klondike, ya que los miles de hombres que se dirigieron allí buscando enriquecerse, debían navegar las aguas del río. Éste era el principal medio de comunicación del territorio, por lo que Whitehorse se convirtió en el centro de la actividad fluvial. Su nombre viene de los rápidos que se formaban a los alrededores del pueblo, pues según los habitantes de la época, las movidas aguas del río se asemejaban al galope de caballos blancos. La noticia llegó a los Estados Unidos casi un año después:” ¡Oro, oro, oro!”, rezaba el encabezado del Seattle Post-Intelligencer en julio de 1987. A partir de entonces, una buena cantidad de aventureros que habían sido golpeados por una serie de recesiones financieras y quiebras bancarias en la década de 1890, se vieron motivados a probar suerte en las reservas auríferas del Yukón. Hombres de todo tipo se dirigieron a la región desde lugares tan lejanos como Nueva York, el Reino Unido y Australia. Una gran proporción estaba compuesta por profesionales, tales como profesores y doctores, que habían renunciado a sus carreras para hacer el viaje. La llegada de una importante cantidad de emprendedores a la región, contribuyó al desarrollo económico de todo el noroeste de Canadá y Alaska. Sin embargo, el camino no era fácil. Para llegar hasta Klondike era necesario pasar por Skagway, Alaska –ubicado al sur de Whitehorse, en la delgada franja continental del estado norteamericano– y de ahí continuar cientos de kilómetros por un terreno montañoso y repleto de obstáculos, para después, inevitablemente, navegar las aguas del Río Yukón. Muchos hombres tenían interés de encontrar una manera más sencilla de transportarse hacia Klondike, y si algo caracterizó al siglo XIX fue el auge ferrocarrilero. El proyecto para crear una ruta férrea que conectara Skagway con Whitehorse, se hizo posible en 1898, gracias al capital de inversionistas ingleses y la experiencia del ingeniero canadiense, Michael Heney. Con el tiempo, la región de Klondike pasó de la explotación de los primeros aventureros, a las operaciones de grandes empresas que se apoderaron de las minas. Por décadas, el tren de la ruta White Pass-Yukón transportó cantidades significativas de oro que viajaban hasta el puerto de Skagway para ser embarcadas. Cuando cayeron los precios del metal, en 1982, las minas cerraron y el tren suspendió sus operaciones. Las reanudó en 1988, y desde entonces funciona como una ruta de excursión turística. La ruta White Pass-Yukón En ese periodo de ajustes, la ruta férrea que llegaba hasta Whitehorse también fue suspendida. De manera que, para montar en el tren y hacer el recorrido turístico actual, es necesario tomar un autobús desde la capital del Yukón hacia el sur, ingresar unos kilómetros a British Columbia y llegar hasta un punto conocido como White Pass Summit, o la cima de la cordillera de White Pass. Allí, los vagones con aire antiguo esperan a ser movidos por la locomotora diesel-eléctrica que en 1954 remplazara a las originales máquinas de vapor. Elegantemente uniformados, los integrantes de la tripulación –cuyo promedio de edad ronda los 60 años— reciben cálidamente a los nuevos pasajeros. La blancura domina el paisaje en el comienzo del recorrido, pues la elevación es de casi 900 metros. En el altavoz se anuncia que después de 32 kilómetros y el descenso hasta el nivel del mar, llegaremos al destino final: Skagway, Alaska. A una velocidad adecuada para contemplar la majestuosidad del paisaje, el tren avanza por las vías férreas construidas durante dos años, dos meses y dos días a finales del siglo XIX. Las estrechas curvas hacen pensar en las dificultades que debieron pasar los 35 mil hombres que trabajaron en una construcción que significó un reto en todos sentidos: por la geografía de pronunciadas pendientes, por las extremas temperaturas y los elevados costos, un total de 10 millones de dólares de entonces. Por todo lo anterior, la ruta White Pass-Yukón fue premiada en 1994 por la Sociedad Estadounidense de Ingenieros Civiles, galardón que comparte con otras maravillas ingenieriles como la Torre Eiffel, la Estatua de la Libertad y el Canal de Panamá. Al exterior de cada vagón, es posible respirar el aire fresco. Mientras desciende, el tren atraviesa puentes y túneles; la nieve se va derritiendo en el paisaje inmediato y sólo queda rastros de ella en los picos que se observan desde el verdor del bosque. El tren se detiene por completo en un par de ocasiones. La primera, todavía en el paisaje nevado, junto a una cabaña de madera, donde desciende un grupo de pasajeros con hieleras y grandes mochilas. Como explica el conductor John McDermott, hay refugios como estos a lo largo del camino que pueden ser rentados por los turistas más aventureros: los que gozan de pasar algunos días en medio de la nada. La segunda parada es ya cercana del destino final, donde una familia se monta de nueva cuenta en el tren, después de su estancia en el bosque. McDermott cuenta después que tiene 30 años trabajando en el tren. Que el paseo se mantiene cerrado a los turistas durante el invierno y es hasta abril que se comienza a quitar la nieve de las vías para poder abrir el primer fin de semana de mayo. Durante los meses de frío, el conductor se queda en casa y “se actualiza en su lectura”. Skagway, Alaska Fin de la ruta en la frontera con Alaska. El agente aduanal estadounidense entra al vagón y da indicaciones con voz firme y aire enfadado. Una actitud diametralmente opuesta a la extrema amabilidad que distingue a la mayoría de los canadienses. Después de una minuciosa revisión de la documentación a los pasajeros del tren, hay tiempo para explorar el diminuto pueblo de Skagway: la Ciudad de los Jardines de Alaska. Su nombre lo toma del vocablo indio Skagua, que significa “el lugar donde sopla el viento del norte”. Una localidad constituida de unas cuantas cuadras en la que habitan 968 residentes. Sin embargo, gracias a la ruta White Pass-Yukón, el pueblo recibe 800 mil visitantes cada verano. Además de un puñado de joyerías y tiendas de regalos para turistas, Skagway tiene cinco iglesias, una librería, una escuela, dos parques, un museo, y un periódico, The Skagway News, que se publica dos veces al mes. Encuentro con lo natural Yukón como destino turístico es para los amantes de la naturaleza. En el verano, los días largos y llenos de luz son perfectos para caminar, escalar, hacer canotaje, pescar o andar en bicicleta. El territorio hace honor a su nombre, que en gwich’in –una lengua aborigen local— significa Río Grande, ya que existen docenas de aguas fluviales navegables y numerosas rutas de clase mundial para practicar el rafting. Miles de kilómetros en caminos están ahí para ser recorridos por los viajeros en busca de aventuras, contemplación del entorno y observación de la vida salvaje. En la medida en que los días se acortan y la nieve comienza a apoderarse del paisaje, la noche se va pintando de los exuberantes colores producidos por las auroras boreales. Visibles de septiembre a abril, éstas constituyen un atractivo indiscutible de Whitehorse y sus alrededores. Otras actividades típicas de invierno son el esquí y el snowboard, los paseos en trineos tirados por perros nórdicos, o, si se prefiere la velocidad, lo paseos en motocicletas de nieve. Todos estos servicios son ofrecidos por las tour-operadoras ubicadas, en su mayor parte en Whitehorse. El espectáculo típico de la capital del Yukón, es protagonizado por un grupo que se hace llamar The Frantic Follies (Las locuras frenéticas): un "show" de vaudeville que recrea el entretenimiento en las épocas de la Fiebre del Oro de Klondike. La compañía que ha estado en operación durante 43 años, presume de ser el montaje más exitoso en Yukón y Alaska. Entre las especialidades de la gastronomía local se incluyen el salmón ahumado, la carne de reno o caribú y la cerveza Yukón. Tres ciudades canadienses cuentan con vuelos directos hasta Whitehorse: Vancouver (2.25 hrs), Calgary (2.5 hrs) y Edmonton (2.25 hrs). La ciudad de México, también a través de Air Canadá, vuela directo a Vancouver, la capital de British Columbia. Otelina Sánchez: de Coatzacoalcos a Whitehorse El especial de la noche en la Sánchez Cantina es un platillo de puntas a la mexicana: trozos de top sirloin preparados con tomate y cebolla, y servidos con guacamole, arroz, frijoles y picante al gusto. “Pero si prefieren pueden elegir de la carta”, dice Otelina, la dueña del “único restaurante auténticamente mexicano del Yukón”. Otelina Sánchez se fue de su originario Coatzacoalcos, Veracruz, hace más de 30 años, en busca de una mejor calidad de vida. Curiosamente la fue a encontrar en Whitehorse, Yukón, donde hizo familia, fundó su negocio y al que ha adoptado como su lugar definitivo de residencia. “¿A poco no están disfrutando Whitehorse?”, pregunta Otelina –en un español con acento gringo— al grupo de paisanos que acaba de ocupar una de sus mesas; “tiene muchísimas cosas que ofrecer el Yukón” –dice orgullosa— “agua pura, el mejor aire del mundo; aquí no hay industria, aquí no hay nada de esas cosas”. En sus primeros años en el remoto pueblo del norte, Otelina trabajó para una compañía de teléfonos. El restaurante lo empezó en 1996, a partir de una creciente inquietud de los años anteriores, de darle una representación digna a la comida mexicana en Norteamérica. Trabajan allí su hermano y su sobrina, a quienes Otelina “patrocinó” para que emigraran y obtuvieran sus papeles. “A mi mamá me la he querido traer y no se quiere venir” cuenta la veracruzana, “es que tiene 81 años y es muy duro el frío para ella. Pero ha venido muchas veces; solamente un hermano no ha venido”. Además, Otelina visita su México querido cada año. De allá se trae muchos de los ingredientes para sus platillos: “como la yerba santa, los chiles secos o la chaya, que no se encuentran en ningún otro lado”, dice. Otras cosas se las traen desde Vancouver. De aquella ciudad acaba de regresar su hija menor, ya que allí cursó la licenciatura de Estudios Internacionales y Antropología. Además –cuenta Otelina— tiene “un muchacho de 35 años que es carpintero y constructor”, también radicado en Whitehorse. “Aquí en el invierno hay mucho turismo por la cuestión de las auroras boreales”, continúa Sánchez aprovechando a sus curiosos interlocutores. “Son muy bonitas. Ahorita ya no toca porque hay muchísimo sol, no se puede ni dormir ¿verdad? Y en el invierno es todo lo contrario: a las tres de la tarde ya es de noche y amanece como a las once de la mañana”. “Por eso les digo: aquí el Yukón tiene cosas muy interesantes. Yo no pudiera vivir en ningún otro lugar. Intenté volver a México dos veces pero ya no me acomodé. Ahorita por la inseguridad, pero también es que ahí en Coatzacoalcos es muy difícil la vida para la gente, de veras. El servicio médico también es muy diferente. Aquí nosotros tenemos servicio médico fantástico. Aquí si trabajan los impuestos”. Otelina remarca lo feliz que vive en Whitehorse. Pero, eso sí, cuando visita México aprovecha para comer los antojitos imposibles de encontrar en el Yukón: taquitos al pastor, de cabeza, de tripa, cochinita pibil y mole. “Bueno, el mole lo hacemos aquí también, pruébenlo; para muestra basta un botón”. TOMA NOTA Dónde dormir Sundog Retreat, desde $2,000. Visita www.sundogretreat.com PARA SABER Cómo llegar Vuela de Guadalajara a Vancouver, con escala en Phoenix (EU), a través de US Airways. El costo del vuelo redondo es de $9,600 (el precio varía según la temporada). De Vancouver a Whitehorse hay vuelos directos.