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Lunes, 20 de Noviembre 2017

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Suplementos | La vid es símbolo del pueblo de Israel, por eso una vid adorna el templo de Jerusalén y el escudo de los Macabeos

'Yo soy la vid verdadera'

Cristo es la vid, transportada desde la altura de su naturaleza divina hasta la humilde condición de siervo, hombre entre los hombres

     En este quinto domingo de pascua, Cristo, el Señor, se vale de nuevo de una alegoría: “Yo soy la vid”, como también con la alegoría del Buen Pastor lo contempló el pueblo cristiano el domingo pasado.
     La vid es, con el trigo y  el olivo, el triple fundamento en la alimentación de los pueblos del Mediterráneo. No pueden vivir sin el pan, el vino y el aceite.
     La vid es símbolo del pueblo de Israel, por eso una vid adorna el templo de Jerusalén y el escudo de los Macabeos.
     Cristo es la vid, transportada desde la altura de su naturaleza divina hasta la humilde condición de siervo, hombre entre los hombres.

“Mi Padre es el viñador”

     La línea vertical del cristiano es la del alma que llega a Dios y le llama Padre. “De oriente a poniente mi nombre es grande ante los pueblos y en todo lugar se ofrece en mi nombre un sacrificio humeante y una ablación pura, pues grande es mi nombre entre las gentes”, dice Yahvé Sebaot” (Malaquías 1, 11).
     La santificación del hombre está en tanto Dios obre en él, en la instauración de su reino. El reino de Dios significa un estado de gracia con el que el hombre crea, espera y ama. “Ha llegado el reino de nuestro Dios y de su Cristo sobre el mundo y reinará por los siglos de los siglos” (Apocalipsis 11, 15).
     El nombre de Dios es santificado si en su reino se vive el amor, se cultiva el amor, y esto acontece en la medida en que el hombre acate la voluntad de Dios.
     Dios actúa en las almas, les da inspiración, les da luz, gracia y fortaleza, y si responden, Él cultiva la vid.

“Y ustedes son los sarmientos”

     La vid es el tronco, las cepa enraizada en la tierra; por ella sube la savia que va a dar a los sarmientos, las extensas ramas de las que brotan los pámpanos, los racimos con la carga dulce, apetitosa y nutritiva de las uvas, y con ella se hace el vino “que alegra el corazón del hombre”.
     Con el hilo de la misma alegoría, el sarmiento sólo puede dar fruto si está unido a la vid.

“Permanezcan en mí
 y yo en ustedes”

     Es la urgencia de mantenerse el cristiano en permanente unión vital con Cristo.
     Quienes más insisten en las renuncias que en el ideal de vivir con Cristo, reducen la vida cristiana a preceptos. Ni la ascética, ni la moral, ni la cruz son ajenas a la vida cristiana, pero la buena noticia del Reino está en el encuentro con Cristo y vivir con alegría la fidelidad a la voluntad del Padre.
     Modelo de esa alegría fue San Pablo, ejemplo de verdadera libertad evangélica. El Reino de Dios es, ante todo, don y gracia, en el Reino se debe de vivir el amor, la misericordia y el perdón. Y cuando todo lo inspira el amor, entonces es más fácil hacer vida la invitación del Señor: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16, 24). Así podrá dar los tres pasos: negarse a sí mismo y ser sarmiento unido a la vida, vivir la vida de la vid, que es la vida de Dios. “Ya no vivo yo, es Cristo quien vive en mí”, dijo San Pablo en un grito de alegría.
Muchos santos han podido decir las mismas palabras de San Pablo, en el caminar de veinte siglos de la Iglesia, cuando la vida ya no es sino la vida del sarmiento unido por la fe, la caridad, a Cristo la vid.

La viña es el pueblo
escogido: es la Iglesia

     En este apresurado siglo XXI sobrecargado de imágenes y de palabras vacías; otras falsas y divulgadas por los grandes prodigios de la técnica; muchas veces veces por la ignorancia o por cierto afán de ser singulares, numerosos jóvenes hacen una distinción en todos sentidos peligrosa y mal planteada: aceptan a Cristo, a su persona, pero rechazan a la Iglesia con suscuras, sus preceptos, sus prohibiciones.
     Mas es oportuno plantear el asunto así: Jesús de Nazaret durante treinta años vivió una vida privada en una aldea cualquiera, y para fundar su Reino empleó los tres años de su vida pública, años luminosos con la predicación de la Buena Nueva, avalada por muchos milagros y coronada con su pasión, su muerte y su gloriosa Resurrección.
     Todo para dejar para siempre en la tierra, el Reino de la Iglesia, su viña, para que en ella las siguientes generaciones encontraran al que es Camino, Verdad y Vida.
     Cristo está en la Iglesia, “y porque la Iglesia es en Cristo como un sacramento, o sea un signo e instrumento de la unión íntima con Dios y de la unidad de todo el género humano, ella se propone presentar a sus fieles y a todo el mundo con mayor precisión su naturaleza y su misión universal, abundando en la doctrina de los concilios precedentes” (Lumen Gentium n. 9). Así se expresaron todos los obispos en el inicio del Concilio Vaticano II (1962, 1965).
     
“Si alguno de los sarmientos
no da fruto, Él lo corta”     

     Cristo es la prueba definitiva del amor, hasta el extremo de anonadarse (disminuirse a sí mismo), entregarse y dar la vida por sus amigos y por todos.
El cristiano, ciudadano en su país, ha de cumplir con las leyes y con los deberes como tal, y como cristiano ha de cumplir con la única ley del cristianismo: la ley del amor.
     Mas no un amor descarnado desprovisto de esa fe, divorciado de las obras concretas.
     El verdadero amor a Dios es un compromiso de amar y servir a Dios, a quien no se ve, amando y sirviendo a sus prójimos --prójimo quiere decir cercano--.
     Las exigencias para ser sarmientos fructíferos, son las cotidianas ocasiones enque el cristiano puede y debe servir a los débiles, a los marginados, a los tristes, a los abatidos, a los ignorantes. y otros muchos más modelos de pobreza.

Crecer y amar

     Crecer no basta para ser cristiano, sino que ha de mantenerse en unión con Cristo por el amor.
     La palabra amor llega siempre cargada de exigencias. Dios es la única razón de la existencia del hombre, y Dios es amor. Entonces, sólo el amor es lo que verdaderamente importa. El amar es la primera exigencia del cristiano.
La fe se actualiza en las obras del amor. “Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión (el ser judío) ni la incircuncisión (el ser gentil, o sea pagano) tienen valor, sino solamente la fe que se acentúa por el amor” (Gal 5, 6).
     Así, una vez más, San Pablo se manifiesta fuerte en la fe, porque la hizo vigorosa con su entrega de más de treinta años a predicar y a vivir el amor de Cristo.

Pbro. José R. Ramírez

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