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¿Una insana cercanía?

Peña Nieto llega a los 100 días de gobierno haciendo valer su autoridad y con el reto de disciplinar a facciones poderosas del PRI

Por: EL INFORMADOR

EN EL PODER. Enrique Peña Nieto llega a sus cien días al frente del país con un pacto político inédito. NTX /

EN EL PODER. Enrique Peña Nieto llega a sus cien días al frente del país con un pacto político inédito. NTX /

GUADALAJARA, JALISCO (10/MAR/2013).- El Partido Revolucionario Institucional (PRI) decidió despojarse de máscaras y atavismos históricos. La simulación no es posible en la sociedad mexicana del siglo XXI. El retorno del tricolor a Los Pinos significa también la sumisión de la agenda institucional a la Presidencia. Tal como sucede en la mayoría de las democracias, el jefe de Estado, y de Gobierno en el caso de los regímenes presidencialistas, se asume como la cabeza máxima del partido. Si alguna vez, durante los años de la incipiente transición democrática en México, Ernesto Zedillo señaló que tenía una “sana distancia” con el partido lo que llevó al poder, ahora vemos un movimiento opuesto. Enrique Peña Nieto ha recobrado la fuerza organizativa de la Presidencia de la República, ha plegado a los gobernadores a su proyecto nacional y ha embarcado al PRI a otra aventura ideológica: reforma de PEMEX  e IVA en alimentos y medicinas.

El PRI hizo de la mutación su método de supervivencia. En la genética tricolor, las reformas son más que una excepción, una regla. Se equivoca el que trata de analizar al PRI desde la homogeneidad y la uniformidad históricas. El cambio, más que la parálisis; el movimiento más que el estancamiento, fueron claves para entender la longevidad del PRI al frente de la Presidencia. Las reformas electoral son una muestra clara: 1964, diputados de partido; 1977, plurinominales; 1986, fortalecimiento del sistema de Representación Proporcional; 1993, el IFE califica las elecciones; 1996, autonomía al IFE y creación del Tribunal Electoral del Poder Judicial.

Aunque con reglas que se mantenían intactas: rotación de élites, lealtad al Presidente de la República, “los trapos sucios se lavan en casa”, apariencia de consenso y distribución eficaz de poder, el PRI estuvo marcado por fases que son claves para entender su ADN. Desde el Partido Nacional Revolucionario (PNR) fundacional que trazó el marco institucional del partido-régimen, pasando por el nacimiento del Partido  de la Revolución Mexicana (PRM) y el cardenismo que consolidaron el tejido corporativo que sostuvo la estructura del partido, hasta la llegada de la oleada tecnocrática de los ochenta y los noventa, el PRI ha experimentado severos cambios de rumbo político.

Durante todas estas transformaciones, y hasta la Presidencia de Zedillo, la estructura vertical del priismo permitía que el Presidente gozara de atribuciones metaconstitucionales que le daban gobernabilidad y solidez de mando al interior del partido. El jefe máximo tenía la posibilidad de repartir cargos políticos, premiar la lealtad, así como utilizar las fortalezas del Estado para castigar indisciplinas internas.

La relación del Presidente con el partido, tenía también un condimento, común en el sistema político mexicano de la mayoría del siglo XX: la simulación. El Jefe del Ejecutivo se llenaba la boca de palabras para describir la autonomía del partido y la fortaleza institucional del tricolor. Sin embargo, detrás de esa narrativa de independencia política, se escondía el mandato incontestable y hegemónico del Presidente de la República. El PRI fue agrarista, socialista, revolucionario, nacionalista y hasta neoliberal, según la voz cantante del Presidente en turno. La militancia admitía el enraizamiento de esta cultura política presidencial que entronaba al Ejecutivo durante su sexenio y lo sumía en la agonía política cuando sus días en el Palacio habían terminado. “Muerto el Rey, viva el Rey”, un episodio que se repetía cada sexenio.

Enrique Peña Nieto está dispuesto a recuperar el vigor presidencial perdido. La silla máxima de la nación experimentó un debilitamiento profundo desde la Presidencia de Ernesto Zedillo. El Presidente perdió conducción de los hilos corporativos del país (los sindicatos, en específico), quienes comenzaron a impulsar su propia agenda con intereses divorciados de los de la Presidencia; perdió el control de su partido, que tanto con Zedillo como con los presidentes panistas, muchas veces se convirtieron en obstáculos políticos para el Presidente, y en general, la Presidencia fue capturada por grupos de interés que minaron su alcance para empujar reformas y negociar en circunstancias favorables para el Ejecutivo.

La batalla

La primera batalla de Peña Nieto es al interior de su partido. La lucha contra el sindicalismo como poder fáctico o imponerle contrapesos a los gobernadores, pasa por disciplinar a facciones poderosas del propio tricolor. El PRI gobierna 21 estados y tiene tejidos muy sólidos con organizaciones gremiales antidemocráticas y que utilizan los recursos públicos sin transparencia. Para ello, el Presidente debe de recomponer esa jerarquía de mando al interior de su partido que le permite conducir a la embarcación hacia los puertos promovidos por su Gobierno. Si Carlos Salinas de Gortari logró hacerse de la conducción innegable del partido a través de golpes certeros al sindicalismo y a los gobernadores, y a través de una “modernización ideológica” del PRI que incluía el giro neoliberal matizado con un toque de programas sociales como Solidaridad, Peña Nieto también apuesta por plegar a su programa nacional a la estructura partidaria. ¿Es posible “modernizar a México partiendo de la base de un partido que conjuga, mejor que ninguno, las resistencias al cambio presentes en el país de hoy?

La reforma a los estatutos del PRI no es menor. El PRI se desprendió de dos banderas históricas que lo vinculaban con su corazón ideológico: el nacionalismo revolucionario. Tanto los impuestos indirectos a alimentos y medicinas, como la discusión sobre la participación de la iniciativa privada en PEMEX, constituyen dos anclajes, no sólo del PRI cardenista o echeverrista, sino también del rumbo tomado por el partido tras la derrota del año 2000. En aquellos años, y particularmente bajo la dirección nacional de Beatriz Paredes, el PRI se definió como un partido socialdemócrata, y puso incluso más candados a la tentación de promover reformas como las que ahora se impulsan desde los Pinos. Los estatutos del PRI siguen reflejando esa coexistencia, contradictoria y difícil de explicar, entre tendencias políticas históricas en el tricolor. Ahora, el peñanietismo, comprometido con las reformas tecnocráticas, comenzadas en los noventa, ha decidido deshacerse de los atavismos nacional-revolucionarios que vinculaban al PRI con una agenda que ahora queda como monopolio absoluto de la izquierda partidista.

No es extraño tampoco que, en los regímenes presidenciales (y aún más en los parlamentarios), el Presidente sea la cabeza de su partido. Lo vemos en la Argentina de Cristina Fernández de Kirchner y su hegemonía sobre el Partido Justicialista; en la predominancia de Barack Obama sobre los demócratas en Estados Unidos, o en la fortaleza del presidente francés François Hollande al interior del socialismo galo. Sin embargo, la historia política del país nos lleva a sospechar de esta subordinación del partido a la agenda presidencial, que en otras democracias suele ser común.

¿Qué clase de partido es el PRI bajo las órdenes de Peña Nieto? ¿Es un partido socialdemócrata, conservador, liberal; de izquierdas o de derechas? Es difícil decirlo, sin embargo la estampa de “pragmático” es, tal vez, la más adecuada. Un partido dispuesto a desprenderse de banderas ideológicas y políticas para plegarse a una agenda de cambios propuesta por el Ejecutivo. El PRI no volvió a Los Pinos porque los mexicanos hayan olvidado el pasado o porque hayan olvidado su escasa vocación democrática durante décadas. Ni siquiera porque de pronto el tricolor se haya vuelto un partido ideológicamente atractivo. El PRI vuelve a Los Pinos por la credibilidad de su discurso de “eficacia”, en un escenario de transición atrapada por la parálisis, el posibilismo y la inmovilidad. La eficacia significa resultados, sin justificaciones ni dilaciones. Significa no quejarse de la falta de cooperación del Poder Legislativo o no ceder ante intereses fácticos.

La eficacia, como concepto rector de la estrategia política presidencial, pasa, en gran medida, por el restablecimiento de los hilos de poder del Ejecutivo. Es decir, pasa por una “insana cercanía”, donde el Presidente participe vívidamente en su partido; influya en los espacios de decisión, y limite la actuación de agentes que se resisten al cambio al interior del propio PRI. Nos vamos a tener que acostumbrar, de nuevo, a que el jefe político del PRI despacha en Los Pinos y no en Insurgentes.

Por: Enrique Toussiant.

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