Jueves, 23 de Enero 2020
Suplementos | El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre, como atestiguan las palabras del discurso de despedida en el Cenáculo

¿Vivimos conforme al espíritu?

Pensemos en la manera en que vivimos y en la que viven quienes están a nuestro alrededor, y preguntémonos si en esas realidades abunda amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí

Por: EL INFORMADOR

     “Por eso Jesucristo dice en el Cenáculo: ‘Os conviene que yo me vaya’; “Si me voy, os lo enviaré”. La “partida” de Cristo a través de la Cruz tiene la fuerza de la Redención; y esto significa también una nueva presencia del Espíritu de Dios en la creación: el nuevo inicio de la comunicación de Dios al hombre por el Espíritu Santo(..).

     “La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: ¡Abbá Padre!”, escribe el apóstol Pablo en la Carta a los Gálatas.

     El Espíritu Santo es el Espíritu del Padre, como atestiguan las palabras del discurso de despedida en el Cenáculo. Es, al mismo tiempo, el Espíritu del Hijo: es el Espíritu de Jesucristo, como atestiguarán los apóstoles y especialmente Pablo de Tarso. Con el envío de este Espíritu “a nuestros corazones” comienza a cumplirse lo que “ la creación desea vivamente “, como leemos en la Carta a los Romanos.” (Dominum et vivificantem N° 14. Juan Pablo II).

     De acuerdo a estas palabras del Magisterio de la Iglesia, plasmadas por el gran pastor que fuera el Papa Juan Pablo II, en uno de tantos documentos emitidos durante su pontificado, podríamos afirmar que hoy por hoy vivimos el “Mundo del Espíritu”.

     Esto lo podemos afirmar por la fe y por nuestra propia experiencia; sin embargo, en la vida de la mayoría de todos los seres humanos, esto no es una realidad y está muy lejano de serlo.

     Pensemos en la manera en que vivimos y en la que viven quienes están a nuestro alrededor, y preguntémonos si en esas realidades abunda  amor, alegría, paz, paciencia, afabilidad, bondad, fidelidad, mansedumbre, dominio de sí; ya que, como dice San Pablo en la Carta a los Gálatas capítulo 5, versículo 22, en todo esto consiste el “fruto del Espíritu”, lo que quiere decir que, si realmente el Espíritu Santo vive en nuestros corazones y lo dejamos actuar en nosotros, en nuestra vida, se manifestará ese fruto.

     De otra manera, y tristemente, es lo que sí abunda, dominará el fruto de la carne, que --como dice el mismo San Pablo en la misma carta-- consiste en fornicación, impureza, libertinaje, idolatría, hechicería, odios, discordia, celos, iras, rencillas, divisiones, disensiones, envidias, embriagueces, orgías y cosas semejantes(…)”, y, para lo cual  añade esta advertencia: “sobre las cuales os prevengo, como ya os previne, que quienes hacen tales cosas no heredarán el Reino de Dios.”

     Y porque ello es así, Dios, que es un Padre misericordioso, no nos abandona, no nos deja a nuestra suerte, a pesar de que muchos no sólo lo han abandonado, olvidado, ofendido gravemente, sino que han apostatado y rechazado abiertamente. Por el contrario, sigue con sus brazos abiertos, dispuesto a recibirnos misericordiosamente, a perdonarnos y a colmarnos de su Espíritu, para empezar una vida nueva, dejando totalmente atrás todo lo viejo, todo el pasado.

     Es por ello que a través de su Iglesia, suscita tiempos, oportunidades especiales para llamarnos y exhortarnos a la conversión; una de ellas es precisamente la fiesta de Pentecostés, la cual no es tan sólo una remembranza, una celebración de lo que sucedió hace cerca de dos mil años, cuando se cumplió la promesa del Padre y envió sobre María y los Apóstoles al Espíritu Santo, quien obró grandes maravillas, abriéndoles los ojos, transformando sus corazones timoratos, cobardes, cerrados, en corazones llenos de amor, valentía, y, sobre todo del poder de Dios; tan es así que ese acontecimiento marcó la fundación de la verdadera Iglesia de Cristo, que a dos mil años aun  se conserva firme e incólume, a pesar de todos los vientos y mareas que ha enfrentado a través de los años.

     Aprovechemos este acontecimiento y conmemoración de gracia; recibamos al Espíritu Santo en nuestro corazón y dejémoslo transformar nuestra vida, o bien, que atice el fuego en él y continúe su obra de renovación, para seguir adelante como discípulos y misioneros de Jesucristo resucitado.
 

Francisco Javier Cruz Luna
cruzlfcoj(arroba)yahoo.com.mx

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