Suplementos | Epílogo glorioso después de todo lo visto y oído por ellos 'Y mientras los bendecía, se fue apartando de ellos y elevándose al cielo' Cumplida su misión entre los humanos, sube glorioso a las alturas, a la derecha del Padre de donde bajó Por: EL INFORMADOR 15 de mayo de 2010 - 21:52 hs San Lucas, el tercero de los cuatro evangelistas, no era judío, sino griego, convertido por la predicación de San Pablo. Es el único que toma su misión de presentar a Cristo y su mensaje de un extremo a otro: empieza con el mensaje del arcángel Gabriel a Zacarías, y sigue con el anuncio a María, la encarnación, el nacimiento del Salvador, su infancia y la vida pública, muerte y resurrección, y termina con la despedida del Señor visiblemente, elevándose a las alturas. ¿Quién es el que sube? El que primero bajó. De su grandeza y majestad infinitas, el Verbo de Dios descendió al seno de la más santa y pura de las mujeres, María. Cumplida su misión entre los humanos, sube glorioso a las alturas, a la derecha del Padre de donde bajó. Con las últimas cinco líneas de su evangelio, San Lucas pone broche de oro a su relato. Es la glorificación de Cristo, Dios-Hombre, ante la mirada absorta de los once apóstoles. Ahora, con plena luz comprenden que su Maestro es Dios, porque resucitó; tomó la vida de nuevo; resucitado se dejó ver durante cuarenta días, y allí, ante sus ojos lo han visto elevarse hasta que una nube “envidiosa” lo cubrió a su mirada. Bello final, epílogo glorioso después de todo lo visto y oído por ellos en sus días de discípulos del más grande maestro. Y mientras los bendecía... Una bendición es un buen deseo y un augurio de algo bueno. Bendecir es decir bien, es desear un bien a un ser amado. La madre bendice al hijo, un hombre lleno de bondad bendice al viajero, al iniciador de un trabajo, de un esfuerzo; Dios bendice al humilde que le implora una bendición. Cristo los bendice, y al bendecir a los once testigos de ese momento, bendice a la Iglesia naciente. Ellos son ya la Iglesia, la congregación de creyentes en Él. Es una bendición de despedida y de inicio de una empresa en la que ellos van a ser los actores, los responsables. Allí, con esa ascensión termina la presencia visible de Cristo en su Iglesia; seguirá invisible, mas todos, después de ese momento, verán a los discípulos y a los discípulos de los discípulos, en una ininterrumpida cadena, nada más. Cuando el Papa Juan Pablo II visitó Guadalajara y cuando la puerta del avión lo ocultó a las miradas de la multitud, el Cardenal Don José Salazar, en su estilo breve, sintético, sólo dijo cuatro palabras: “Es Cristo que pasa”. En la figura del vicario, del obispo de Roma, del primer Papa en México, con los ojos de la fe vio la imagen de Cristo. Y el Papa, en nombre de Cristo y como Cristo, con la mano de Cristo bendijo a la ciudad de Guadalajara, y con ella a todos los mexicanos. “Ellos, después de adorarlo, regresaron gozosos a Jerusalén” “Ellos, después de adorarlo...”. Adorar es el culto que sólo se le da a Dios, porque es origen y principio de todo, porque es el Ser Infinito Omnipotente y Eterno, el Ser Supremo “por quien somos y existimos”. Ellos adoraron a Cristo porque reconocieron a Cristo-Dios. Era necesaria esa escena para acabar de llenar su iteligencia con la certeza del prodigio, tan cercano a ellos en tres años de vivir y convivir con el Hijo de Dios. Ahora ya no les quedaría ninguna sombra de duda: Jesús es el Hijo “Regresaron llenos de gozo...”. Entonces, ¿no es cierto que toda despedida es triste? Si se apartó de ellos, si ya no lo volverían a ver, ¿por qué su gozo? Porque lo vieron glorificado. Su ascensión fue para ellos su certeza de un futuro también glorioso para elllos. El Maestro, en un momento trascendente, ante la tumba de su amigo Lázaro dijo categóricamente: “Yo soy la resurrección y la vida; el que cree en mí aunque haya muerto vivirá, y todo el que vive y cree en mí no morirá para siempre” (Juan 11, 25). Ahora lo han visto vivo y glorioso, y por Él esperan vida y gloria. Por eso no hay tristeza en sus corazones, ni ha de haber tristeza en el corazón del creyente; si ve acercarse el final de sus días, la esperanza --virtud gemela de la fe-- ha de animar al cristiano a ese momento inexorable de la muerte; no otra cosa, sino el encuentro de la creatura con su Creador, del hombre con Dios, con Dios vida y autor de la vida. Cuando en las aguas del Atlántico lentamente se fue hundiendo el “Titanic”, la orquesta en la sala de fiesta dejó la música profana y tocó, cual una triste despedida, una canción de los negros esclavos de los Estados Unidos de América: “Más cerca de ti, Señor, más cerca, sí”. Cada día es morir; nacer es empezar a morir, pero para el cristiano cada día no es caminar hacia la tumba, sino ir “cada día más cerca de Ti, Señor”, “Ustedes son testigos de esto” Desde esa mañana luminosa, sobre los cristianos --seguidores de Cristo-- está la consigna: “ser testigos de esto”. ¿Qué es esto? Es Maestro, vida, doctrina, pasión , muerte, resurrección, ascensión”. A veces, ingenuamente, algunos cristianos pretenden dejar esa misión sólo a los privilegiados con vestiduras sacerdotales o de religiosos y religiosas. No es así: ser cristiano es ser testigo de ese imborrable conjunto de “carismas”. Es testigo el predicador de la Buena Nueva, pero los mejores testimonios son las virtudes, la vida misma. Vivir el amor, practicar la caridad, la justicia, la misericordia, son espléndidas maneras de dar testimonio. Y todos dando su propio ambiente, con los singulares, personales, recursos temperablementales y caracteres, han dedar testimonio de Cristo, aunque su boca ni una palabra pronuncie. Los grandes santos más han atraído con su vida, más con sus hechos, que con sus dichos, porque “las palabras mueven, pero los hechos arrastran”. Los apóstoles de entonces y los cristianos de ahora, todos debemos ser testigos. “Permanezcan, pues en la ciudad, hasta que reciban la fuerza de lo alto” Ser testigo, nadie se atreverá a afirmar que es algo fácil. Cristo los envió a dar testimonio en un mundo difícil: Roma, Grecia, Israel...”. La Roma imperial con sus legiones, poderosos ejércitos para apoderarse de pueblos y naciones; con su comercio para llevarse los frutos y riquezas de los países a ella subordinados; con su paganismo, su multitud de divinidades y su desenfreno por el lujo, los placeres y los honores. Grecia, con el orgullo de su sabiduría --centro y origen de la cultura occidental-- y el desconocimiento de otros valores que fueran los suyos. Israel con su ceguera, porque “aunque el Mesías vino a los suyos, los suyos no lo recibieron”, como San Pablo les reprobaba en sus cartas a los gálatas, seguía apegado a Moisés y los profetas. Misión difícil encomendada a esos apóstoles sin letras, sin prestigio, sin dinero. Para tan difícil encargo no era suficiente su entrega, necesitaban la fuerza sobrenatural, la fuerza de Dios, la fuerza del Espíritu Santo. En la despedida Cristo les ha prometido no dejarlos solos y que el Padre les enviará el Espíritu Santo. La asensión es inicio del tiempo de la Iglesia Así con este signo glorioso ha caminado la Iglesia, pueblo en marcha, hasta este día en el mes de mayo de 2010. Ha tenido la Iglesia, madre y maestra, días de gozo y días de dolor. Cristo también les anunció a sus discípulos que si a la “leña verde” le causaron penas, sufrimientos, también los suyos, “leña seca”, sufrieron injurias, persecuciones, calumnias. El día en que sólo sean alabanzas, tal vez entonces cabrá la duda de si es la Iglesia de Cristo. La Iglesia es imagen de Cristo y, como su fundador, tiene como signo su rechazo del mundo, del demonio y de la carne. Cristo subió, pero invisible sigue en su Iglesia. José R. Ramírez Temas Religión Fe. Lee También ¿Cómo llegar en camión o tren a la Romería 2025? La gran reunión mágica Romería: Los kilómetros al ritmo de la fe ¿Qué día es la Romería 2025 en Guadalajara? Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones