Suplementos | Pasaporte Un viaje, un tiempo, una aventura De viajes y aventuras Por: EL INFORMADOR 2 de febrero de 2009 - 18:20 hs Creo firmemente que todas las cosas tienen -o deben de tener- su tiempo. Creo que este viaje tuvo su tiempo y se hizo en su momento. Creo. Un poco de locura es ingrediente indispensable para hacer ciertas cosas. -La Estulticia y la Moria deben de ser parte importante de nuestras vidas- dijo con mucha sabiduría Erasmo de Rótterdam, amigo íntimo de Tomás el Moro, allá por los años de 1500. Erasmo, al igual que su cuate Tomás eran unos chavos buenísima onda, -por supuesto que más que incomprendidos en su tiempo - quienes por los azares de la vida y los usos de aquellos tiempos, fueron destinados a ejercer -sin ecua non- la vida monástica (sin equa non quiere decir que no había de otra; o chambeaban en eso, o había que batallarle a pié pelón por la vida por muy intelectuales que fueran) a pesar de que ellos eran gente pensante que frecuentemente se revelaba a las doctrinas y los usos que las autoridades (iglesia) con prepotencia imponían desde aquel entonces. Erasmo decía -con buen humor y más sarcasmo- que la locura (Estulticia o Moria) era parte fundamental en nuestras vidas; y que sin ella… ¡todo sería como de locura! -Si no hay un poco de locura en nuestras vidas todo sería absolutamente loco e insulso- aseguraba. Bueno, pero… les tengo que platicar que cuando planeamos nuestro viaje, la estulticia ¡por fortuna! imperaba en nuestras mentes; y sacando las cuentas de lo corto que es vida, de lo grande que es el mundo, y de que “la vida sucede tan sólo una vez en la vida”, se me ocurrió proponerle a Diego mi hijo, mientras transcurríamos en la carretera por las tierras llanas y asoleadas de las Playas de Sayula, que no sería mala idea si nos lanzáramos, todos juntos y en familia a descubrir el mundo por grande que este fuera (y eso que aún no había leído a Erasmo). Pensé que ninguna herencia sería más valiosa que llenarles sus tiernos cerebros con las imágenes vivas del mundo entero; y que la única manera de hacerlo sería saliendo a verlo, sentirlo y vivirlo de bulto y a todo color. Sí, pero… ¿Cómo? Pos vendiendo todo lo habido y por haber. Cargándonos de la estulticia de Erasmo, de muchas inquietudes, de mucho deseo de saber y de conocer, y… de mucho “pos a ver que sale” ¿Valientes? Pos a la mejor sí, un poquito. ¿Inconcientes? Dependiendo del punto desde lo veas. ¿Locos? Sí, yo creo que sí y mucho. Pero… el plan siguió y la mente se nos llenó de mundo, y la estulticia se revolvió con la aventura, y la aventura con las lecturas del National Geographic que vinieron a remover las experiencias propias de viajes anteriores, y… así dándonos cuerda uno con el otro, empezamos a fraguar un viaje que ya lo empezábamos a imaginar punto menos que increíble. El siguiente paso era llegarlo a comentar con la familia. Problema nada sencillo iba a ser el contagiar a los demás de que aquella loca idea era por demás fantástica. En la noche, al regresar, unos sentados en el sofá de la cocina (sí, en la cocina tenemos un sofá) y otros ayudando a la mamá a preparar los ricos tacos de rigor, Diego y yo explotamos eufóricos, intentando hilvanar con palabras algunas de las descabelladas del proyecto, tratando de que no sonaran tan locuaces. Mientras una olla de vapor chillaba sus quejidos, las tortillas lanzaban tristes llamas de abandono. El silencio del azoro pesaba como plomo entre el humo de tortilla y el del pan que ya se enrojecía en el hornito eléctrico. Los manotazos que la doña le daba a su delantal para apagar unas pequeñas llamas traicioneras nos volvieron a la realidad con un... -¿Qué, qué…?- seguidos por el invariable -¿Qué es lo que están diciendo?- Interrogatorias que prontamente se diluyeron entre el humo, opacadas por la euforia de los gritos inconcientes (o quizás más que concientes) de los críos que al unísono unos decían -¡Sí, sí vámonos…!-. Con un -A ver, a ver, a ver- impuso el orden la mamá. -¿Cómo está todo eso que platican? Barájenmela más despacio- dijo, mientras tallaba las partes quemadas de su delantal. -Pos… Diego y yo estábamos pensando en irnos a dar la vuelta al mundo- aclaré temeroso. -Todos juntos, en un camión con camas y todo lo que se necesite- asegundó Diego con timidez. -Pero… pero… y luego… ¿Qué hacemos con todo esto?- dijo azorada-. -Pos vendemos todo. Compramos un camión grandote, le ponemos camas estufa y baño, y en él nos vamos a dar la vuelta al mundo- dije aparentando gran confianza. -El mundo está muy grande, los hijos están pequeños, y la vida se va. -¿Qué les queremos dejar sino vida, mundo e inquietudes? ¿Qué mejor que dejarles una herencia más grande que el mundo entero?- recalqué echándole filosofía al asunto. La cocina se llenó de locura. La estulticia reinó en el ambiente. La cordura salió huyendo por la puerta trasera y… sentimos que el mundo nos pertenecía. El proyecto cayó de pié donde debía y a la hora que debía. Un papá locuaz, una mamá jaladora y dispuesta a todo, una familia con el cerebro inquieto y la “pata de perro” eran los ingredientes ideales para fraguar todo este enredo. (… seguirá) creo. deviajesyaventuras@informador.com.mx Temas Pasaporte Lee También Un viaje por el tiempo en Cuitzeo, Michoacán Abrazo otoñal en la Riviera Nayarit Pasaporte: la vocación de contar el mundo Cuatro imperdibles para tu primera visita a Madrid Recibe las últimas noticias en tu e-mail Todo lo que necesitas saber para comenzar tu día Registrarse implica aceptar los Términos y Condiciones