Domingo, 12 de Octubre 2025
Suplementos | “La ciudad debe dar a sus habitantes seguridad y felicidad”, Aristóteles

Vida contemplativa

Centrum

Por: EL INFORMADOR

Todas las poblaciones tienen su centro, desde él se miden distancias y se hacen referencias, pero es sin duda mucho más que eso, ya que con este nombre se designa al “corazón” de las ciudades. Esta área suele ser el resultado de diversas transformaciones que se van dando a lo largo del tiempo, cada época y estilo deja su huella. Los suburbios en cambio, resultan casi siempre similares, espacios sin historia recién ganados a la naturaleza, sitios un tanto impersonales que podrían parecer hechos en serie; son los centros por su individualidad, la zona obligada para cualquier turista con una buena guía en la mano.

Recuerdo vivamente la emoción que sentía cuando era joven, al llegar a esa parte de Guadalajara, “la ciudad clara”, en donde se concentraba casi toda su actividad. Me subía al camión frente a la puerta de mi casa y en cinco minutos ya había llegado al Cine Variedades. Esta sala era severamente vigilada por miembros de La Liga de la Decencia, cuando las películas eran clasificación “C”, para impedir la entrada a quien no tuviera 21 años; para nuestra fortuna, existía una puerta secundaria con acceso a un segundo balcón con bancas de cemento, por donde era posible evitar al cancerbero.

Fue ahí donde a finales de 1956 pude ver Tú Sabes lo que Quiero (The Girl Can’t Help It) de Frank Tashlin, con la “bomba” sexy del momento, Jayne Mansfield. El filme giraba alrededor de un nuevo ritmo que era la sensación, el rock ‘n’ roll; Gene Vincent cantando Be-Bop-A-Lula, Fats Domino y Little Richard fueron todo un descubrimiento. Disfruté de la película varias veces y en todas las funciones había quienes se lanzaban a bailar por los pasillos, causando escándalo entre ciertos espectadores y divirtiendo a los demás.

Casi contra esquina del cine estaba La Copa de Leche, sin duda en aquellos tiempos el restaurante por excelencia, se anunciaba como “Café Restaurante al servicio de la Sociedad” y por nuestra corta edad sólo íbamos en ocasiones especiales; lo recuerdo amplio y agradable y sobre todo delicioso. Afuera, dando a la avenida, había una especie de estanquillo minúsculo donde se conseguían cigarros importados; aparte de los llamados de “carita”, había otros de lo más exóticos: con la boquilla plateada, el papel de colores y en tamaños extra largos. La señora del lugar, amable y pintoresca, era condescendiente ante nuestra obvia minoría de edad, y cuando el “domingo” alcanzaba para lujos de este tipo, se hacía todo un ritual con los amigos alrededor de la cajetilla.

Tan sólo a unos pasos en la acera de enfrente, en los bajos de una bonita casona afrancesada, se encontraba Casa Moragrega, quizá la más surtida de las tiendas de abarrotes de nuestra aun pequeña y acogedora Guadalajara; vendían conservas, vinos, licores y otras delicias. Solía acompañar a mi madre a comprar suculencias, que iba saboreando de antemano.

De los grandes almacenes yo disfrutaba en particular El Nuevo Mundo, ubicado en un hermoso edificio art nouveau a un costado del Palacio de Gobierno; ahí vendían unos cochecitos alemanes marca Schuco, que eran realmente unos clásicos. Todavía conservo un par de ellos en perfecto estado.
Mención especial merece Casa Lemus, en cuyo sótano sucedían milagros. En unas confortables cabinas pasaba tardes enteras escuchando discos y aspirando el sutil aroma del vinilo; Elvis Presley, Dave Brubeck, João Gilberto y tantos otros. La música, la más mágica de las artes, y quizá también la más antigua, tenía en ese sitio su “sanctasanctórum”.

Dos cuadras después se llegaba a Araiza, una tienda que apostaba por la elegancia masculina en una ciudad más bien informal, con artículos de un gusto impecable muy al estilo inglés. Logró sobrevivir hasta el año pasado prácticamente sin cambios, fiel a su tradición. En ese lugar, a los 13 años, compré mi primera corbata que me hizo sentir como un adulto.

En la época navideña existía la costumbre de ir a ver los “foquitos”, de preferencia la misma noche en que se prendían; los adornos, diferentes cada año, suscitaban todo tipo de comentarios y comparaciones. El escaso tráfico habitual, aumentaba ligeramente en esa temporada por las compras de rigor, y era curioso ver en el crucero de las dos arterias principales, a un oficial parado en un banquito portátil, gesticulando con vehemencia, tratando de hacer fluido el tránsito y jugándose el pellejo en más de una ocasión.

Podría seguir largo rato recordando tantas cosas, entre otras, los deliciosos dulces de Conchita en los pasajes subterráneos, la caseta sofisticada de Sears que en tres minutos sacaba cuatro pequeñas fotografías, las hamburguesas en la barra del novedoso Woolworth, el misterio de las fotos recién reveladas en Laboratorios Julio, la peluquería Iris con su clásico cilindro exterior, La Casa Colorada -diablo incluido-. Pero sin duda lo mejor de todo aquello eran los
encuentros espontáneos con amistades, parientes y conocidos, que provocaban pláticas sabrosas e intercambio de parabienes.

Era un auténtico gozo pasear por esas limpias y seguras calles, recorrer los portales y sentarse en alguna de sus bellas plazas con un “cuento” recién adquirido, para saborear las últimas aventuras de Superman. El centro fue, en cierta forma, la prolongación de nuestro hábitat, nuestro verdadero espacio vital.

Tapatío

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