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Suplementos | Todos parten del mismo argumento que se repite una y otra vez

Una élite al desnudo

Todos parten del mismo argumento que se repite una y otra vez
No es un debate sólo de leyes y el comportamiento jurídico adecuado. EL INFORMADOR / S. Mora

No es un debate sólo de leyes y el comportamiento jurídico adecuado. EL INFORMADOR / S. Mora

GUADALAJARA, JALISCO (10/ABR/2016).- Cansa el estribillo: “las sociedades de ultramar -offshore- no son ilegales”. No importa si escuchas un programa de radio en España donde hablan de Pilar de Borbón o de Lionel Messi. No importa si prendes la televisión en México y se comenta sobre los 100 millones de dólares en Panamá del propietario de Grupo Higa. O si lees un periódico francés hablando sobre Jean Marie Le Pen, el histórico líder ultraderechista y nacionalista.

 Todos parten del mismo argumento que se repite una y otra vez, como si detrás de las revelaciones de las 200 mil sociedades que gestiona el despacho Mossack Fonseca sólo existiera un debate sobre leyes y su cumplimiento. Nos dicen una y otra vez, lo que hacen estos señores no es ilegal en sí mismo. Comprar una pistola tampoco es ilegal, diría yo, pero matar sí lo es. Una gran trama que huele a corrupción y desvío de fondos, a pesar de que haya quien se resista a pensar por qué un político o un empresario crea una sociedad offshore en un paraíso fiscal. Tal vez porque le sobra el tiempo.

Me temo que no va por ahí la indignación mundial, no es asunto estrictamente del marco jurídico. Las revelaciones del despacho centroamericano son la confirmación del modus operandi de una élite económica y política a la que le estorban los impuestos y la fiscalidad, ésa es la raíz del escándalo global. Una élite que pide esfuerzos a la ciudadanía, y que al mismo tiempo configura sociedades en paraísos fiscales para evadir impuestos y blanquear dinero que proviene de fuentes ilícitas.

No es un debate sólo de leyes y el comportamiento jurídico adecuado, sino sobre las oscuras formas del poder, que serían indescifrables si no fuera por un grupo de valientes periodistas que se atreven a poner luz sobre estas tramas fraudulentas. Esta forma de actuar de la élite puede no ser una sorpresa para muchos, pero su alcance global, y el volumen que representa en términos de la economía total del mundo, sí es para levantarle la ceja hasta al más acostumbrado de los observadores de la política mundial.

Es también la comprobación del fraude que representan muchos de los discursos nacionalistas que escuchamos en la actualidad. Muchos políticos que aparecen en los “Papeles de Panamá” son ardientes patriotas. Vladimir Putin, por ejemplo. Su entorno empresarial se encuentra vinculado a las revelaciones por cantidades que superan los dos mil millones de dólares, y a él sólo se le ocurre el típico argumento de que el imperio está detrás de las filtraciones. Siempre se puede acusar a la CIA para salir de una situación difícil.

La política de nacionalizaciones del Kremlin en la década pasada se sustentó en la idea nacionalista de evitar la fuga de capitales tras los inestables periodos de Boris Yeltsin y reconstruir un modelo económico fincado en las exportaciones de crudo y gas. El nacionalismo, al día de hoy, sigue siendo una narrativa que funciona de pegamento político en sociedades divididas y polarizadas, pero que no tiene ninguna correspondencia en la forma en que administran su dinero los líderes políticos.

Así, cuando vemos las operaciones financieros de estos políticos y empresarios, entendemos que su única patria es su dinero, que cuando quieren proteger su caudal millonario no dudan un segundo en sacar estratosféricas cantidades de su país y enviarlas a paraísos fiscales. Puede ser legal, no lo dudo. Si se reportan y se pagan impuestos, cada quien puede decidir lo que le dé la gana con su dinero. Es el liberalismo económico a la máxima potencia. Sin embargo, si todos hicieran lo que hacen socios de Putin, el primer ministro islandés y su mujer, Jean Marie Le Pen o Lionel Messi, Rusia, Islandia, Francia o España caerían automáticamente en bancarrota. Una conducta que no es universalizable, siempre tiene visos de antiética.

Los paraísos fiscales existen por una razón: son funcionales. Les funcionan a los principales integrantes de la élite, sean escritores como Mario Vargas Llosa o empresarios cercanos al Gobierno como Armando Hinojosa. De acuerdo a la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), una cuarta parte de la economía mundial se encuentra en paraísos fiscales.

En números absolutos, alrededor de 17.5 billones de euros en 50 paraísos fiscales, que van desde pequeños países como Belice, al sur de México, o Luxemburgo, que tiene el PIB per Cápita más alto de la Unión Europea, hasta naciones como Suiza o las islas del Caribe en América. Los paraísos fiscales compiten por atraer capitales globales, ya no por innovación o una economía sustentada en la mano de obra calificada, sino simplemente por el bajísimo cobro de impuestos y la secrecía que rodea la apertura de una cuenta o la conformación de una sociedad anónima en estos países. Una competencia desleal de estas características no sería permitida en materia de comercio o provisión de servicios, pero la tolerancia con los paraísos fiscales, por parte de las naciones europeas que son las más castigadas por la desviación de fondos y la no declaración fiscal, sorprende.

En el mundo existen tendencias de opinión, estados de ánimo que marcan la reacción o contención de la ciudadanía ante revelaciones como las de los “Papeles de Panamá”. Tras tres décadas de pensamiento económico único, en donde el libre mercado y la mano invisible se paseaban globalmente como “irrefutables” ante los fracasos del socialismo real, ahora las divergencias se acumulan. Las críticas al sistema neoliberal se apilan, ya sea desde los movimientos de Indignados u Occupy Wall Street hasta publicaciones como “El capital del siglo XXI” de Thomas Piketty.

La desigualdad, que hace apenas una década no era ni concebida como problema, hoy se erige como el muro que separa a la humanidad. Cada vez más, la desigualdad se entiende no sólo como una situación condenable desde el punto de vista moral, sino también como una pesada losa que evita el avance de la economía y que vulnera la democracia misma. La desigualdad mundial está en el corazón de los “Papeles de Panamá”: el botón de muestra de una economía que produce archimillonarios que tienen que buscar debajo de las piedras, por cielo, mar y tierra, en donde esconder los miles de millones de dólares que no pueden ni reportar a las haciendas públicas en sus países de residencia.

Asimismo, los “Papeles de Panamá” son la comprobación del rol tan importante que juega el periodismo de investigación en el mundo de hoy. Décadas y décadas se especuló sobre el futuro del periodismo con la aparición de las nuevas tecnologías. Se pensó que el papel del periodista de investigación en un mundo atravesado por informaciones que cruzan de un lado a otro sin posible contención, iba a tender a la irrelevancia. Algunos escribían el epitafio del periodismo tal cual como lo conocemos al día de hoy. Sin embargo, el periodismo de investigación goza de una salud innegable.

Es cierto, la tecnología es fundamental para que un grupo de periodistas, y un puño de medios de comunicación, puedan procesar en menos de un año casi 11.5 millones de documentos que se filtraron del despacho Mossack Fonseca. En el pasado, sin las tecnologías que hoy tenemos, la revisión hubiera sido casi humanamente imposible. La tecnología no sustituye al periodista, sino que es sólo una herramienta que le ayuda a cumplir los objetivos sociales que se encuentran en la raíz misma de la profesión.

Mientras exista “poder”, el periodismo de investigación es indispensable. Es cierto que los medios de comunicación pasan por un periodo de ajuste, en una etapa que muchos han llamado de la “sociedad des-mediada”. Sin embargo, la labor de fiscalización que debe ejercer el periodismo queda de manifiesto en investigaciones como la de los “Papeles de Panamá”. El poder, ya sea económico o político, siempre tiene la tentación de esconder e invisibilizar los hechos que no le convienen. Por ello, la filtración de miles de documentos significa la confirmación de la importancia del periodismo para impulsar cambios políticos y sociales, para desnudar aquellos que se oculta y para la rendición de cuentas.

La democracia no puede existir sin medios que fiscalicen no sólo a los políticos, sino también a los empresarios, dirigentes sociales y hasta a los deportistas. El periodismo cumple una función democrática de primer orden, recordando a Jefferson: “Prefiero periódicos sin Gobierno, que Gobierno sin periódicos”.

Las revelaciones de los “Papeles de Panamá” demuestran las diferencias tan grandes que hay en materia de rendición de cuentas entre los distintos países. En Islandia, el primer ministro tuvo que renunciar, más por haber mentido que por su sociedad de ultramar.

En México, a lo máximo que llegó el SAT es a comprometerse con una investigación a los mexicanos que aparecen en las filtraciones. Al final, lo importante de revelaciones de esta magnitud es dimensionar lo que significan los paraísos fiscales y lo funcionales que resultan para que una élite mantenga sus privilegios y esconda la suciedad debajo del tapete. Las revelaciones seguirán apareciendo, aún faltan muchos nombres por aparecer. Esto parece ser sólo la punta del iceberg de una trama global de defraudación y blanqueo que desnuda de cuerpo entero a la élite mundial.

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