Jueves, 09 de Octubre 2025
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Un singular 'cubano' llamado Hemingway

Un legendario personaje de la literatura que también dejó una profunda huella a su paso por la isla caribeña

Por: EL INFORMADOR

Legendario. Hemignway en su pose típica, fué  inmortalizado en bronce en su lugar favorito del bar Floridita. EL INFORMADOR / P. Fernández Somellera

Legendario. Hemignway en su pose típica, fué inmortalizado en bronce en su lugar favorito del bar Floridita. EL INFORMADOR / P. Fernández Somellera

GUADALAJARA, JALISCO (27/DIC/2015).- Ese famoso y recio personaje; enérgico, admirado, controvertido, atractivo, deslumbrante y hosco escritor galardonado con el premio Nobel de Literatura, que no asistió a su entrega pretextando los dolores que sufría en sus piernas heridas por una granada durante la guerra, presumía de ser cubano: mucho más cubano que gringo, afirmaba.

Bebió (mucho) en sus bares. Pescó (también mucho) a bordo de su entrañable barco “Pilar”, junto a su inseparable Gregorio Fuentes (Gregorine) orgulloso patrón del barco, con quien salía a marear hasta conseguir enormes trofeos en las aguas de su admirada isla antillana, tan azul como lejana y encantadora.

Fue él quien puso a Cuba en los libros, con su célebre cuento de “El Viejo y el Mar” en el que todo le sucede al gran viejazo Santiago en las aguas cubanas, románticas, claras y cálidas como su misma gente. 

Y aunque uno de sus biógrafos, haciendo una descripción de su persona —quizás muy real, aunque tajante y cruel— lo describía como fanfarrón, mentiroso, obsceno, aburrido, altivo, malcarado, susceptible, rencoroso y farisaico personaje… muy pocos de los famosos y ultra reconocidos personajes, como Errol Flyn, Frank Sinatra, Ava Gardner, Garry Cooper y Marlene Dietrich, Ingrid Bergman y Jean Paul Sartre o John Dos Passos por ejemplo, nunca negaban una invitación suya, para compartir —aunque fuera por algunas pocas horas— su finca El Vigía, con sus hermosas vistas y jardines; o a salir de pesca en El Pilar, en busca de los grandes velas o de los picudos marlin; o tan solo para ir a tomar unos daikiris en El Floridita; o unos mojitos en La Bodeguita del Medio. Le gustaba decir que “Nunca se posee tanto una cosa, como cuando se regala” (Mi admiración por esa manera de pensar).

Para los cubanos —incluyendo a Fidel— la figura del llamado “Papá Hemingway” era una… llamémosle reliquia viviente, que vivía, convivía, se emborrachaba, discutía, y peleaba, lo mismo con alguien del pueblo cubano, que con algún turista que se acercara a platicar con él, o que inoportunamente se acercara a pedirle un autógrafo.

Hemingway era una figura grande, corpulenta, barbuda, y muy querida por la gente del pueblo. Con su sempiterna camisa blanca de manta; su pantaloncillo corto de kaki —en ocasiones muy maltrecho— y sus mocasines de siempre, era más que bienvenido con saludos amistosos mientras se paseaba por las calles de la Habana Vieja en camino a alguno de sus bares preferidos.

De hecho, al fondo de la barra de El Floridita, se encuentra inmortalizada su figura en una escultura de bronce de tamaño natural, en donde parece estar pidiendo el ¡ante antepenúltimo! daikirí doble y muy bien servido que le gustaba tomar. En ella parece estar relatando —sin hablar— algunos de los momentos más vivaces de la vida de este ilustre gringo-cubano que bebió, no solo los licores, sino hasta los mismos espíritus, el sudor, y hasta la sangre viva del pueblo cubano.

Varios de sus cuentos nacieron en el cuarto donde vivía en el hotel Ambos Mundos de la Habana Vieja; donde sus fornidos dedos inquietos golpeaban las teclas redondas de su máquina Underwood de rodillo deslizable, marcando las páginas en donde, con realismo sorprendente supieron describir: olas, soles, balas y angustias, que ágilmente solía mezclar con el brillo, el abandono o la desolación de las vidas de sus personajes, ya fuera en la guerra civil española, en “Por Quien Doblan las Campanas”; en “Las Nieves del Kilimanjaro”, o en El Viejo y el Mar con su pez… aquel el gran ser, que habiéndolo atrapado con grandes esfuerzos, la vida misma lo se encarga de ponerlo en tela de juicio.

Tan solo José Martí y Fidel Castro reciben en la isla más elogios literarios que él. Fidel mismo —que no deja de llenarlo de reconocimientos— dice que cuando estuvo en la Sierra Maestra, llevaba consigo un ejemplar de “Por Quien Doblan las Campanas” tan sólo para aprender —aunque fuera un poco— de la guerra de guerrillas.

Sin embargo, la postura que tuvo siempre respecto a la revolución de Castro, sigue siendo motivo de acaloradas discusiones. Mantuvo un adecuado silencio respecto a su patria adoptiva, al mostrar una cierta distancia, tanto en las corrientes políticas, como con la mafia que reinaba en esos tiempos. Sin embargo, se dice que siempre comentaba que esperaba que Estados Unidos no terminara ¡empujando a Castro al comunismo!

El pueblo pesquero de Cojímar, donde anclaba a El Pilar: su inspiración al escribir “El Viejo y el Mar”; su cuarto en el hotel Ambos Mundos; y su finca El Vigía, rodeada de jardines y palmeras… siguen conservándose tal como él los dejó aquel día cuando —siguiendo la broma con la que asustaba a sus amistades— se puso el cañón de su escopeta favorita en la boca, y se despidió para siempre de este mundo en donde había sido… tan deslumbrante, tan controvertido, tan querido y tan admirado.

Todo fue superlativo en la vida de este escritor considerado como uno de los grandes clásicos de la literatura universal. ¡Vaya tipo! Vale la pena leerlo; que ni duda cabe. Genial es poco.

Pedro Fernández Somellera
vya@informador.com.mx

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