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Viernes, 16 de Noviembre 2018

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Suplementos | De bultos y otras sutilezas

Vida contemplativa

A mí me tocó vivir una de esas extrañas experiencias que resultan dignas de contar a los nietos (y a los lectores.)

Por: EL INFORMADOR

Destacado: A mí me tocó vivir una de esas extrañas experiencias que resultan dignas de contar a los nietos (y a los lectores.) Era un mes de julio en Mazamitla, yo tendría unos dieciocho años y me hospedaba en el hotel de doña Luz Toscano en plena plaza. Una noche volvía con una amiga y un amigo después de excursionar por el bosque, cuando en una brecha al borde de un barranco, pudimos ver al fondo a distancia considerable, una intensa luz que dada la oscuridad total resultaba muy notoria. Nos detuvimos especulando su origen, no había nada alrededor, ni casas, ni electricidad; de pronto, la luminosidad se vino rápidamente hacia nosotros.


¿Quién de niño no escuchó en algún pueblo perdido al que se acudía en vacaciones, historias de aparecidos, bultos, lloronas, catrines y otras sutilezas, narradas quizá por la abuela o por el de la tiendita de la esquina?
Ahora, cuando esas leyendas del México rústico se han ido desvaneciendo ante el embate de la tecnología, resulta importante rescatarlas del olvido, recuperar algo de su magia, ya que las personas que las recuerdan están en edad avanzada y tienden a desaparecer junto con toda una época.
Me acuerdo vivamente de algunas noches oscuras y tormentosas escuchando a la nana contar relatos que conocía de primera mano, unos realmente escalofriantes, otros más bien divertidos.
De entre los primeros estaba el de un joven vago, borracho y malviviente, que luego de haberle faltado al respeto a su sufrida madre, se encontró de noche a un bebé abandonado en plena calle, y al acercarse vio que el niño le sonreía mostrando dos largos colmillos, al tiempo que le decía “ya tengo dientes”. La moraleja era que el susodicho gandul se arrepentía de sus actos y se transformaba en un hijo modelo.
Había otro muy inquietante que tenía que ver con un bulto que se movía sin tocar el suelo, flotando en el espacio en un rincón perdido de una granja solitaria; yo lo imaginaba como un saco grande de mercado, pero después de confrontar esta visión con los otros escuchas, me pude dar cuenta de que cada quien lo visualizó de diferente manera.
En los maravillosos veranos en la Chapala de mi niñez, aún era posible encontrar viejos lancheros que habían vivido el esplendor de la navegación, cuando grandes buques hacían el trayecto entre Michoacán y Jalisco transportando mercancía, y quienes aseguraban haber visto salir del lago a una especie de deidad, la Vieja Machis, que en casos de naufragio tendía la mano para rescatar a los accidentados. Su aparición era espectacular entre luces y melodías.
A mí me tocó vivir una de esas extrañas experiencias que resultan dignas de contar a los nietos (y a los lectores.) Era un mes de julio en Mazamitla, yo tendría unos dieciocho años y me hospedaba en el hotel de doña Luz Toscano en plena plaza. Una noche volvía con una amiga y un amigo después de excursionar por el bosque, cuando en una brecha al borde de un barranco, pudimos ver al fondo a distancia considerable, una intensa luz que dada la oscuridad total resultaba muy notoria. Nos detuvimos especulando su origen, no había nada alrededor, ni casas, ni electricidad; de pronto, la luminosidad se vino rápidamente hacia nosotros, subió en segundos la cuesta, y nos cerró el paso a escasos metros. El susto fue mayúsculo y nos desplomamos al suelo “hechos bolita” unos contra otros, la dama se puso a rezar mientras yo sentía que el corazón se me salía por la boca. No sé cuánto tiempo pasó, pero cuando abrimos de nuevo los ojos ya no había nada. Corrimos como locos el resto del camino y llegamos temblorosos a “empinarle” al ponche. Hasta la fecha no tengo idea qué sucedió.
Tiempo después, realizando un par de documentales, tuve la oportunidad de conocer varias historias de este tipo; siempre alrededor de lugares que habían conocido mejores tiempos, todavía un poco marginados e invariablemente en voz de lugareños ya mayores. Algunas de ellas se rescataron en las filmaciones, otras quedaron tan sólo en mi memoria; una cueva perdida que albergaba un rico tesoro y las maldiciones que caían sobre los que infructuosamente intentaban saquearla, una bota solitaria que se movía rítmicamente en una derruida fábrica de tequila, que yo imaginé como zapato de Charles Chaplin, y muchas más por el estilo.
Don Lupe, un longevo alfarero de Santa Cruz de las Huertas, me platicó que por las cercanías del pueblo pasaba un caudaloso arroyo, y que una vez al cruzarlo, regresando ya tarde a su casa, se topó con una bella muchacha que gemía desconsolada. Él se acercó a tratar de socorrerla, y cuál sería su sorpresa al percatarse de que los ojos de la joven brillaban “como el fuego”.
Podría seguir largo rato escribiendo además sobre las mil formas en que he escuchado que el diablo se nos presenta: catrín y seductor, o de forma espeluznante. Se podría pensar que le sobra el tiempo para venir a asustarnos. Parece ser, eso sí, que su tarjeta de presentación es siempre el fuerte olor a azufre que deja a su paso, ¿así olerá el infierno?
La modernidad no se lleva bien con los espíritus, me temo; en las estrechas viviendas de interés social no hay espacio para arrastrar cadenas, como solían hacer las almas en pena. En Inglaterra se organizan tours para ver fantasmas, pero claro, en castillos húmedos y tenebrosos y a la luz de las velas.
La televisión vino a suplir en el imaginario colectivo a los espantos, y aunque en nuestra ciudad todavía se cuenta una que otra anécdota al respecto, los tiempos ya no son como “en denantes”. Ya lo decía el ranchero, “los fantasmas no existen, pero de que los hay, los hay”.

texto y foto: alejandro gonzález gortázar

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