Suplementos | Por: Vicente García Remus Veredas Las islas de Atoyac Por: EL INFORMADOR 3 de enero de 2010 - 01:56 hs Al Poniente de Atoyac, se localizan las sensacionales islas: “Chica” y “Grande”. Pasando la vegetación de Cofradía, las maravillosas islas se dejaron ver, dos manchones verdes, contrastados por arenas marrones y por charcas blancas y azules, diseminadas por doquier, como queriendo decir: “fuimos laguna, y en un buen temporal lo somos, aunque sea por ese temporal”. Díceres que en un pasado la Laguna Sayula y la Laguna de Chapala fueron una sola. Poco antes de llegar a Atoyac, viré a la derecha por el sendero que va a unos tanques, camino terraplenado por arriba del lecho de la laguna, como medio metro. Miré la isla Chica, cubierta por diversas plantas. Me desvié por unas huellas, que se dirigían a la isla Grande, unos charcos me impidieron seguir, me baje del coche para apreciar la deslumbrante isla, silueta alargada y delimitada por copas de grandes árboles. Regresé al sendero, que termino en unos tanques, miré la isla Grande a través de los tanques, luego caminé al extremo del último tanque para ver mejor la isla, que espejeaba sobre el agua, agua animada por cormoranes, garzones, pelicanos, cigüeñas, patos, chorlitos y avocetas, bello escenario. Un documento dice: “Las islas actualmente existentes en el lugar son extrusiones (emergimientos), relativamente recientes de un basalto afírico de labradorita y olivino, aunque se presentan en menor proporción andesitas”. Después de admirar la isla Grande y sus aves, me encamine a la isla hermana, la isla Chica, al entrar vi un añoso tractor Mc Cormick, luego unas enormes palmeras y unos corpulentos mangos. En los comederos del ganado, saludé a Jesús Anguiano, mejor conocido por “Chundis”, a su esposa Maye Montoya y a sus dos hijas, Jesús estaba dando pienso a las vacas. A un costado de los comederos miré un bonito cuaco bayo, que se asomaba a la puerta de su caballeriza. Les pedí permiso para conocer la isla y caminé gustoso a observar un hermoso bosque de higueras centenarias que me había cautivado, un bosque insólito y precioso a la vez. Me adentré al fascinante bosque, donde apenas se filtraban algunos rayos de luz, me senté y me recargué sobre una enorme raíz, contemplé las expresivas ramas por un buen rato. Caminé pausadamente por el bosque, hasta llegar a unas peñas negras, sombreadas por una bizarra higuera, subí las peñas para luego llegar a una de las crestas de la isla, poblada por mezquites, órganos y nopales, el sitio es un excelente mirador, aprecié la cresta vecina, la isla Grande, los campanarios y la cúpula del templo de Atoyac, Amacueca, Techaluta y las sierras circundantes de la laguna. Enseguida caminé por la isla, contemplando más higueras, en tramos me tenía que agachar, pues andaba en veredas ganaderas, después di unos pasos sobre la laguna, sobre costras salitrosas, para ver la isla Grande y de regreso, la Chica, vibrantes espacios ricos en formas y verdores. En 1880, estaban registradas las playas de las islas, como buenas productoras de tequezquite. De la isla Chica, fui al restaurante “El Social”, de Ramón Gómez, me senté en una mesa del balcón, donde Francisco Montes de la Torre, me llevó unas ricas tostadas de lomo y una cerveza, al frente miraba los doseles de laureles, jacarandas, palmeras, cipreses y al fondo la sierra Tapalpa, a un lado el nevado Colima y al otro el cerro García. Temas Pasaporte Veredas Lee También Un viaje por el tiempo en Cuitzeo, Michoacán Abrazo otoñal en la Riviera Nayarit Pasaporte: la vocación de contar el mundo Cuatro imperdibles para tu primera visita a Madrid Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones