Sábado, 11 de Octubre 2025
Suplementos | Del seno del Padre descendió el Verbo de Dios al seno de María

Una vez salió un sembrador a sembrar

Por las ciudades, los pueblos y los caseríos de Judea, de Galilea, de Samaria, las multitudes escucharon su mensaje de amor, de verdad, de vida

Por: EL INFORMADOR

     El sembrador era el Hijo de Dios. Del seno del Padre descendió el Verbo de Dios al seno de María. Tomó así la naturaleza humana y, hombre entre los hombres, al llegar el momento dio principio a cumplir la voluntad de su Padre, de sembrar la Buena Nueva entre los hombres.
     Por las ciudades, los pueblos y los caseríos de Judea, de Galilea, de Samaria, las multitudes escucharon su mensaje de amor, de verdad, de vida.
     En tres años --los de la vida pública de Jesús--, con el testimonio de su presencia y el prodigio de sus manos, muchos fueron testigos de los milagros  para confirmar así que era en verdad el Mesías esperado, y porque su corazón estaba pleno de amor, de comprensión para los que sufren, para los enfermos, los atribulados, los pobres.
    Mas su persona, su palabra, su mensaje, su alma, desde entonces y hasta ahora, no eran ni son recibidos de igual manera. Cristo es blanco de contradicción: es amor para unos y es odio para otros; como lo mismo en este siglo XXI están el sí generoso de unos y el no rotundo por ignorancia, indiferencia u odio de otros.
    Y ante su mensaje hay diversas maneras de recibirlo, y los frutos serán de diversa cantidad y calidad, según la disposición de quien lo recibe.
    En sencilla parábola, ha dejado el Maestro cuatro distintas maneras de recibir el mensaje. Primero...

“Al ir arrojando la semilla, unos granos cayeron a lo largo del camino...”

    Al explicar la parábola, el Maestro dice que apenas cae la semilla, la palabra de verdad, al instante el demonio la arrebata, como prontos están los pájaros a comer la simiente a lo largo del camino.
    Es la superficialidad, la ligereza, la irreflexión de muchos precipitados caminantes en este siglo XXI.
    Es una generación seducida por la imagen; la imagen en la televisión, en el cine, en el internet y, desde pequeños, en el nintendo y juegos con abundacia de imágenes.
     Ese llamado “homo videns” es muy hábil en el manejo de la técnica de toda clase de aparatos, mas es torpe para entrar por la senda del pensamiento, de la reflexión. Y puede acontecer que embebidos en la superabundancia de imágenes, dejen pasar la vida. Si les cae ahí la semilla, no la aceptan, ni siquiera la perciben. Esa semilla no alcanza a nacer.

“Otros granos cayeron en terreno pedregoso”

    El Maestro explica a sus discípulos la actitud de los que reciben la palabra de Dios con alegría, pero son inconstantes.
    Ya lo había dicho el Señor: el que pone la mano en la mancera y vuelve la mirada atrás, no es digno del Reino de los Cielos.
    Y también dijo: “El Reino de los Cielos padece violencia y sólo los audaces lo alcanzan”.
    Los santos se han distinguido por esa santa audacia, por esa perseverancia muchas veces oculta, sólo vista por los ojos de Dios en una vida entera en el amor, en la entrega, en el sacrificio. Muchos empiezan, pero el éxito está en concluir.
    Quienes se han lanzado por el camino de la perfección, de la vida interior, han experimentado las dudas. Muy duras son las crisis de fe, y sólo superan estas angustias los creyentes. Éstos nada saben de las crisis de fe que sacuden al árbol desde la raíz hasta la más alta rama.
    Y además pasan por etapas llamadas de desolación, una oscuridad espiritual por la que pasan días y años incluso almas de alta vida interior. Santa Teresa de Ávila es testigo y confidente de cómo su perseverancia fue varias veces probada con etapas de desolación, en las que debía seguir siendo fiel “no por las consolaciones de Dios, sino al Dios de las consolaciones”.
    El buen creyente, en sus oraciones, ha de pedir cada día la gracia de “perseverar hasta el fin”.
    Los inconstantes son los que no dan fruto porque la semilla cayó entre piedras y no alcanzó a echar raíces.

“Otros cayeron entre espinos, y cuando los espinos crecieron sofocaron a las plantas”

    Las plantas crecen, pero no dan fruto porque “las preocupaciones de la vida y las riquezas las sofocan”.
    Los obispos de todo el globo terráqueo reunidos en el Concilio Vaticano II, con empeño, dedicación y esfuerzo lograron llegar a la publicación de la Constitución Pastoral “Gaudius et Spes” (Gozo y Esperanza), promulgada el 7 de diciembre de 1965, final del Concilio.
    Fue un esfuerzo para presentar al hombre actual el sentido de la fe y el papel de la Iglesia en estos tiempos.
    Trata de la unión íntima de la Iglesia con la familia humana universal; de la condición del hombre en el mundo moderno; de los cambios y desequilibrios profundos; de las aspiraciones más universales de la humanidad; de las interrogantes más profundas del hombre.
    La respuesta fue el objetivo del profundo estudio expresado en nueve capítulos, éstos en dos partes que abarcan las diversas actividades y el amplio panorma del pensamiento del hombre de hoy.
    En el número diez, al exponer las interrogantes más profundas del hombre, el documento da una imagen del ser humano y afirma que “los desequilibrios que aquejan al mundo de hoy están estrechamente relacionados con aquel otro desequilibrio, más fundamental, que tiene sus raíces en el corazón del hombre, pues en el hombre mismo muchos elementos están en lucha”.
    Es la buena semilla que, al crecer entre muchas yerbas, es sofocada por éstas y no la dejan dar fruto.

“Otros granos cayeron en buena tierra”

    La misión de la Iglesia es la de sembrar la Buena Nueva. La Iglesia ha continuado, su mensaje es el mensaje de Cristo y Cristo es la Iglesia.            
    Ha sido testigo en veinte siglos de cómo la semilla ha dado abundantes frutos, en unos el treinta, en otros el sesenta y en otros hasta el cien por ciento. Los primeros son las almas fieles, y los del cien por ciento son los santos, que, con su vida los confesores y con su muerte los mártires, han dado testimonio elocuente de su fe en Cristo, de su amor a Cristo.

Cristo, la semilla también

    Cristo mismo es la semilla. Así como el pueblo de Israel se alimentó con el maná caído del cielo, en su peregrinar hacia la tierra prometida, Cristo es la semilla, el pan que alimenta el alma.
    Todos los días cae Cristo en las almas, tierra abierta ávida de recibirlo y pronta a responder con obras de amor, de misericordia, de testimonio.
     La Sagrada Eucaristía, centro, núcleo de la vida de la Iglesia, es sustento de los fieles.
    En el amplio martirologio de veinte siglos de fe en Cristo, es constante el testimonio de la recepción del Sacramento de la Eucaristía, la firmeza de la fe, la constancia en el bien obrar, fortaleza en las pruebas.
    Esa semilla ha dado inefables frutos de santidad. En la lejana tierra donde ha caído, ha hecho brotar virtudes, ha fortalecido e iluminado con la fuerza y con la luz de Dios.

Pbro. José R. Ramírez

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